Es palabra de la presidente

El Gobierno habla por boca de Hebe de Bonafini. Hasta esta hora, ni la presidente ni nadie de importancia del gobierno nacional se responsabilizó o caracterizó los dichos de Hebe de Bonafini en la tarde de ayer. No sólo eso, hace unos minutos escuché a la propia Bonafini decir que muchas personalidades (no precisó quiénes) la felicitaron por tratar de turros a los miembros de la Corte Suprema y por decir que hay que “tomar” tribunales si las cosas no son como ella, y por su intermedio el Gobierno, quieren que sean. No es nueva la particular manera de referirse a asuntos políticos que tiene la señora de Bonafini, ya nos ha regalado su alegría por el atentado a las torres gemelas y su beneplácito con actitudes autoritarias de Irán o de Venezuela. Lo importante aquí y siempre es que esa voz es la voz oficial y que, paradójicamente o no tanto, el objeto particular de la diatriba es una de las más esforzadas y mostradas conquistas del actual gobierno, al menos desde la justificación progresista. Y lo hizo, al menos hipotéticamente, en un acto en defensa de la Ley de Medios, otro de los blasones gubernamentales en registro progre. En un mismo movimiento, Bonafini desautoriza a los dos ejercicios de legitimación “por izquierda” del gobierno que la sostiene económicamente y la autoriza en términos de enunciación política. No es un dato menor que quién esto hace tenga detrás de sí la energía de la reivindicación por los derechos humanos y sea, a su vez, una de las depositarias de la clausurada memoria histórica argentina, anclada, por imperio de la narración del poder, en los años 70. ¿Cómo deberá ser leído este episodio de clara violencia institucional que, por increíble que parezca impacta en los puntos de instalación progresista del Gobierno?¿Cómo leer el silencio? ¿Estamos acaso frente a un sinceramiento de las variables de legitimación kirchnerista?

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La simplificación

“Qué desapasionado, prosaicamente práctico, noblemente soso es nuestro tiempo. Aunque tal vez tenga también su lado bueno: uno puede distinguirse por su extravagancia.”

Robert Walser

No me parece bueno dejarse ganar por la simplificación. El mundo está complejo, en esa complejidad hay riqueza, y sólo un tonto se lo perdería graciosamente. La cultura kirchnerista, agria y furiosa, nos propone, a todos, simplificar. Qué otra cosa que simplificar puede ser, por ejemplo, que cualquiera que no esté de acuerdo con el gobierno merezca el mote de Gorila o que cuando se señala la condición abominable del programa televisivo 6, 7, 8 empiecen a intentar emparentarnos con TN, con Clarín, con los editorialistas de La Nación, y con el resto de la prensa del universo. Parece que desde que el kirchnerismo dejó de ser un esquema de gobierno para pasar a ser una forma cultural sólo se puede, simplificando, ser o no ser, y el no ser, acarrea fatalidades.

Para los que no pensamos así es imprescindible librar esta discusión allí donde el poderío indiscutible de los Kirchner lo ha colocado, en el lugar de la cultura. Me gustaría tomarme de las palabras del atormentado Walzer, hombre que jamás se desprendió de su paraguas ni en los días más soleados (siempre pensé que este dato inútil tiene una secretísima y oculta importancia) y apoyarme en la extravagancia que parece uno practicar cuando no se rinde a reducir lo político a lo institucional y le suma a la discusión política, además, rasgos culturales. Consciente de las posibilidades de discusión y de los flancos débiles de esta afirmación, intentaré discutirlas para hacer surgir su vigorosidad.

Una de las críticas, la que considero más débil, es la que le supone la liviandad de la categoría “cultura” atribuyéndole características de corrección política o, simple y sencillamente de vacuidad conceptual. La otra crítica, a mi juicio más consistente, es la que parte de las consideraciones americanas alrededor de la “izquierda cultural”. Estas manifestaciones obturan la política escondiéndose en una utilización de las palabras a la manera de un exorcismo. Así, la llamada izquierda cultural insiste en decirse y decirnos que debe existir un camino hacia la emancipación y que ellos y sólo ellos tienen la posibilidad intelectual de develar ese itinerario. En palabras de Richard Rorty, estas personas sustituyen, por considerarlas banales, las reflexiones acerca de un futuro mejor y las cambian por un conjunto amplio, borroso y sofisticado de fantasías.

