Laclokirchnerismo

Cada año, el pensamiento argentino vive su epifanía bajo la forma del “mes Laclau”. En ésta oportunidad fueron presentaciones en Ministerios, ruedas de prensa, Doctorados Honoris Causas y presentaciones junto al ex Presidente en el Congreso Nacional de Ciencia Política. Sumado a todo lo que supone una visita estelar, concedió una entrevista en Página12 en su edición de hoy, domingo 29 de agosto.

Laclau avanza en sus abiertas opiniones favorables hacia el gobierno marcando en esta oportunidad (antes fue el campo), y con clamorosa y exacta profundidad conceptual que; “Si prevalecen situaciones monopólicas o conservadoras, la guerra está perdida”.

Discutir acerca de la verosimilitud de esos dichos es irrelevante y hasta ofensivo intelectualmente, el Profesor Laclau debería pensar por un momento que si bien no todos fuimos, somos o seremos sus alumnos en Esex tampoco somos tan tontos como para no darnos cuenta que el Gobierno sostiene otras situaciones monopólicas sin levantar la perdiz ni plantear apocalipsis para las ansias emancipatorias nacionales.

En el mismo sentido y haciéndose cargo de palabras de Mouffe agrega, con galanura pero sin originalidad, por cierto, que el Gobierno construye un “ellos” y un “nosotros” y coloca en el lugar del enemigo a, cito al profesor Laclau, “El poder financiero de las corporaciones, claramente”. Insisto, no me detengo en situaciones de verificación por respeto a los lectores.

Lo que si queda claro es que el populismo ha generado un ícono tan interesante como trágico en la reunión anual de una monstruosidad Laclokirchnerista. Ya no se sabe si Laclau es Kirchenerista o Kirchner Laclausiano, pero lo cierto es que sus estructuras de asimilación han generado esta anual criatura. Indigna de los listados imaginarios de Borges, la fiera mezcla acreditación más gritos, autorización más conflictos finalistas, referencias doctas con bravuconadas temerarias.

Finaliza Laclau, casi con un guiño, “Necesitamos que haya más Canal 7 y más Página/12”. Y resulta claro, una de las caras del animal es el ejercicio de la simplificación y la mentira y eso necesita de portavoces.

 

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Laiseca

Hace unos días me enteré, por vía del blog de la hermosa librería Eterna Cadencia de la reedición de “Su turno” de Alberto Laiseca. Siempre me pareció el más interesante de todos, desde hace mucho tiempo y también hace mucho tiempo le hicimos, junto a Diego Rossello, una bella entrevista en su departamento de Caballito.

 

Aquí les dejo algunos fragmentos de esa entrevista 

 

En cuanto a la política, que nos interesaba, parece que no le han preguntado mucho sobre eso, al menos a mí me parece que hay un tratamiento de la cuestión del poder en todas las novelas.

 

Ah, sí, esa es una cosa muy importante, seguro. El poder eh, más que cómo conseguirlo porque no sé, por eso tampoco “Los Soria” digamos, tienen poder, digamos por artes mágicas a tenerlo, no así otros escritores, ¿no? Parezco muy dormido, les pido disculpas por favor, es que no me puedo acordar cómo se llama este, “La rebelión de los directores”, ¿cómo se llama el autor? Ah, Dos Passos, eh, ahí habla todo sobre cómo tomarlo o qué cosas se hacen para tomar el poder. Yo no, parto de que el poder ya está, entonces qué cosas se hacen con el poder, generalmente cosas muy malas, muy horribles. “Los Soria” es la humanización del dictador, cómo el tipo empieza siendo un hijo de puta igual que todos los otros, y termina humanizándose. No le sirve de nada porque perdió la guerra. “Los Soria” es el polo opuesto de otra novela mía que se llama “ La mujer en la muralla” y transcurre en la constelación de la gran muralla china con Qin Shi Huangdi.

 

Por todos los estudios que yo hice sobre Qin, tengo bastante derecho a decir que era un buen chico, un buen pibe, de buenos sentimientos, buen corazón. Y a raíz de que su madre hizo algo , porque tenía un padre distinto al que él creía, empieza a enloquecer, a ser cada vez más duro, más frío y termina siendo un genocida. Esta es la deshumanización del dictador. Así como “Los Soria” es la humanización, ésta es la deshumanización progresiva del jefe de Estado. Después no son los únicos poderes, el poder de la magia, el poder de las sociedades secretas, en fin son distintos poderes que hay en mis obras. Este, sí, el poder es muy importante, muy importante. Generalmente se usa para, decía Lao Tse en el “Tao te-King” que quien desee perder poder, primero deberá conseguir poder. Pero no es una cuestión de oponerse al poder en sí mismo, sino estar preparado para perderlo, para no actuar, para no oprimir a los demás, pero primero hay que tenerlo. Digamos un gobierno como la gente, a eso me refiero, ¿no?

