El fin de la dictadura

Este artículo fue publicado por TELAM en su edición del 24.03.2017

 

Hace 41 años que empezó la última dictadura militar en Argentina. Hace casi 34 años que terminó. Cada año: una marcha; cada 24 marzo se renueva el grito de Nunca Más. Desde el 2006 es feriado nacional. No se trabaja, no hay clases, todo se paraliza. Estas rutinas conmemorativas, ¿contribuyen a la salud de la democracia?

Nuestros vecinos de Chile y de Uruguay, con biografías nacionales similares y temporalmente coincidentes con la nuestra en las secuencias entre democracias e interrupciones militares, carecen de este tipo de prácticas evocadoras. Hace unos días, presencié cuando a un experimentado periodista uruguayo se le preguntó por el lugar que ocupaba la dictadura en el actual escenario político y en el debate público de su país; la respuesta fue que no ocupaba ningún lugar, que eso ya era historia y que no había necesidad de problematizarlo.

Mi primera reacción fue preguntar por qué allí no y acá sí, si es que se trata de casos asimilables. No lo hice porque me ganó la envidia. Es decir, la tristeza por el bien ajeno y el deseo de algo que no se posee.

¿Por qué razón en Argentina no tenemos esa posibilidad? ¿Por qué vivimos un permanente regocijo en la tragedia?¿Por qué se convierte en un tema de discusión política el cambiar de día el feriado del 24 de marzo? ¿Por qué razón no hay voces firmes para que ese día sea reemplazado por el 10 de diciembre y lo que recordemos sea el nacimiento de la democracia y no su muerte?

Si para contestar a estas preguntas nos tomáramos de la existencia en nuestro país de una vigorosa tradición de izquierdas que perdura en el tiempo, veremos rápidamente el mentís de la historia. A diferencia de Uruguay, que tiene la experiencia de izquierda más peculiar y exitosa de la región y que hizo presidente a un guerrillero que estuvo 18 meses en un hoyo, o de Chile, cuyo socialismo gobierna ahora mismo, Argentina tuvo que montar una ficción insostenible para justificar la retórica de izquierda de un populismo que transformó a dos abogados beneficiarios de los horrores económicos de la dictadura en dos soldados de la liberación nacional.

No son los hechos los que hacen que en Argentina sea tan difícil construir colectivamente un abandono virtuoso de la épica del sacrificio. Casi podría decirse que sucede lo contrario. La cómoda instalación de un discurso a repetición se ha convertido en un refugio que resulta muy tranquilizador para algunos y muy poco seductor para los demás.

El hábitat natural de este discurso fundamentalmente conservador en Argentina ha sido el de los derechos humanos. Marcado a fuego por la rancia retórica setentista, no está preparado para ser útil en el diseño de una sociedad mejor y una comunidad más amable. Muy por el contrario, se ha instalado en un lugar de partición y de separación que impide cualquier diálogo. Esto tiene consecuencias muy claras. No es difícil relacionar por un extremo a la tozuda instalación en el pasado de los derechos humanos y por el otro a la oclusión casi perfecta de los problemas del presente y el futuro.

Este discurso, que reclama su legitimidad en los perfiles de la dictadura, tiene, además, dos grandes problemas que entrelazan bases teóricas con consecuencias prácticas. Por un lado, impide un trabajo de reconstrucción histórica basado en la seriedad y el rigor investigativo. Es indiscutible que existen trabajos historiográficos potentes que trabajan el tema, pero también lo es que no han logrado pasar por esa malla de prejuicios y construcciones ficcionales que forman el sentido común histórico sobre el período. Esto genera que la dinámica argumentativa en el debate público esté basada no en el conocimiento y la interpretación rigurosa, sino en un sedimentado cuerpo de ideas fosilizado e impenetrable. Sucede entonces que aspectos susceptibles de estudio y aprendizaje, y que podrían explicarnos tanto los orígenes de la violencia política como las estrategias vitales que la sociedad edificó para convivir con ella son arrasados por el dialecto autorreferencial y sacralizado del militante.

Por otro lado, el argumento ideológico construye una fantasía memorística que le tiene demasiada confianza a la memoria colectiva. Prefiere no prestar atención a las tesis más radicalizadas que sostienen la imposibilidad de una memoria colectiva, ni a las más moderadas que sugieren que su construcción no siempre termina en un acierto. El recorrido se completa en las estaciones de la memoria y la identidad. Una vez más, opera bajo una simplificación pasmosa que reduce la memoria a un ejercicio cosificado y unidireccional. Aquel cuyos recuerdos lo lleven a otras conclusiones u otras interpretaciones está equivocado o, peor aún, es un traidor. Al no admitir el carácter vivo e inacabado de la memoria individual, pretende también tener la patria potestad sobre la identidad de las personas. Así, los portadores de la legitimidad del pasado son los que están en condiciones de restituir la identidad, como si esta pudiera suspenderse en algún momento. Los casos de Ignacio Montoya Carlotto y de Hilario Bacca muestran el carácter autoritario de la administración de la memoria toda vez que se ejerce en contra de la decisión individual.