Para escapar de una y otra crítica y en el intento por devolverle a la cultura su extrema politicidad, en definitiva, para colocarla en el lugar de posición política frente a la simplificación, sugiero pensar la relación entre política y cultura de la siguiente manera. El concepto de cultura que guarda politicidad es el que se refiere a ella como el conjunto compartido de hábitos de acción que permite que las personas convivan entre sí. Entendida de éste modo, la cultura se pluraliza y se democratiza y empieza a hacernos formar parte de sucesivas identidades, conformando una nueva subjetividad marcada por la multiplicidad y la variedad. Estas condiciones culturales, formadoras de la subjetividad individual, pero también de la subjetividad política, deben ser incorporadas en una política que experimente con lo cultural.

La política con experimentación cultural permite pensar algunos de nuestros problemas desde dos caminos. Por un lado nos presenta el desafío de generar instituciones (de todo tipo) que contemplen dentro de sí los nuevos rasgos de la construcción subjetiva marcados por lo cultural. Así, las instituciones que intenten ser novedosas deberán estar en condiciones de agregar desde distintas dimensiones, de consolidar sus acuerdos en base a problemas y de dotar de dinamismos a sus liderazgos y referencias. En definitiva, serán instituciones que convivan con espacio de incertezas hasta ahora desconocidas o disimuladas. Cómo puede verse, este planteo es lo opuesto al planteo cultural del Kirchenerismo en donde la reducción a la unidad marca a fuego cualquier intento reflexivo. Para un Kirchnerista es inentendible que a Lanata le parezca mal que el Estado le declara la guerra a Clarín. Un kirchnerista no entiende por qué Caparrós se aburre cuando ve 6, 7, 8. Un kirchnerista no entiende cuando, azorados, buscamos al profesor Forster y no lo encontramos. Para la cultura Kirchnerista la corte es buena y progresista cuando toma unas decisiones pero es mala y reaccionaria cuando mira con desconfianza el proceso institucional santacruceño. Para los polemistas del kirchnerismo, pensar que no está bien que el Estado construya un multimedios a su gusto es de derecha y pensar que el enriquecimiento patrimonial exagerado es una inmoralidad, es un detalle menor y propio de quienes no entienden el proceso en su conjunto. Para estos neodefensores de lo público llegar a pensar que hay que favorecer al mercado es menemista. En su simplicidad ostensible, la cultura kirchenrista no entiende la complejidad del mundo y es, por eso y fundamentalmente un proceso de conservadurización política.


Seminario

Uso político de la memoria y el futuro
de la democracia en América Latina

27 y 28 de septiembre de 2010 de 17 a 21 hs.

Museo Roca, Vicente Lopez 2220, Ciudad Autónoma de Buenos Aires
www.museoroca.gov.ar

Los procesos democráticos de América del Sur están cruzados por distintas narrativas que combinan el ejercicio memorístico reivindicativo de un pasado muchas veces ilusorio con un esfuerzo para pensar el futuro. Este seminario tiene por objeto discutir la tensión entre la utilización política del pasado y las posibilidades de imaginar el futuro regional. Desde esta perspectiva se plantea la realización de mesas de debate con personalidades importantes que planteen el problema y multipliquen la discusión. Se realizarán cuatro paneles representativos de la vida pública con el propósito de interpretar la dimensión estrictamente política, la presencia de la sociedad civil, los medios de comunicación y la experiencia intelectual. Este es uno de los tópicos más relevantes para colaborar en pensar el futuro de la democracia y la ampliación de la idea de ciudadanía en América del Sur.

Organizan:

CIUDADANIA Y DEMOCRACIA

CADAL

PLATAFORMA DEMOCRATICA

Lunes 27 de septiembre

17:00 horas. Acreditaciones.