 

Sí, claro, sí.

 

Y he estado en eso, no moviéndome en política, eso jamás lo hice, sí moviéndome para mi propio crecimiento personal, para tratar de dilucidar estos problemas, del poder y qué hacer con él, como ser humano.

 

Alberto, yo soy politólogo, él es sociólogo, por lo que tenemos un problema de entrada. (risas) Pero, me parece bueno lo que estás diciendo, la verdad es que si se comprendiera un poco en la facultad esto, ¿no?

 

Un poco una confesión personal, nuestra generación ha sido educada en lo disruptivo, en la resistencia al poder, y sin comprender absolutamente nada de él, y sin comprender a usarlo para bien. El mismo poder per se era malo y era algo a ser resistido, uno era moral si resistía al poder.

 

Claro, claro, claro.

 

No si se educaba para ejercerlo, para, en general, en común o lo que fuera.

 

Seguro.

 

Si hasta está en demodé, digamos, casi, utilizar la concreción del poder para el bien común, digamos parece una idea hasta fuera de lugar. ¡Qué interesante!, ¿no? Incluso en las construcciones de su obra, que es tan política en algún sentido, digamos, en el que vos hablabas recién, hay, existe el poder, existe el poder, existe el poder de la mafia, existen otros poderes, es cierto; pero da la sensación, no sé, capaz me estoy equivocando, pero que las historias empiezan a generarse alrededor de una construcción que es casi la construcción orgánica de un poder político. Digamos, de países, sociedades, generadas así.

 

Sí, por lo menos en muchas de mis obras.

 

Sí, sí. Y eso es interesante ponerlo en tensión con casi la totalidad de la literatura de los años ’70.

 

Sí, supongo que sí. Pero es un error, porque ahí se confunde lo que es oposición a, a poderes malvados con oposición al poder mismo, lo cual es un disparate. Vuelvo a la frase de Lao Tse: quien desee perder poder, primero deberá conseguir poder. Es así.(risas).

 

Bueno, para vos resulta muy obvio, pero eh, no es poco decir esto, eh, a nosotros no nos han educado para ejercer el poder.

 

Claro.

 

Tal vez porque nunca íbamos a llegar a alcanzarlo, tal vez ya se dieron cuenta de antes que no íbamos a llegar nunca.

 

No, bueno, no, es grave eso, porque entonces la gente que vale queda definitivamente afuera y también queda definitivamente afuera la Nación de la posibilidad de ser gobernada algún día por gente que valga la pena.

 

Sí, yo estoy cada vez más, más lamentablemente cercano a una posición así. Creo que va a ser muy difícil, porque es cierto que sin esta concepción del poder va a ser muy difícil. Teniendo esta concepción del poder, es cierto que, digamos, dedicarse a, a la realización personal y demás, es una opción sin duda, que lleva, que lleva a uno una vida, sin duda. Pero parece haber en vos una, una tajante decisión personal a no dedicarte a la política como cosa práctica.

 

Sí.

 

¿Eso responde a alguna cosa en particular o, o directamente a cuestiones casi materiales de tiempo?, es decir, bueno, tengo tiempo solamente para ser Laiseca no para…

 

Cuestiones materiales de tiempo y, además es toda una vida la que se dedica a las distintas cosas. Hay una, hay una vida para ser físico teórico, otra para ser escritor, otra para ser político. No se puede todo. Yo igual algo estudié de economía, para, para por lo menos tener un, un voto conciente. Y si no después viene Martinez de Hoz con su tablita, o viene Cavallo, y todos te parecen honestos, y todos te parecen planes maravillosos aunque son opuestos unos con otros. Cada uno dice que todos los anteriores eran una cagada, que él tiene la obra maestra económica. Y como uno no sabe, bueno, ojalá este tipo no entienda nada, pero ojalá que este tipo arregle algo. Sin embargo hay pautas que todo ciudadano debería saber aunque no haya pisado las aulas económicas. Este, miren como de la literatura hemos pasado a otra cosa.