Las sociedades tramitan sus conflictos como pueden. Se toman de la cantidad de talento y de sensibilidad que hay disponible para salir adelante. Cada una usa la arcilla con la que cuenta para ir dando forma a la experiencia democrática. En cualquier caso, nunca es sencillo y siempre se advertirán marchas y contramarchas.

En estos tiempos de corrección política y de probada eficacia simbólica de los cultores de la resistencia trágica permanente, tal vez se pueda empezar a susurrar que las cosas pasan y terminan, que el olvido no es una mala opción y que la resistencia y el rencor no han servido de mucho. Posiblemente pasar la página no es señal de flaqueza sino de sabiduría colectiva.

La dictadura militar, que empezó un día como hoy hace más de 40 años, tenía entre sus objetivos cortarnos la libertad y repartirse el país entre unos pocos. La diferencia democrática, la verdadera victoria sobre la dictadura, no es la rememoración eterna sino el trabajo para la construcción de una sociedad abierta en la que cada generación viva mejor y más feliz que la anterior.

¿No existe otra manera de pensar el conflicto docente?

Este artículo fue publicado por la Agencia TELAM el 13.03.17

La política argentina nunca es calma. Nunca lo es, pero esta última semana las cosas se salieron de madre. Una parte de nuestra vida política, esa que se regodea en su propio conservadurismo, la que reinventa una y otra vez los mismos ritos, los mismos gritos y las mismas consignas, emergió y se pavoneó frente a nosotros con impunidad y falta de responsabilidad.

Como en uno de esos bellos cuadros de Escher, pero sin su belleza, la política argentina se pierde en esas escaleras incesantes que parecen no llevar a ningún lado. Nuestra vida pública puede adivinarse perdida, gris, en medio de los también grises senderos escherianos, sin saber bien hacia dónde continuar, dudando del camino y de su llegada a buen puerto.

Dentro de una semana pródiga en desatinos, el conflicto docente destaca por su importancia concreta. Los docentes de las escuelas públicas de todo el país, llevados por la lógica gremial y política del sindicato de la provincia de Buenos Aires, no comenzaron las clases el lunes 6 y llevaron el comienzo al miércoles o, incluso, al jueves en algunos distritos.

Este conflicto no es cualquier conflicto. El valor histórico y simbólico de la educación en nuestro país desafía al realismo que surge de la historia reciente. Hay una tensión explícita entre el registro cultural que se tiene sobre la educación y el valor concreto que se le asigna -por parte de los actores principales- en los hechos y percepciones del presente. Es cierto que el maestro está revestido de un aura impecable y casi religiosa, pero no es menos cierto que su papel en la sociedad ha cambiado para peor y que sus argumentos de autoridad están en plena crisis.

Desde el punto de vista social, si bien la costumbre ha colocado a la educación como uno de nuestros principales puntos de interés, no es menos cierto que el deterioro educativo es sostenido desde hace años sin que aparezcan revulsivos institucionales que lo atiendan. En esa misma dirección, basta recordar que hace pocos años las escuelas bonaerenses perdieron el primer mes de clases sin que pasara demasiado y que las pruebas internacionales dejan cada vez más lejos a la Argentina dentro del sistema educativo global, sin que eso genere más que algunas aisladas y ponderables reacciones de los especialistas.

El problema de la educación en Argentina es muy complejo, y existen quienes lo tratan con una solvencia de la que carezco, pero creo que puede resultar interesante utilizarlo para pensar nuestra experiencia política.

Resulta ciertamente lógico que, después de una década de omnipresencia de la política y de una desesperante exageración alrededor de la supremacía de lo político sobre otras dimensiones de la vida, la reacción sea la de creer que el conflicto es perjudicial, autoritario e incluso ficcional por definición. Casi inevitablemente, al proceso de exasperación populista lo sucede un momento de candidez conceptual en donde el conflicto es percibido unívocamente como un reflejo negativo.

Esto tiene su trampa. Insistir en que el conflicto es sólo reacción es un rasgo de conservadurismo y de nostalgia política que constituye una respuesta política posible, pero que no es la única. Esta reacción entendible frente a la centralidad que el conflicto tuvo durante los años populistas no permite ver su presencia dentro de la vida política y, peor aún, no reconoce la posibilidad de ser reinterpretado en clave democrática.

Hay una -varias- maneras de establecer una relación democrática con el conflicto. Para poder hacerlo hay que estar dispuestos a reformularlo y volverlo otra cosa. La idea de conflicto político que anida en nuestra cultura política es oposicional, esencialista y reaccionaria.

Es oposicional dado que requiere de un antagonismo total para su desenvolvimiento y para su episódica resolución. Necesita y reclama la simplificación que resulta de un conflicto binario en donde hay poderosos y débiles obvios y reconocibles, que llevan argumentos contrarios sin encontrar nunca un lugar en donde ampliar la conversación.

Es esencialista porque supone una lógica argumentativa irreductible, donde no hay lugar para acuerdos discursivos. Se puede llegar a un lugar de acuerdo temporal circunstancial, pero el desacuerdo final nunca se rompe precisamente porque no admite interrupciones narrativas.

Es reaccionaria porque nunca resuelve nada. Acuerda pero no resuelve. Compra tiempo mientras los actores insisten en los discursos y se refuerzan en las prácticas atávicas y conocidas.