17:30 horas. Panel I: ”La sociedad civil y el futuro de la democracia”

El papel que las organizaciones de la sociedad civil tienen al momento de describir la realidad y de fijar las agendas de problemas. Muchas de estas asociaciones tienen, al menos en Argentina, una relación directa con la memoria histórica toda vez que han nacido para tratar con los problemas derivados de nuestra historia reciente y por eso se convierten en piezas importantes de una nueva manera de mirar la democracia.

Expositores:

Graciela Fernández Meijide, Ex Secretaria de la CONADEP.

Carlos March, Director Ejecutivo de Avina.

Bernardo Sorj, Director del Centro Edelstein de Investigaciones Sociales / Plataforma Democrática.

Moderador:

Martín Waserman, Director de Wingu / Ciudadanía & Democracia.

19:00 horas. Café

19:30 horas. Panel II ”Pensar el futuro de la democracia”

La reflexión intelectual acompaña las transformaciones del sentido común y de las prácticas sociales. Esta mesa estará dedicada a pensar el futuro de la democracia intentando desmontar la tensión entre la fatalidad histórica marcada por la utilización política del pasado y las potencialidades de articular un discurso, prácticas y políticas públicas de cara al futuro.

Expositores:

Adolfo Zaldívar, Embajador de Chile en la Argentina.

Pablo Romero García, Universidad Católica de Uruguay – Revista Arjé.

Aurelia di Berardino, Universidad Nacional de La Plata.

Samuel Cabanchik, Senador Nacional.

Moderador:

Facundo Calegari, Foro de la Ciudadanía Metropolitana / Ciudadanía & Democracia.

21:00 horas. Cierre primera jornada.

Martes 28 de septiembre

17:00 horas. Acreditaciones.

17:30 horas. Panel III ”Medios, nuevos medios y transformaciones del espacio público en América Latina”

La democracia necesita de la libertad de información y los medios de comunicación son piezas centrales de esa dimensión y además, figuran entre las primeras líneas críticas de nuestra vida social. Con la incorporación de nuevos medios, la situación se complejiza en el despliegue de una pluralidad tan saludable como caótica. La mesa sugerirá a los participantes discutir la relación entre el Estado y los medios y sobre los ideales y valores que se ponen en juego ante cada descripción del mundo.

Expositores:

Martín Becerra, Universidad Nacional de Quilmes.

Alejandro Alfie, Periodista diario Clarín.

Fernando Ruiz, Universidad Austral.

Moderador:

Gastón Vega, Canal K (sin continuidad) / Ciudadanía & Democracia.

19:00 horas. Café

19:30 horas. Panel IV ”La memoria interpelada. Pasado, presente y futuro de la democracia en América del Sur”

La política es el lugar de realización de las aspiraciones colectivas. Las políticas públicas, tanto ejecutivas como legislativas, son el resultado de la relación valorativa entre la ciudadanía y su clase política profesional. La mesa convoca a representantes de distintas fuerzas políticas a debatir sobre las relaciones entre pasado, presente y futuro para rediseñar nuestra democracia y colocarla en perspectiva regional y global.

Expositores:

Diana Maffia, Legisladora Coalición Cívica.

Martín Hourest, Legislador Igualdad Social.

Margarita Stolbizer, Diputada Nacional, GEN.

Norma Morandini, Senadora Nacional, PN.

Moderador:

Gabriel Palumbo, Ciudadanía & Democracia / UBA.

21:00 horas. Vino de Honor


Una especulación sobre qué hay detrás del Kirchnerismo

¿Cuál es el rasgo más potente del Kirchnerismo? ¿Cuál será, en caso de haberla, su marca firme en la cultura política argentina? Intentemos caracterizar mínimamente el fenómeno.

El Kirchnerismo presenta, según veo las cosas, tres características salientes, se propone como un populismo con ciertos aires beligerantes, actúa como una tecnología de apropiación de la memoria y opera políticamente intentando capturar la exclusividad del ideario progresista.