 

¿Volvemos a cuestiones literarias? Bueno, el realismo delirante, cuándo usted se da cuenta que, cuándo lo cataloga como tal, porque uno a veces puede escribir y no…

 

Mucho después, mucho después.

 

¿Usted lo cataloga así o se lo sugieren?

 

No, no, no. Yo lo llamé así, realismo delirante, este. No sé cuándo le puse ese nombre.

 

Cuáles le parecen a usted que son los escritores que han influido en ese realismo delirante o, escribe sólo usted acerca de esa manera?

 

La gente que yo siento cerca sí pero, pero no que me hayan influido para la manera de escribir. Sí que me han influido muchos escritores. Pero, pero no en cuanto al realismo delirante, sino otras influencias, Oscar Wilde, Edgard Allan Poe, una escritora norteamericana de origen ruso muy poco conocida que se llama Ayn Rand, a, y, n, Rand, como la organización Rand, que escribió “El manantial”, “La rebelión de Atlas”, este. Que es una mujer que no tiene nada de delirante, escribe novelas clásicas. Una viejita que murió a principios de la década de los ’80, y bueno, qué se yo. No, este, yo era muy amigo del gordo Soriano, pero él decía que él y yo éramos los únicos que hacíamos realismo delirante en Argentina, ¿no?

 

No sabíamos eso.

 

¿Eh?

 

No sabíamos eso, que usted era amigo de él.

 

Sí, era muy amigo de Soriano,. El gordo me ayudó mucho a mí. Me ayudó a publicar mi primera novela, con “Corregidor”, me dio una gran mano el gordo, y fuimos, estuvo en casa comiendo un mes antes de que se muriera, no acá, en, donde yo vivía antes con mi mujer, ahí en avenida San Juan. Un mes antes, no nos dijo nada que estaba tan enfermo, tuve un problemita de salud pero ya está todo arreglado, nada, nada, no nos dijo un carajo, y al mes nos enteramos por la televisión.

 

Y, ¿cómo lo conoció, de dónde lo conoció, usted?

 

Una amiga me llevó a él. Una amiga llamada Tamara Camenzano, su hermano es poeta, me lo presentó a Soriano, en la vieja “Opinión”, en la vieja “Opinión” de Timmerman, no en la nueva, en la vieja. Y bueno, este, el gordo me leyó, se entusiasmó mucho, con mis escritos. Me dijo: dejá nomás yo los voy a llevar las cosas, se las voy a llevar a Pampín, a “Corregidor”, me dijo. Y ahí llegué yo, igual hubo un trámite muy largo, como de un año, qué se yo, bueno, por razones de editorial y demás que tenía Pampín en ese instante, pero me lo publicaron. Así fue la historia. No, con el gordo pensábamos muy distinto sobre muchas cosas, si lo han leído a Soriano van a ver que escribe muy distinto a mí.

 

Sí, sí, sí.

 

Pero, es realismo delirante lo que escribe el gordo, en verdad.

 

Sí, la verdad es que yo no había hecho el paralelo hasta que lo mencionaste.

 

Y sí. Cada uno lo descubrió por su cuenta porque el gordo ya era un escritor hecho y derecho, había, le habían publicado con gran éxito y traducido a muchos idiomas “Triste, solitario y final”, y yo no lo había leído.

 

No.

 

Y, bueno, y bueno y él a mí tampoco, ciertamente, este, así que bueno, vidas paralelas, ¿no?, con cosas muy distintas pero con coincidencias. Eso se da a veces en el arte, eso a veces se da.

 

Usted en una de las novelas se pronuncia en contra del arte abstracto.

 

Ah, sí, totalmente.

 

Sin embargo sus novelas son muy metafísicas. La cuestión del ser y el anti-ser parece ser bastante abstracta, ¿no?

 