Esta manera de entender el conflicto, además, fija retóricas inútiles, consagra ideas acerca del poder que no coinciden con el devenir de las sociedades contemporáneas y son sumamente útiles -habría que ver cuánto de esta dimensión colabora en el estado actual de las cosas- para fosilizar dirigencias y liderazgos.

La retórica de lucha, de apelación al sacrificio colectivo, de épica movimientista termina siendo una torre romántica donde se refugian líderes que no son controlados, dirigencias eternas y problemas irresueltos.

Volvamos por un instante al conflicto docente. En estos días circuló una fotografía en la que un hipotético maestro tiene un cartel que rezaba “estamos enseñando” y a su lado había un niñito con otro cartel que decía ‘estamos aprendiendo”. ¿Qué podríamos suponer que está enseñando ese docente? ¿a luchar? ¿es eso lo que está aprendiendo el pequeñito? ¿acaso la lucha es de por sí una forma pedagógica? ¿qué porción del problema educativo argentino se está solucionando en esta escena?

La pregunta que la democracia argentina podría hacerse, para éste y para otros conflictos genuinos y representativos de la hondura del problema social que tenemos a nuestra vista es: ¿no existe acaso otra manera de pensar los conflictos?

Hay una manera distinta de hacer frente a los conflictos. Un modo más democrático y liberal que consiste en desanudar esta trama conservadora y exponerlos desde una perspectiva colaborativa.

Para poder hacerlo es necesario que dibujemos un mapa cultural en el que sea posible la conversación pública sin que el resultado obligatorio sea la consagración de la dinámica entre una parte que pierde y una que gana. Dada la urgencia y profundidad de nuestros problemas y dada la notable ineficacia de los modos anteriores, tenemos que ser capaces de imaginar una manera de ver la sociedad del futuro sin esas rémoras que suponen que el sacrificio colectivo es lo único que garantiza la dignidad.

La difícil tarea del alivianamiento populista

Este artículo fue publicado por la Agencia TELAM el 25.02.17

Propongo a los lectores un ejercicio de memoria reciente. Allá por septiembre y octubre del año pasado, comenzaron a surgir una serie de pronósticos sobre los desmanes y desastres que ocurrirían en diciembre y sobre las dificultades por las que pasaría el gobierno de Cambiemos.

Se decía que se estaban preparando saqueos, que la situación en la provincia de Buenos Aires era insostenible y que la paz social pendía de un delgado hilo. Algunos fueron más temerarios y basaron el capítulo urbano de estas miserias en los cortes de luz y el hartazgo de la clase media. Los más especuladores en términos de la política tradicional hacían sus apuestas alrededor del camino que tomaría la administración del presidente Macri para moderar los efectos políticos de semejante escenario. Esto va a estallar, esperá a diciembre, se escuchaba con frecuencia.

Diciembre llegó y la realidad marcó que, además del calor, no ocurrió ninguna calamidad. Incluso mediando el dato no menor de un fuerte cambio de gabinete. A mediados de mes, el Gobierno le pidió la renuncia al ministro de Economía, desdobló el Ministerio y nombró a dos nuevos funcionarios. Todo esto sin que nada sucediese, ni en el ámbito de las finanzas ni en el mundo social.

La política argentina se encuentra actualmente en la difícil tarea de alivianamiento populista. Nuestro populismo, lejos de poder ser considerado un accidente, está gráficamente añadido a nuestra cultura política y aparece cada vez que la democracia tramita sus naturales conflictos. Así, lo que en otro lugar del mundo puede verse y administrarse como un problema normal del desarrollo político -lo que pone en juego un menú variado de opciones para su resolución- en la Argentina adquiere un estatuto unidireccionalmente crítico, sostenido conceptual y prácticamente por una tendencia genética de tolerancia a las formas autoritarias, basadas en liderazgos fuertes.

Esto admite una descripción histórica. En los años 40 del siglo pasado, y luego de una década de discusión sobre la política electoral representativa, la ruptura con el mundo liberal permitió la emergencia de una figura y un liderazgo como el del general Perón. Más cerca en el tiempo, la crisis más densa de la política argentina desde su reencuentro con la democracia permitió la arquitectura de una salida política que cumplía con los mismos parámetros de nacionalismo, centralismo y colectivismo.

El desafío de la política democrática argentina pos-populista, entonces, es el de la normalidad. Un piso que posibilite pensar en modificaciones en la cultura política que, a su vez, permitan nuevas formas de relacionamiento entre el Estado y la ciudadanía y entre las personas y la vida pública.

El camino a la normalidad no es sencillo. Los problemas estructurales que ha dejado el populismo son complejos de abordar y, como en toda administración, surgen problemas. Cuando aparecen, en lugar de tramitarse como en cualquier democracia, la tendencia es a una puesta en escena que termina siempre en una misma dirección: todo problema, cualquier situación conflictiva, cualquier circunstancia política reclama ser arrojado a los fuegos de la inexorabilidad del peronismo.

En las últimas semanas, una serie de decisiones del Ejecutivo volvieron a generar un clima similar al de fines del año pasado, poniendo el eje en que el Gobierno no tiene margen para seguir equivocándose. Más allá de lo que se piense sobre las decisiones y los costes políticos de las mismas en el futuro, lo que sobrevolaba en los análisis era que la administración Cambiemos, de perseverar en los errores, tendría dificultades para llegar al final de su mandato.