En el primer punto, el ejercicio del poder del Estado que lleva adelante el Kirchnerismo puede ser definido con un populismo de baja intensidad, con momentos de mayor beligerancia donde el planteo de los distintos conflictos remiten permanentemente a una fórmula confrontativa. Sostenido por postulaciones conceptuales importantes como pueden ser la de Ernesto Laclau y sus seguidores locales, la conflictividad inherente a la dinámica democrática se vacía de componentes plurales y se propone como finalista, esencialista y totalizadora. Lo que conocemos como crispación, que es una suerte de “sensación térmica de la beligerancia estatal”, no es otra cosa que el modo no democrático de ejercer el poder que permanentemente elige el gobierno en la búsqueda de su propio posicionamiento político que, de otro modo, le resultaría dificultoso ya que no tiene un programa o una dirección definida.

Como complemento, el Gobierno ha intentado, con éxito, apropiarse de la narración histórica del pasado nacional. Curiosamente, no se pronuncia desde un espacio fundacional sino más bien como restaurador de hipotéticas luces identificadas en la década del 70. Esta visión encantada de la realidad política Argentina sumado al carácter mentiroso de “su” propia participación en ella, ha convertido al Kirchnerismo en el propietario del pasado aún cuando no pueden demostrar la verosimilitud de los hechos concretos y aún cuando niegan las evidencias más ostensibles. El Gobierno usa miserablemente la tragedia Argentina para constituirse políticamente en un actor con características que no posee. El ejemplo de la negación de la actuación del gobierno radical en el juzgamiento a las juntas es demostrativo, tanto como la resistencia a discutir colectivamente la relación entre violencia y política en esos años. Pero más allá de estas consideraciones y por múltiples factores, el Kirchnerismo ha construido una situación histórica determinada que logra el consenso necesario entre muchos de los que producen los imaginarios colectivos y, al mismo tiempo, ha generado el efecto de rechazo (casi temeroso) de otros actores importantes que, por ahora no logran sobreponerse a la imagen demonizada del Kirchnerismo y, por tal motivo, no logran establecer una identidad más allá de la denuncia.

Por último, mucho menos por convicción que por verse obligado de salir de una crisis política profundísima, el Kirchnerismo se presentó a la sociedad como una variante del progresismo. Logró adhesiones en el sistema político y en el medio cultural e intelectual y eso facilitó, nobleza obliga, restaurar ciertos márgenes de enunciación y práctica política que se habían perdido. Sin ningún antecedente que los habilitase, pero con una cuota importante de desparpajo y falta de adversarios políticos de importancia, el Kirchnerismo se dedicó a establecer los límites de las condiciones de posibilidad de las políticas progresistas. Algunas medidas tan acertadas como previsibles, sumadas a la falta de una oposición con rumbo claro le permitieron al Gobierno situarse en el costado izquierdo del sistema político y habilitar desde allí discursos, acciones y palabras. Tuvo que pasar mucho tiempo para que apareciera la posibilidad, en las discusiones académicas y políticas, de establecer una crítica “por izquierda” al matrimonio Kirchner y su gobierno, aún cuando en la práctica (asociación con Moyano, acuerdos con los barones del conurbano, derechos humanos sólo hacia atrás, manipulación de índices y patoterismo de toda especie) son muchas las posibilidades de asociar al gobierno con el tradicionalismo político más conservador.

Así las cosas, la política Argentina y las próximas elecciones no tratan sólo de un recambio de elenco gubernamental o de un ejercicio crítico de acciones de gobierno. Lamentablemente, y pese a su inicial slogan, la estela del kirchnerismo es gris y, confusa y hasta violenta, nada que ver con un país en serio. Para nuestra desgracia, no podemos habitar ese lugar de normalidad que nos pediría, cada cuatro años, un aval o una negativa, pero dentro de márgenes razonables y tranquilos.

La oposición al Kirchnerismo, y me refiero aquí a la única que me preocupa, es decir, a las fuerzas progresistas que puedan confluir en un Acuerdo Cívico y Social lo más amplio posible, se verá de frente con este esquema de país planteado por Kirchner. El gobierno es mucho más que sus políticas públicas (que algunas serán buenas, otras no tanto y las demás nefastas), el gobierno es toda una manera de concebir el poder en democracia y presenta una manera de ver el mundo y un producto social. Este es el verdadero lugar donde se discutirá la política en los próximos meses o años. Lo que se pone en juego es la construcción de una sociedad, el temperamento cooperativo que aún perdure en nosotros y la posición del Estado en esa construcción. No será una discusión de indicadores o de políticas públicas concretas sino más bien, del tipo de democracia en la que se quiere vivir. La discusión vital pendulará, entonces, entre el populismo beligerante y la democracia de proximidad.