Ah, no, pero una cosa es qué es la metafísica, justamente como usted bien lo dice, y otra grande diferente es la, la abstracción, colocar todas las cosas en la misma jerarquía, que, me gusta la armonía, no la desarmonía. Yo creo que la humanidad tenía que pasar por el período de la dirección hacia la abstracción, aunque más no sea para sacárselo de encima. Bueno, pero ya es hora de sacárselo de encima. Cuando Stockhausen compuso (“Ciclo”), bueno, todos debimos decir, bueno, ya está todo hecho, (risas), volvamos a la armonía por favor, ya está, ya se hizo. (Canta) ya está, basta de vaina, ya se terminó, este, un ciclo agotado. Se decía que estaba agotada justamente lo atonal, cómo puede estar agotado lo atonal, porque lo que se agotó no bien comenzó, porque es casi fenotípico (“Ciclo”) de Stockhausen, lo que se agotó es lo atonal. Ah, podemos escribir toda la vida, siglos escribiendo, haciendo cosas atonales, pero no provocan la sensibilidad, la profundidad de todo intelecto, de todo intelecto, de pura abstracción e intelecto. Yo puedo comprender esa música, y creo que la comprendí, en un período de mi vida, pero ya no quiero comprenderla más, porque para comprenderla me tengo que meter en un mundo donde se deja de lado a la mujer, el agua, la ventana, el sol. O sea lo terrenal, el mundo en el que vivimos, y pasamos a la música de la esfera, vamos a tener toda la eternidad para estar en la música de las esferas, para qué apresurarse. Tenemos nada más que un pequeño período terrenal, más bien aprovecharlo. Una vez un discípulo, su discípulo predilecto, (Jiu-You), estaba muy preocupado, Confucio jamás hablaba de monstruos, seres sobrenaturales, vida en el otro mundo, ni nada por el estilo. No es que no creyese, sí creía, pero jamás hablaba de eso. Entonces (Jiu-You) un buen día se le acercó y le preguntó: ¿maestro, cómo es la, la vida después de la muerte? Confucio dijo: Ah (Jiu-You), nada sabes de este mundo y ya te preocupas por el otro, más vale preocúpate por éste mundo y después preocúpate por el otro, y tenía razón. Las enseñanzas de Confucio son, mas allá de que estuviera muy equivocado y muy exagerado en muchas cosas, de todas maneras es un programa absolutamente terrenal, eso es todo lo que te puedo responder sobre el arte abstracto.

 

Bien, eso de la cuestión del ser y el anti-ser, yo sé que usted no está de acuerdo con la teoría del Big-bang.

 

No, para nada, no.

 

¿Por qué, por razones físicas, estéticas?

 

No, por razones físicas, este, qué cosa, nunca me han hecho preguntas tan extrañas (risas)

 

Sueños de Libertad, el futuro de Cuba

Este artículo, reseña del libro de Claudia Hilb, salió originalmente publicado por CADAL y por el semanario TalCual de Venezuela

La lectura, los recuerdos y el arte ayudan a nuestra mente en la construcción de sensaciones. Al leer el contundente ensayo de la Profesora Claudia Hilb, Silencio Cuba, las imágenes provenientes de la lectura se mezclaron para mí con el recuerdo del entrañable Profesor Antonio Armas, cubano él, que nos contó de sus dificultades para salir de la isla para nuestro coloquio de filosofía de febrero, en Texas. Los trazos directos del libro me parecieron muchas veces epígrafes dolorosos para los retratos que del espanto soviético en Checoslavaquia recuperó la cámara de JosefKoudelka.

Silencio Cuba, la izquierda democrática frente al régimen de la revolución cubana, es un libro de imágenes fuertes y de argumentaciones inapelables. En el transcurrir de sus tres capítulos y de su epílogo, el libro de Hilb traza un itinerario histórico de la revolución cubana y de sus defecciones al tiempo que enmarca las acciones políticas de Castro dentro de su exclusivo marco de legitimación. Las justificaciones del régimen cubano sobre sus políticas restrictivas de las libertades y sobre el notable retroceso en términos de políticas sociales remiten a un solo enunciado axiomático definido en la reconocida cifra, “Dentro de la revolución todo, fuera de la revolución, nada”.

Hilb trabaja sobre un soporte teórico doble. En primera instancia, tal vez la más potente, revisa con exhaustividad la relación teórico-práctica existente entre la proclamación inicial del régimen sobre el igualitarismo radical y el correlato casi funcional hacia la concentración del poder. De herencia Lefortiana, este postulado teórico explica en la pluma de la autora la intima relación entre los principios igualitaristas de la revolución –principal motivo de adhesión dentro y fuera de la isla- y su tendencia irreductible hacia la concreción totalitaria en la figura del líder de la revolución, el comandante Fidel Castro. En el mismo sentido intentará explicar, bajo el influjo de lo que Lefort llamó la fuerza de la ilusión, la indulgente narración que hace la izquierda latinoamericana del caso cubano.

La otra dimensión teórica que utiliza Claudia Hilb, es concurrente con la anterior y tiene que ver con la utilización del miedo como estrategia principal de dominación política por parte de la revolución. Así, dos elementos sensibles a la filosofía política actual, totalitarismo y miedo, se unen en la explicación del fenómeno cubano e intentan expresar, con un lenguaje nuevo una vieja pregunta, ¿pueden pensarse procesos de radicalización política que dejen fuera el ejercicio totalitario del poder?