Llama la atención, todas las veces, que la consecuencia de algunos errores sea presumir la pérdida de gobernabilidad. Más aún si se lo compara con otras administraciones, en las que cuestiones de una naturaleza objetivamente mayor produjeron críticas, denuncias, editoriales y actitudes políticas, pero sin que en ningún momento sobrevolaran discusiones sobre la capacidad presidencial de seguir gobernando.

La pregunta se construye con el peso de la argumentación: ¿por qué cuando un gobierno peronista se ve enredado en situaciones objetivamente más ruinosas la situación es leída como un mal momento, y en cambio cuando un gobierno no peronista pasa por alguna complejidad nos empezamos a preguntar si conseguirá llegar al final del mandato? ¿por qué razón se le asigna a las próximas elecciones legislativas una suerte de tester definitivo sobre la gobernabilidad de Cambiemos si no se dudó de la gobernabilidad cuando el FPV perdió las legislativas del 2013, en las que casi un 70% del electorado votó a otra opción?

La hipótesis más fuerte es que existe en la cultura política argentina -enraizada en los formadores del debate público- una suerte de primera reacción, de gesto casi instintivo, por extrañar las formas peronistas. Es decir, existe un enamoramiento proyectado hacia la figura del líder en demérito de las instituciones y hay un reconocimiento más o menos explícito de que los argentinos necesitamos liderazgos monstruosos. Es este mismo temperamento el que explica que se tenga como virtudes políticas a la viveza y a la picardía, llegando incluso a volverlas sinónimo de inteligencia.

En definitiva, lo que estos análisis proyectan es que creen que la democracia argentina es débil y necesita de una persona que actúe como esas simbólicas muletas características en la obra de Salvador Dalí.

Lo más impactante de esta aproximación es que desnuda un problema reconocido y reeditado de nuestra cultura política, como es la falta de afecto y de confianza que despierta la democracia en algunos sectores de la sociedad. Esta falta de confianza implica, para los que la experimentan, un proceso de conservadurización de las ideas que termina impactando en el debate público, haciéndolo más débil y sombrío.

Es una pena, porque éste es el momento en el que se necesitaría asumir más riesgos creativos en materia política para poder sumar miradas y voces que allanen el camino de salida al populismo. Claro que, para poder colaborar en esa tarea, primero hay que desearla.

Un embustero fascinante

parisart-15-FelicienMarboeuf2-G-86578 Esta nota se publicó el 15.03.16 en La Agenda, Revista de ideas y Cultura

 

Nunca ha habido tantos escritores como ahora. Las posibilidades tecnológicas y una cierta sensación de vacío experiencial que parece poder llenarse con palabras nos deja como resultado estadístico una densidad de uno a uno entre humanos y escritores.Conozco a muchos de esos escritores. Algunos recién empiezan, a otros los reconocen por la calle o en los cafés. Conozco también a escritores que son premiados en todo el mundo. Todos estos escritores son distintos, solo los une, salvando algunas excepciones felices, una continua sensación de malestar con lo que sucede con su obra y con ellos mismos.

El sentimiento de muchos de ellos es que no se los reconoce lo suficiente o que no sucede con su obra lo que ellos esperan. En muchos casos esto es cierto, en otros no, pero no es momento de dar demasiado crédito a la verosimilitud de las cosas.

En tiempos en el que el reconocimiento nunca alcanza, no es una mala idea recurrir a la historia para ver qué pasaba en otros momentos. Descubriremos que la historia nos tiene guardados algunos personajes que han ganado fama, reconocimiento y halagos literarios sin escribir una sola línea, o escribiendo apenas algunas cartas o pequeñas crónicas anodinas.

De esta clase de sujetos trata el ensayo de Jean-Ives Jouannais, Artistas sin obra, cuyo subtítulo es I would prefer not to, célebre frase de Bartebly, el escribiente, maravillosos cuento de Herman Melville.

El ensayo de Jouannais es, en realidad, un gran juego. Un magnífico divertimento mozartiano de palabras y conceptos que, como todo juego, a veces divierte más y a veces menos. Es sabido, sin embargo, que lo lúdico encierra siempre cosas serias y este entretenimiento en forma de libro de Jouannais se inscribe en un itinerario de reflexiones sobre la naturaleza de la literatura y sobre qué es un autor. En este camino, Artistas sin obra entra en diálogo con las miradas sobre la historia y las modificaciones de la lectura y sus productores-consumidores, muy presentes en textos de Alberto Manguel y Roman Gubern. En otro registro, Umberto Eco pensó el mismo tema tanto en Obra abierta como en El nombre de la rosa.

En el caso del libro de Jouannais, el punto de partido de su análisis, documentación y narrativa son estas personas que se colocaron en el centro del arte sin hacer nada que lo justifique realmente. Jouannais hace algunos trucos de magia. Dentro de la propia obra, se despliega uno, comandada por el autor como si fuera otro, armando una suerte de sobretextualidad a la que no es sencillo acceder en una lectura disipada. El mejor truco de todos los que sugiere  Jouannais es el de proponerse engañar al lector al mismo tiempo que le ofrece certezas analíticas y sofisticación teórica. El libro se inscribe, así, en una tradición burlona que incluye a Borges, a Walzer, a Vila Matas (su prólogo al libro es una pieza hermosa y única), pero también a Duchamp, los dadaístas y el dandysmo. En definitiva, el libro de Jouannais está cómodo entre grandes embusteros y grandes artistas.