Un Mar

A fuerza de ejercer la credulidad

me hice invisible para los dioses

y un pájaro de alas extendidas

gritó justo en el momento en que te ibas,

la playa, imaginada y pequeña, se abrió para el desencanto que llegó,

seguro de sí, hasta mi boca

la luz, verde y rosada, tiñó el mar la tarde en que nuestros pasos se alinearon y canté

como siempre quise, la dulce canción y recité el brutal poema

corriste, te vi correr y supe, de pronto, que de algún modo, huías

te amé y no supe si me amabas y descubrí con dolor que esa es la única ignorancia que duele,

aún frente al mar imaginario que separa la dulzura y la violencia.


Carnaval

Todos tenemos debilidades y me llegó el momento de confesar una. A mí me gusta leer, con injustificada habitualidad, la mala literatura producida por los kirchneristas en blogs, foros, medios y demás. Es realmente una práctica abominable que me saca tiempo para causas nobles, pero, como buena patología, es difícil de superar.

Pero de todo lo que leí por ahí desde hace años, nada me sorprendió tanto como la nota que apareció hoy en la web de Tiempo Argentina anunciando que la presidenta tiraba finalmente la chancleta y anunciaba más feriados para más gente. Sin entender del todo la máxima Milliana, la señora presidente decretaba el mayor asueto para el mayor número. Pero eso no es lo importante, lo serio, como casi siempre, es el hecho estético que rubricó semejante muestra de progresismo criollo.

Hacía tiempo que no leía algo tan mal escrito, tan indisimulablemente obsecuente y tan polémicamente publicable. Dice el primer párrafo;

La presidenta los vio venir, asomándose por la esquina, desde el palco oficial del Bicentenario. Eran 300 murgueros vestidos con levitas, galeras, lentejuelas y raso que marchaban detrás de la palabra “Democracia”. El desenfado de los bailarines que saltaban sobre el asfalto al ritmo del bombo y el platillo –el famoso toque porteño− buscaba transmitir la alegría por el fin de las dictaduras y el retorno de los gobiernos constitucionales

La imagen de Cristina con medio cuerpo afuera del balcón para ver a los murgueros es risueña, pero atribuir a los pasos de murga la condición de “famoso toque porteño” es decididamente estrafalario. Y todo, como no podía ser de otra manera, combinado con el infaltable ejercicio de falsa memorística del gobierno y su relación, de cualquier cosa, con la dictadura.

Sigamos con el próximo recorte;

Cristina pareció contagiarse del desparpajo. Se colocó un sombrero, se animó a ensayar un paso de baile. Distendida como pocas veces se la había visto, escuchó entonces el pedido que llegaba desde el asfalto. Desde el cuadro dedicado a la recuperación democrática le pedían que el gobierno restituyera los dos feriados de Carnaval eliminados por la dictadura. La presidenta se comprometió a estudiar el tema. Y el día llegó. Mañana a las 18, acompañada por miembros de cien murgas, Cristina anunciará desde la Casa Rosada que el Ejecutivo enviará al Congreso un proyecto de ley para modificar el Decreto 21329/76 firmado por el dictador Jorge Rafael Videla.

Aquí, la cosa se puso fula, Cristina con galerita al paso de murga accediendo a los pedidos “democráticos” de los murguistas y avalando la resistencia de la cultura frente a Videla es, como poco, inverosímil. Estudiar el tema murgas puede deparar complicaciones sobre todo si se lo tiene a Horacio González de consejero. El director de la Biblioteca Nacional afirma que la dictadura prohibió los festejos de carnaval para “forzar la europeización compulsiva de Buenos Aires” (¿?)