Las páginas del libro operacionalizan, bajo la forma de la historización meticulosa de la revolución, las preguntas de temperamento teórico que se hace y pronuncia en voz alta la profesora Hilb. En el primer capítulo se narran los principios de la revolución con toda su carga de novedad y con su impronta radicalmente igualitarista y el inicio del proceso de concentración del poder. Dejo la sorpresa para el lector, pero anticipo que en el testimonio de actores relevantes y de episodios históricos documentados, el libro describe el pasaje entre la hipótesis de creación colectiva del poder hasta su limitación en una única persona con una franqueza analítica y del relato realmente sugerente.

En el capítulo dos, el tema central es el proceso de movilización más o menos compulsiva que el régimen de Castro impuso como ejercicio de legitimación y autorización. En este proceso, la movilización fue tomando nuevas fórmulas institucionales que se fueron degradando cada vez más en tanto demostraban su fracaso y su ineficacia. Los procesos de estigmatización social que se generaron en este transcurso temporal son los que habilitan la reflexión, en el próximo capítulo, sobre el miedo como principio de acción política de la revolución cubana. En este apartado, Hilb propone pensar a la concentración del poder como una suerte de lógica interna del proceso revolucionario tal y como fue planteado. Aquí, la autora vuelve a recuperar a Lefort cuando en su estudio sobre el totalitarismo soviético advierte sobre el componente peligroso que supone la superposición entre poder político y Ley. Hilb señala con justeza que el mismo proceso se da en Cuba y que esa superposición desnuda tanto la falta de un componente democrático moderno y republicano como la presencia de su reverso, la aplicación de un régimen totalitario.

Debo confesar que en tanto lector, me faltó un capítulo más con definiciones y argumentos sobre la izquierda democrática, pero puedo esperar.

Le haríamos un escaso favor al libro si sólo lo tomáramos como una obra genérica. El de Claudia Hilb es un libro, en alguna medida, de otros tiempos. Al leerlo, me vino a la memoria el artículo, que nadie quiso publicar hasta que Victoria Ocampo lo hizo en Sur, que Octavio Paz escribió en 1951 denunciando los campos de concentración en la Unión Soviética. Silencio, Cuba es un libro situado intelectual y políticamente en el lugar de cierta incomodidad y reclama, por esa osadía infrecuente, una atención especial. Es un libro fuera de este tiempo porque es un libro que necesita de la lectura, pero más necesita de la discusión. De allí su condición extranjera en estas épocas.

Claudia Hilb es profesora e investigadora, no trabaja ejerciendo el izquierdismo y por eso piensa renovadamente cómo encontrar los signos que permitan encontrar una nueva agenda para la izquierda democrática. Pensar la relación entre el decir de la izquierda y el régimen cubano es importante tanto como lo es una serie de conversaciones que figuran en el entretexto del libro. La relación entre la tradición de la izquierda y otras familias teóricas como el liberalismo o el comunitarismo dará los cruces, las mixturas, desde donde saldrá lo mejor de una reflexión tan necesaria como ausente.

Para terminar, no escuché ni leí a nadie decir que lo que Claudia Hilb expone en su libro no fuera cierto. No escuché ni leí planteos alrededor de la equivocación de sus postulados o de sus argumentos, pero sí escuché decir, a gentes que dicen ser de izquierda, eso no se dice. Y es una razón más para leer Silencio, Cuba.

 

Del miedo a gobernar al miedo al gobierno

Mezclar, mezclar y mezclar. Un buen amigo se preguntaba con razones sobre los [improbables] puntos de contactos anunciados en los diarios entre el cineasta Pino Solanas y la diputada Carrió. En afán de dar respuesta, me acordé del bueno de Benjamin Barber. Veamos qué sucede.

Gobernar requiere de templanzas, de capacidades de acuerdos y de reconocimiento. Es imposible gobernar sin otros y no parece posible ejercer el exclusivismo si uno quiere llevar adelante un gobierno razonable. Imaginemos por un solo instante que la persona que gobierna se cree moralmente superior a la media, sostiene que el resto del sistema político está repleto de pústulas y percibe catástrofes naturales o tecnológicas todo el tiempo. Extendamos nuestra imaginación hasta llevarla a un sitio donde quién ejerce el poder político es alguien que considera beneficioso para sí la crisis de cualquier otro. Ahora pensemos en la siguiente escena; nuestra presidente (otra) enseñándonos formación moral y cívica tras guiños de ojo y palabras cómplices. ¿Cómo nos sentiríamos como ciudadanos? ¿Cómo puede cualquiera de nosotros imaginarse que Pino Solanas gobierne?¿Cómo pensar en Carrió administrando?