Un poco esos son los personajes de este ensayo. Personas que aún prefiriendo no hacerlo, se convirtieron en una referencia, se hicieron visibles para los demás y fueron reconocidos. El repaso de nombres, tanto reales como ficticios, que Jouannais recorre en el libro es estimulante y sofisticado. Convive lo mejor de la literatura y las artes visuales con aquellos maestros del gesto que fueron los dandys de la modernidad. La manera en que el autor mezcla y relaciona los protagonistas es de una singular inteligencia y logra por momentos una admirable capacidad para encontrar detalles tan ínfimos como exquisitos. Desempolvar una vieja declaración de Marcel Duchamp donde se declara simplemente como un “respirador” o llevar a la idiotez a un escalón de importancia estética son solo una muestra de lo que puede lograr la audacia y la inteligencia de Jouannais. Quizás la más bella narrativa del maridaje frustrado entre reconocimiento y obra sea la de la Biblioteca Brautigan. Esta biblioteca, ubicada en Burlington, Vermont, donde nació a la vida John Dewey y a la política Bernie Sanders, está formada por libros rechazados por los editores. Distopía perfecta para cualquier escritor, pertenecer al catálogo de esta biblioteca se ha convertido, con el paso del tiempo, en una rareza inexplicable. Las actuales autoridades de la institución, cuyo nombre evoca al semi fallido escritor beat Richard Brautigan, autor de La pesca de la trucha en América, están rechazando los envíos de escritores no consumados que buscan su fama inversa formando parte del acervo de la pequeña biblioteca americana.

Uno de los engaños más encantadores del libro es el de Felicien Marboeuf. Este supuesto escritor sin obra habría sido el verdadero inspirador de Frederic Moraeu,  personaje principal de La educación sentimental, de Flaubert. Jouannais arma una escena extraordinariamente imaginativa para justificar esta farsa y colocar a Marbouef como un referente literario que no solo no necesita escribir, sino que entra a la historia de la gran literatura por la ventana de los personajes. La farsa se extiende un poco más y sugiere una corta correspondencia entre Marcel Proust y Marboeuf en donde el autor de los placeres y los días se empeña en sacar al joven Marboeuf de su diletantismo literario. Luego, y para reforzar, cita un ensayo inédito de Pascal Quignard (a quien imagino con al autor compartiendo un buen vino en París) en el que el gran filósofo explica algunas de las posibles causas de los inconvenientes de Marboeuf, relacionándolos con un altercado erótico afectivo con una dama que tenía por costumbre entrar y salir de las cárceles parisinas.

Para terminar de darle verosimilitud a su creación, Jouannais montó una exposición en la Fundación Ricard de París en la que recorrió toda la vida y la obra de Felicien Marboeuf con trabajos de archivo y visuales de diferentes artistas contemporáneos. Si quieren ver el video promocional de esa exposición, está en Youtube.

Hay otra invención en el libro que, sin tener la densidad de la de Marboeuf, no deja de ser interesante. En un apartado dedicado a los copistas, el autor menciona a un pintor surrealista americano de nombre Christopher Dutlaw. Este artista habría nacido en Misisipi en 1917 y habría logrado bastante reconocimiento en su época adulta. La primera vez que lo leí, algo me llevó a marcar esta parte del libro. Un pintor surrealista americano es ya una rareza, que además sea de Misisipi y de ese tiempo, me llamó mucho la atención. En la imaginación de Jouannais, Dutlaw se caracterizaba por pintar lienzos en los que en su reverso podían leerse párrafos enteros de la obra de Chateaubriand, buscando reproducir Memorias de ultratumba. Dutlaw es tan falso como el propio Marboeuf. Por más que investigué en internet, en libros especializados y en guías de artistas contemporáneos muy importantes, este fulano Christopher Dutlaw es un perfecto invisible.

Lo interesante del libro es que utiliza estas farsas como un soporte digno para desarrollar ideas sobre la escritura, sobre los procesos creativos y sobre cómo se obtiene la autorización colectiva para ser llamado un artista. En este sentido, el libro puede maridarse perfectamente con la obra de Patricio Pron, El libro tachado. El texto del argentino es mucho más ambicioso y mucho más logrado aun que el de Jouannais, pero la lectura de ambos volúmenes a dúo es interesante para pensar la literatura y la idea de crítica y ensayo literario un poco por fuera del canon académico y del conocido recetario de la muerte del autor.