La nota luego, discurre luego en un relato histórico sobre el murguismo patrio, dejando en claro que la creatividad no descansa ni al momento de ponerse nombre y rescatando los componentes fuertemente democráticos del movimiento murgueril nacional y popular.

La nota termina así, como si el que la escribió quisiera demostrar que habitará, por siempre y para no salir jamás, el territorio de la estupidez;

La presidenta decidió tomar el reclamo en sus manos. Será otro capítulo de su búsqueda por reeditar coaliciones transitorias de signo progresista para aprobar determinadas medidas. Así sucedió con la Ley de Medios y el matrimonio igualitario. Ahora será el turno de los bombos murgueros.

¿Coaliciones transitorias de signo progresista?

Pensándolo un poco mejor y tomando por buena la asimilación que hace el ¿periodista? Que escribió la nota, murgas y ley de medios puede que sea casi la misma cosa y este tipo de textualidad será, tal vez, la que nos depara el universo igualitario soñado por el kirchnerismo.

facultades tomadas (las minúsculas no son un error)

En su afán por simplificarlo todo, los espíritus progresistas han decidido que las tomas a los secundarios son actos heroicos, sensibles, responsables e ideológicos y las tomas a las Facultades un acto de vandalismo, irracionalidad y sobredeterminación ideológico-partidaria. Esto es así básicamente, porque las primeras son “contra” Macri, y las segundas “contra” Kirchner a través del rectorado (por otra parte inclasificable) de Rubén Hallú.

Creo que las tomas, así planteadas, muestran mucho más que el hecho de la movilización y el reclamo. Muestran la ominosa falta de imaginación tanto de quienes protestan como de quienes gestionan. Tanto unos como otros se preocupan, principalmente, por no ser corridos por izquierda y mientras tanto (como sucede habitualmente) demuestran su conservadurismo.

Es necesario pensar sobre los objetos de la disputa. Por un lado, claramente, la calidad de la educación, por otro, la legitimidad en la autoridad del Estado. Cuánto tiempo puede sostenerse que porque se quiere estudiar se impide estudiar? Cómo podemos, en el caso de Sociales, sostener que el estado del edificio es un peligro y al tiempo, proponer que los pasillos de la facultad se atesten de bancos, mesas, profesores y alumnos en un eufemismo absurdo llamadas clases públicas. ¿Acaso no son todas las clases públicas en la UBA? Cómo se puede defender la facultad y escindirla tanto de la consideración pública, y al decir público aquí me refiero a aquellos que hacen posible el privilegio de enseñar y de aprender como se lo hace en la UBA, sostenido por el acumulado de trabajo de personas que jamás pensaron y pensaran a sus hijos en esa Universidad.

Por el otro lado, las autoridades se preocupan únicamente por no ser corridas por izquierda, por no quedar descolocadas en un hipotético mapa ideológico que no le interesa a nadie salvo a ellos mismos.

Las tomas desnudan el simplismo con el que se elaboran los conflictos en Argentina. Sin ningún ánimo de sincera resolución, se narra de modo finalista hasta el punto de perder de vista el objeto mismo que generó la discusión. No hay ninguna posibilidad de colaboración porque a nadie se le ocurre colaborar, en definitiva, a nadie le interesa genuinamente el conflicto sino lo que puede sacar de él, tanto en términos tangible, concretos y en algunos caso en efectivo, o en lo que es más inmaterial, la posición política.

El campo intelectual hace lo suyo para dejar todo como está, Macri es de derecha, entonces las tomas son legítimas, mientras que al compañero rector esas cosas no se le hacen. Nos explican las diferencias entre Macri y Kirchner como si lo necesitáramos y teorizan sobre las lógicas de la protesta social.

Lo que aparece como gran ausente es el afecto que hace falta para que estas cosas se empiecen a trabajar seriamente. La falta de instrumentalización del conflicto y su consideración dialógica parecen quimeras. En el camino hay un montón de personas que quieren aprender, de las clases, de las charlas con compañeros, de los conflictos y de las formas de resolución de esos conflictos. Pero esa oportunidad está vedada, parece que hay varios que están luchando para que eso no aparezca.