Ambas figuras se han demostrado a sí mismos su capacidad de crítica y han extendido esa prueba a la sociedad. En el mismo camino, han demostrado también su incapacidad manifiesta para acordar. Ambos se han mantenido alejados del poder por convicción propia, por sus propias bondades y por lo que mejor utilizan a su favor, la capacidad de destruir. Y esa destrucción toma tonalidades conservadoras en ambos aún cuando lo hacen en sentidos diferentes. Uno, mientras señala los límites de su acción política anatemizando al bipartidismo y al mismo tiempo, se proclama heredero forzoso del primer peronismo por sus contenidos y sus formas. La otra, invocando republicanismo se ataja de la construcción colectiva tras cartas, denuncias y expedientes y judicializa la política hasta la exasperación. Ambos se autopostulan como necesarios, imprescindibles e impolutos y su presentación pública toma un color que parece imposible que exista lugar en el mundo para dos personalidades semejantes. Ambos toman las decisiones de la misma manera, aislados con sus séquitos y alejándose estratégicamente de cualquier posibilidad de discusión colectiva y participativa.

¿Será sólo eso?. ¿Está bien que extrememos la explicación psicologista? Creo que existe otra manera, más intensamente política, de apreciar este emparejamiento entre Solanas y Carrió. Tal vez el miedo a gobernar que muestran sea, en realidad, temor a la mirada de la sociedad sobre sus hipotéticos gobiernos. Tal vez lo que saben es que no pasarían ese examen complejo, incluso injusto, que realiza la ciudadanía temerosa sobre aquellos que le hacen daño. Quizás su miedo a gobernar no sea otro cosa que su temor reverencial a la mirada pública, una mirada que por su condición temerosa se hace fuerte e infunde, a su vez, miedo. Sobre todo en aquellos que son temerosos de Dios y adoradores del pasado. Si la construcción democrática argentina no está en condiciones de prescindir de Solanas y de Carrió al menos debería preocuparse en demostrar que necesita de otro tipos de liderazgo.

La osadía de los individuos rebeldes

Hace ya bastante tiempo, apareció un ensayo en la revista Ñ (lo busqué en la web pero no es posible acceder, así que el que lo quiera leer deberá ir hasta alguna hemeroteca y pedir por el N° 24 de la revista) que en estos días se obstina en volver a mi memoria. El ensayo de José Luis Pardo era y sigue siendo una rareza ya que trata de un tema ajeno a las preocupaciones intelectuales más urgentes en nuestro medio y se escapa de la tradición del pensamiento patrio, siempre más preocupado por el difuso mundo de “lo colectivo”. El ensayo de Pardo recuperaba una reflexión sobre la individualidad que me parece magnífica y estimulante.

Pardo recupera con su ensayo una tradición escasamente transitada en nuestro país que hace convivir a las filosofías continentales europeas con la mejor filosofía norteamericana. Este intento, cuyo gran hacedor es Richard Rorty, reconoce los aportes heidegerianos combinándolos con el pragmatismo americano dando a luz una forma filosófica de tono liberal que intenta escapar de los dualismos clásicos impulsando un modo de pensar la relación epistémica y práctica de lo público con lo privado de una manera altamente disruptiva. Más allá de éste aspecto estrictamente filosófico, creo que, viéndolo desde la filosofía política el aspecto más estimulante del ensayo de Pardo es el que asoma de la posibilidad de vincular a los “individuos en rebelión” con lo político, y para ser aún más claros, con la política democrática.

Para decirlo de otro modo y sencillamente, si damos por bueno que ha habido una sustancial modificación en las formas de construcción de las individualidades y que esto tiene consecuencias sociales no podemos más que pensar que las formas e instituciones que intenten interpretar esos cambios deben acompañarlos y también con ellas, obviamente, la forma en que son pensadas y explicadas.