Artistas sin obraes un libro con muchos libros adentro. Una posibilidad, ni por caso la única, es leer el libro como si fueran dos. Por un lado, la hermosa recopilación de casos y artistas que Jouannais trae a nuestra atención con indiscutible oficio y, por el otro, una aproximación teórica acerca de la literatura, la creación y la producción artística. Este segundo libro es menos atractivo. Tiene implícitas las heridas que el marxismo le ha infringido a los análisis de la cultura y navega las aguas del estructuralismo sobre diferentes soportes. Se vuelve más sofisticado cuando echa mano a Clement Greenberg y –si se me perdona la temeridad- se pone más tosco cuando se toma de Walter Benjamin. En ambos casos, las justificaciones teóricas sobre las particularidades inevitablemente cínicas de la modernidad, coloca al humano de estos díasen un laberinto excesivamente incómodo. Por más que se ha intentado otra cosa, vive en cada uno de nosotros un poco o mucho de modernidad, por lo tanto, si la descripción moderna es enteramente negativa, no tenemos muchas chances de relacionarnos amigablemente con nuestro entorno. Una de las maneras que encontramos para ir en búsqueda de la felicidad es hacer cosas, entre otras, escribir. Paradójicamente, en el ensayo de Jouannais no hay lugar explícito para este goce.

Es curioso, pero en un libro donde lo que predomina es el juego y la posibilidad de experimentación que abre para ejercer el pensamiento libremente, hay muy poco lugar, cuando se supone que se pone más serio, para rescatar la posibilidad gozosa del trabajo literario. No hay que desestimar que esto resulte otra de las bromas de Jouannais,  pero como en esta parte el se ha vuelto un teórico literario, uno se siente habilitado a colocarse allí para ensayar alguna crítica. Muchos de nosotros creemos que lo único que se puede hacer es escribir. No somos tan tontos como para pesar que eso es importante, relevante o revolucionario, pero creemos que tiene un valor. Lo que escribimos es de lo poco que quedará en el tiempo de lo que alguna vez fuimos. Quedará como testimonio de una época, de un lugar y de una galaxia de intenciones intensas. Para Jouannais, al menos cuando se pone serio, esa producción está teñida de un componente conceptual marxista que la coloca siempre en el lugar del dolor técnico y de la explotación. En cambio, nosotros, escribimos porque nos parece hermoso.

En busca de la adultez democrática

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 Este artículo se publicó en la edición del 3 de febrero de 2016 del diario La Nación

No es frecuente que en los inicios de una administración se planteen reformas electorales o políticas. Por lo general, estos temas aparecen después del agotamiento de la agenda o cuando es necesario que tanto la oposición como la opinión pública se distraiga un rato de temas más angustiantes.

Es una rareza saludable, entonces, que el gobierno de Mauricio Macri se proponga una reforma de este tipo no bien comenzada su gestión. Por lo que ha trascendido, las modificaciones planteadas se nuclean en tres grandes temas. La implementación de una boleta única electrónica en todo el país, el establecimiento de un organismo electoral que descomprima al fuero federal de esas funciones y la racionalización del calendario de votación.

Estas medidas, con sus más y sus menos, tienen, además de su oportuna y honesta presentación, una virtud adicional. Pueden constituirse, con el correr del tiempo y la maduración de los debates, en la posibilidad de ampliar el angular y proponer algunas reformas políticas de mayor envergadura.

Estas reformas suelen ser consideradas desde un punto de vista institucionalista y normativo. Sin embargo, son un verdadero muestrario de las concepciones políticas de quienes las proponen. Una reforma política dice mucho más acerca de la idea de país, de ciudadanía y de relación entre el poder político y las personas que cualquier documento doctrinario o plataforma electoral.

Tras una década en la que el populismo precarizó la experiencia democrática, hoy tenemos la posibilidad de pensar una ambiciosa reforma política. Esta reforma pos populista debe tener como ordenador el intento de revitalizar la relación entre la política y los ciudadanos desde un punto de vista no paternalista. Esto es, devolverles soberanía a las personas para definir los términos en los que se relacionan con la vida pública y la política.

Una reforma política de fondo no puede desatender dos temas importantes, los partidos políticos y el Estado. Por un lado, es necesaria una reforma que reviva a los partidos. Esta revitalización no puede ser pensada desde posiciones míticas o románticas que se han revelado como excepcionales (la restauración democrática en 1983), sino que tiene que dar cuenta de la actualidad del vínculo de la ciudadanía con la vida pública. Las personas tienen hoy una relación distinta con la política y sus instituciones y la nostalgia es mala consejera. Sin embargo, y al mismo tiempo, no existe democracia sin partidos, por lo que vale la pena poner la mayor creatividad al momento de repensarlos.

La vida de los partidos políticos, su relación con el dinero, sus formas organizativas y de desenvolvimiento son un tema ausente en la agenda política nacional, pero son vitales para mejorar la democracia. Extender esta discusión permitirá discutir, por ejemplo, cuál es el sentido de las afiliaciones. En tiempos en que los ciudadanos no se constituyen desde puntos fijos, la idea de afiliación está mucho más ligada a las necesidades de las capillas partidarias que a interpretar la manera de ver el mundo de los ciudadanos. Si los partidos cobran una nueva forma, estarán en mejores condiciones de promover modificaciones indispensables para su propia vida interna y para la democracia. Son ellos los que deben impulsar la necesidad de limitar los mandatos de los cargos electivos, desmotivando la formación de oligarquías partidarias y la fosilización de capas dirigentes.