Marca acertadamente Pardo, con Beck, la necesidad de reformular las categorías que, desde las distintas expresiones del pensamiento, se han venido utilizando para dar cuenta de la relación ente ciudadanía y política. Sugiero, entonces, que las habituales concepciones colectivistas, desde el marxismo hasta el comunitarismo y también las perspectivas políticas tradicionales den un paso al costado para permitir el acceso, desde la mejor tradición liberal, a una concepción de lo político que, partiendo de las nuevas formas de la subjetividad, reconozca que las instituciones democráticas no pueden, si quieren ser eficaces, ser muy distintas a esa nueva construcción de las subjetividades.

Creo, además, que para tratar adecuadamente el estudio de la relación entre la ciudadanía (sujeto político, politizable o a politizar) y la política como actividad es necesario reinscribirlo desde la perspectiva según la cual las cosas, los actos, incluso aquello que llamamos lo social, resulta ser como es por la relación que establecen con las demás cosas y que la mejor opción que tenemos es la de pensar el mundo social como lo que se sostiene sobre la constancia del cambio, como un flujo relacional que, marcado por la contingencia, vuelve nuestros actos tan importantes como flexibles y móviles.

Pensando de este modo llegaremos a la necesidad de repensar los vínculos entre la ciudadanía y la política ya no desde categorizaciones tales como crisis orgánicas, de representación o de los sistemas de partidos sino como un mucho más complejo reconocimiento de la inestabilidad de los lazos de legitimación. Esta nueva perspectiva supone asimismo, replantear radicalmente la agenda de problemas y los abordajes que se desprendan de ellas para las fuerzas políticas que se asumen como reformistas para evitar caer en el conservadurismo que conlleva consagrar la nostalgia como categoría política.

Quienes hacen de la política su actividad central debieran comenzar por abandonar la idea de ciudadanos con puntos o referencias fijas. Esto sugiere, por lo demás, un escenario en donde las formas de la representación y de la legitimidad se encuentran en una permanente revisión. En este sentido las formas de organización de las estructuras partidarias o de representación político electoral deben entrar en un proceso de discusión que termine por alivianar el peso de estructuras preexistentes permitiendo la incorporación de distintos espacios sociales en la búsqueda de poder político concreto reflejado en espacios de intervención.

Las instituciones de la democracia necesitan recuperar la centralidad del sujeto como portador de derechos como reflejo especular de su actuar sin los prejuicios antiliberales que tanto daño han producido en Latinoamérica.

Se trata, entonces, de levantar la mano a favor de lo que Dewey llamó el individualismo propio de la democracia, es decir, la capacidad de construcción reflexiva colectiva de una forma social que se plantee como necesario que los hijos vivan mejor y sean más felices que los padres, generación tras generación. El presente ensayo pretendió problematizar la política hablando de la democracia desde la singularidad y la riqueza de las personas para que, parafraseando a Dewey, por fin la práctica y la imaginación se den un abrazo y para que la poesía, el arte y el “sentido religioso” broten como flores espontáneas de la vida democrática argentina.

¿Qué liderazgos hacen crecer el tipo de democracia que preferimos?

Muchas veces pasa que terminamos por hablar con un lenguaje ajeno, que no es propio y no es el que queremos. Muchas veces sucede que, sin advertirlo, las marcas culturales que deja la impresión simbólica de una manera de ver el mundo sobre las percepciones colectivas hacen muy bien su trabajo y los discurso se homogeneízan, se parecen lo suficiente como para hacer difícil la identificación de unos y otros. De allí que la discusión acerca de cómo se nomina un determinado fenómeno es importante y que la discusión acerca del acceso lingüístico a un problema se hace necesario. Varias leyendas (no quiero calificarlos de mito, me parece exagerado) se han instalado en estos últimos tiempos del Kirchnerismo. Una de ellas es que en nuestro país sólo se puede ejercer el gobierno y el poder político desde un liderazgo fuerte. Está claro que este mito refiere históricamente, pero en su versión actualizada, empobrecida y escolar, el populismo kirchnerista lo ha vuelvo a inscribir con alguna que otra modificación.

 

Se abren aquí varias discusiones importantes, en el sentido en que lo plantee en el párrafo anterior. ¿Qué escuchamos cuando escuchamos esa aseveración? ¿Qué temperamento tiene esa hipótesis indelegable de fortaleza necesaria? Desde ya que tiene que ver con los participantes en la conversación, por lo que, descontadas las precauciones, inmediatamente aparecen las discusiones más fuertes. Los que estamos en la oposición, lo estamos porque el resultado social que produce esta manera de ejercer el poder nos lastima la sensibilidad, no nos hace feliz y nos parece que hay mejores opciones. Por lo tanto, queremos hacerlo de otro modo. Entonces, por consecuencia lógica, no nos sería mejor desmontar de una vez el argumento según el cual imaginamos que sabemos cómo se puede gobernar para producir una realidad que no nos satisface y queremos cambiar? En definitiva, si queremos promover otra sociedad, con otras prioridades, con otro trato, con más igualdad, no deberíamos ser tan permisivos con lo que conocemos como “eficaz”

Y la pregunta que se vuelve obvia es, entonces, qué tipo de liderazgo se lleva mejor con la sociedad que más nos gusta, es decir, qué liderazgos son mejores para el tipo de democracia que preferimos. Esta sencilla interrogación permitiría descartar la solución populista que propone el Kirchnerismo sostenido conceptualmente por pensadores locales con jerarquizadas interferencias desde el extranjero.

La fortaleza del liderazgo democrático reside, en primer lugar, en el entendimiento de la precariedad de ese poder. El poder político, que es del que hablo, remite todo el tiempo a la lógica de legitimación democrática que es el favor popular. Otro de los elementos fuertes de esa fortaleza es la de comprender que no existen ciudadanos con un punto de mira fijo en términos ideológico-político y que los intereses y deseos de las personas son tan cambiantes como lo es la misma construcción de la subjetividad. Entonces, un liderazgo fuerte, redefinido de este modo, ya no se parece en nada al ejercicio del mando y la dominación desde donde partimos.

La fortaleza de la nueva institucionalidad argentina está acentada en la capacidad de liderar procesos de creación colectiva de iniciativas, de colaborar en la conformación de equipos de trabajo, equipos productivos, empresas y universidades que crezcan con el Estado acompañándolos y promoviéndolos pero no dominándolos. Una nueva forma de ejercer la democracia desde un Estado también novedoso habla con otras palabras, se acerca a los problemas desde el lugar de los más débiles y resuelve los conflictos sin aniquilar, ni simbólica ni materialmente a sus componentes. Un liderazgo fuerte en la Argentina que imagino está en condiciones de articular diferencias y de promover formas institucionales novedosas. Las familias teóricas pueden servir, el liberalismo, el republicanismo y el comunitarismo pueden ayudarnos a pensar una democracia distinta que produzca una patria distinta. Pero primero tenemos que deshacernos de la lengua del adversario.

Algunas razones para leer listitas con tristeza, o sobre Ensayistas y Profetas de Harold Bloom

Recuerdo que algo no me gustó cuando leí “El canon occidental” de Harold Bloom. Aprendí de Octavio Paz que la clasificación no nos acerca a la compresión y que clasificar no es entender. En el mismo camino explico mi escasa vocación sociológica, una disciplina claramente afecta a las clasificaciones. En todo caso, prefiero las más imaginativas, las menos rígidas, las de William James en las Variedades de la experiencia religiosa o los de Borges en El idioma analítico de John Wilkins.

Y ahora el bueno de Bloom, al que no voy a ser tan vulgar como para negarle talento y sabiduría, la emprende contra el ensayo, género literario donde me imagino situado, allí donde me encuentren mis mejores días. En Ensayistas y Profetas, el canon del ensayo, Bloom, que no en vano es quién es, empieza por la Biblia, por el cantar de los cantares como texto sagrado entre los sagrados. Y no me importa a cuál ensayista dejó afuera, o si esas omisiones pueden ser olvidadas por haber inscripto al enorme William Hazlitt, (sólo porque presumo de ser uno de sus pocos lectores) o porque obviamente no desalojó del palco ni a Carlyle, ni a Pascal ni a Montagne. Lo que me interesa es preguntarme sobre la necesidad de generar el canon. Hace falta, en tiempos en donde la vida cultura se apoltrona y se deshace en simplificaciones, sugerir que la acreditación de sabiduría tiene una traza privilegiada y un modo legítimo. ¿Es necesario, acaso, aportar más a la potencia institucionalizada de la autorización permanente que supone advertir a los lectores severamente acerca de un camino de lectura que nos convertirá en sujetos cultos? Si estas listas son siempre innecesarias, en los lectores y escritores de ensayos, especie ya de por sí bastante menguada por el paso del tiempo, se me aparecen como más brutales, menos amables. Alguien puede decirme que esa no es la intención, y lo acepto desde este mismo instante, pero la pretensión de hacer una lista como esta por alguien como Bloom es la pretensión de decirle al resto qué debe leer. Por suerte hay maestros que aún sugieren, que muestran la belleza sin esperar nada a cambio.