Un paso más allá, si la reforma política se aventurara a extenderse a los partidos y al sistema de partidos, podría colaborar en la discusión sobre el monopolio de la representación. Las formas de la participación política se han diversificado tanto que los partidos no pueden reclamar ser su canal único. No es posible, entonces, que retengan la exclusividad en la representación, al menos en la escala local e incluso legislativa.

Otra cuestión importante, desde el punto de vista de los partidos, es la de revisar la obligatoriedad de las PASO. De no ser obligatorias, podría plantearse incluso el registro previo para participar, lo que forzaría virtuosamente a los espacios partidarios a ser más seductores y más atractivos frente a los posibles electores. Tal y como están planteadas, estas primarias no producen un efecto democratizador ni revitalizan a los partidos.

Indudablemente, la discusión de la obligatoriedad en las primarias puede abrir el necesario debate acerca de la obligatoriedad del voto.

El segundo tema que un grupo de reformas debería considerar es el de la reforma del Estado. Estas modificaciones no pueden estar sostenidas sobre concepciones sobreideologizadas o sobre criterios meramente cuantitativos. Las discusiones sobre el Estado no deben agotarse en la cantidad de empleados públicos. Este punto es sin duda importante, pero la discusión relevante es sobre la eficacia estatal en relación con el tipo de sociedad que queremos construir.

La política argentina debe definir, en la medida en que esto sea posible, qué tipo de sociedad quiere construir y adecuar su noción de Estado a ese ideal. Es la única manera en la que se puede evaluar si se está en el camino correcto o si deben hacerse modificaciones. El Estado de hoy representa mucho más a las ideas y a las personas del siglo XIX que a las del siglo XXI. Es muy difícil lograr el acompasamiento de ambas dimensiones, pero es una buena idea tratar de moderar esa distancia buscando un Estado más ágil, más receptivo a los cambios en la subjetividad y en mejores condiciones de promover la creatividad individual. En definitiva, un Estado que en lugar de intentar formar ciudadanos a su imagen y semejanza, colabore en la búsqueda de autonomía y libertad de las personas.

Definitivamente, una reforma política sincera tendrá mucho de experimentalismo y de imaginación. Es de esperar que la reforma electoral planteada por el Gobierno sea un paso para ir en busca de la mayoría de edad democrática. Esta adultez cívica no tiene una dirección única y será siempre precaria, pero elevará el debate público y ampliará los temas sobre los que es posible hablar reservando los argumentos de la factibilidad para los timoratos y los burócratas.

Los símbolos del populismo se despiden; llegan los del porvenir

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Esta nota fue publicada parcialmente en la edición del diario Clarín del 28.11.2015

Para algunos, la política no es una cuestión de ideas. Se reduce a un trabajo práctico en el que le va mejor a los que entienden que su naturaleza es vil, agonal e insatisfactoria. Son los mismos que suelen pensar en que el pensamiento imaginativo sobre un escenario cualquiera no puede tener otro destino que convertirse en una banalidad sin consecuencias.

Reducir la política a esas dimensiones es, en el caso argentino, una concesión importante al populismo, casi una declaración de victoria. Al mismo tiempo, es faltar al reconocimiento acerca de la vigorosidad del sentimiento de cambio y del peso que este tuvo al momento de configurar electorados, tanto en primera como en segunda vuelta.

Ese cambio, proveniente de la ciudadanía y luego reinterpretado con eficacia por los políticos profesionales, proviene de una esfera  cultural que necesariamente pone en dudas esquemas analíticos y acercamientos conceptuales.El populismo pretendió anclar las visiones sobre lo político en el pasado, generando una simbología sacrificial, trágica y épica. La contestación que los electores corporizaron en el nuevo gobierno de Cambiemos va a necesitar la construcción de una serie de símbolos relacionados nítidamente con el porvenir.

La eficacia del próximo gobierno reside mucho más en esa capacidad que en la de la política como ejercicio conservador de negociación más o menos espuria.

Macri es el presidente que llega a ese lugar con la menor cantidad de promesas concretas y cuya generación de expectativas puntuales es particularmente baja. Nadie cree que Macri sea un estadista providencial que vaya a curar ningún mal de palabra, ni que venga a salvar a nadie. Afortunadamente, el próximo presidente y quienes integran Cambiemos se han mostrado como personas normales que hacen de la política su profesión y cuya mayor virtud es reconocer esta situación y generar equipos y lógicas decisionales para tratar de superar problemas.

La primera conferencia de prensa de Macri, coral y con participación de la prensa, marcó un primer síntoma de distinción. Ya no es la palabra única, sacralizada e inefable del viejo representante de la política. Ese solo cambio genera más interés que, por ejemplo, la capacidad para arreglar con los sindicatos.

La actitud de Carrió y de Sanz también refieren a otro marco analítico. Incluso con los problemas que pueden traer estas decisiones, son actos de personas normales, discutibles, pero nunca desde los criterios de una real politik que todo lo tiñe de oscuridad y pesadumbre.

Está claro que el gobierno de Cambiemos deberá afrontar decisiones difíciles y que deberá weberianamente ofrecer su alma al diablo, pero no asumir que aún estas cosas pueden hacerse desde un margen cultural y simbólico distinto es una debilidad intelectual que debería evitarse. A menos que se quiera pagar el precio de la rendición incondicional a favor de un destino de fatalidad histórica o de persistir en que la Argentina solo puede ser gobernada por monstruos.

Argentina en el camino de una gobernabilidad diferente

Baires, 04 de agosto de 2012.- El jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri, presenció hoy el partido amistoso que el seleccionado argentino de rugby Los Pumas disputó con el equipo francés Stade Français, en el estadio de Vélez Sarsfield, al que asistieron niños y jóvenes de distintos programas de inclusión social de la Ciudad quienes, inclusive, interactuaron con los jugadores. foto: Mónica Martínez/GCBA-Prensa

Esta nota fue publicada en el diario El País el día 19.11.2015

En Argentina existe un estado de ánimo que ha llenado bibliotecas, mesas de café y páginas de diarios y revistas. La idea general de la inexorabilidad del peronismo como único partido en condiciones de gobernar ha generado, con el paso del tiempo, una subclase de buscadores eternos del peronismo bueno.

Unos y otros se la han pasado,  y todavía se la pasan, buscando los argumentos que confirmen la hipótesis trágica de la política argentina bajo las mil formas del peronismo.

Una de las más sutiles formas de insistir con esta argumentación, es analizar las posibilidades de un próximo gobierno de Cambiemos desde una posición que privilegia la descripción cartográfica de los problemas frente a la posibilidad creativa de utilizar la imaginación y la acción política para solucionarlos.

Algunos, como Monseiur Jourdain del Burgués gentilhombre de Moliere, hablan en prosa sin saberlo. El señalamiento de las dificultades y las faltas es un ejercicio intelectual posible y legítimo, pero no es el único. Incluso, podría decirse que el más sencillo. Cualquier personas medianamente entrenada puede, si se detiene el suficiente tiempo, encontrar las fallas y las ausencias de cualquier proceso, discurso o práctica.

No hay ninguna posibilidad epistemológica de abarcarlo todo. Por lo tanto, los buscadores de errores cuentan con muchas ventajas prácticas. Afortunadamente, este no es el único camino reflexivo posible. La democracia liberal necesita de su dimensión experimental para crecer y esta requiere de una posición filosófica distinta, más apegada a metáforas de creación que de descubrimiento.

Cuál podría ser una manera que combine rigurosidad analítica con esperanza social y que colabore en pensar esta nueva etapa en Argentina? Existe realmente la posibilidad de dejar de mapear tragedias y permitirse la estimulante presencia de la imaginación política?

Creo que el dato central para esta inversión en los términos de la ecuación política hay que buscarlo en las modificaciones dentro de la cultura política argentina.

Si la coalición política Cambiemos, formado por el PRO, la Unión Cívica Radical y la Coalición Cívica, un conglomerado que mezcla elementos republicanos y desarrollistas con chispeos esporádicos y difusos de liberalismo, logra imponerse frente a la exacerbación populista del Peronismo y su candidato, será porque algo de la cultura política argentina ha cambiado lo suficiente.

La tolerancia a las formas autoritarias y al salvajismo institucional ha sido hasta ahora muy fuerte en la Argentina, pero puede que su abuso haya generado los anticuerpos suficientes como para darle un corte.

Si sucede que Cambiemos logra ganar la elección nacional como lo hizo en la provincia de Buenos Aires, bastión del peronismo y principal fuente de su clientelismo político, el escenario se modifica sustancialmente y esto debe tener impacto en las formas de análisis y caracterización.

Si Cambiemos gana, tal vez será un buen momento para dejar de utilizar categorías rancias de análisis político y muy probablemente se abra la posibilidad de generar un dialecto democrático más tentativo, más dialógico y más contemporáneo.

De abrirse esa posibilidad, es necesario hacer los más fuertes esfuerzos para modificar la histórica relación entre ideas y política que existe en la argentina.

Formada en la tradición franco-renana, la intelectualidad clásica argentina se recuesta sobre el concepto de crítica y se siente cómoda en las épicas de la resistencia y la denuncia. Por eso, le resulta más fácil advertir sobre los peligros de la gobernabilidad no peronista que aportar para moderar y avanzar en la solución de estos problemas.

Si la cultura política argentina empieza a intentar cambiar,aquellos que trabajamos con las ideas debemos hacer nuestro trabajo con seriedad, creatividad y rigurosidad para colaborar en ese cambio. En nuestro país, fue la sociedad la que marcó el camino, colocando los límites que los pensadores nunca lograron poner. En mejor situación histórica, es necesario usar las ideas para imaginarse una sociedad diferente y acompañar un proceso de normalidad democrática.

Para que esto salga bien hace falta también que los partidos y los políticos profesionales cambian su forma de relacionamiento con las ideas. Deben abandonar la tentación de mirar al mundo de las ideas únicamente cuando se convierte en un coro de ángeles. La política debe estar dispuesta a dejarse pensar desde afuera y a que se le señale diferencias y discrepancias que discutan su primacía y su inefabilidad.

La colaboración entre el mundo de las ideas y el mundo político puede ser una de las herramientas posibles para la redemocratización argentina. Tal vez ayude a dejar de pensar que estamos destinados a la decadencia y la tristeza y nos anime a dibujar una sociedad distinta, más hospitalaria, más sensible, y más justa.