El otro Lopez

El kirchnerismo señala siempre al enemigo. Para hacerlo ha logrado, con el tiempo, diseñar una suerte de división del trabajo que comprende a filósofos importantes, actrices con súbitas preocupaciones sociales, escribas y periodistas bastante torpes y vocingleros en forma de legisladores.

A pesar de su habitual verborragia, los últimos días todo este esquema de comunicación tan funcionalmente aceitado ha trabajado, pero en sentido inverso. En la Provincia de Formosa las fuerzas policiales mataron, en un despiadado desalojo, a un ciudadano argentino. Lo mató el Estado, el poder político de la provincia, gobernada por el kirchnerista Gildo Insfrán. Es un hecho grave, muy complejo y que habilita a la prudencia. Lo que no deja de sorprender es la distancia entre las interpretaciones ante la muerte. Hace unas semanas mataron a Mariano Ferreyra en las vías del Roca. El gobierno, aún cuando los matadores son sus claros aliados, se montó sobre ese episodio para legitimarse por izquierda una vez más. Algunos, los más perversos obsecuentes llegaron a murmurar que la preocupación por este caso no habría sido ajena al deceso de Néstor Kirchner. Rápida investigación, detenciones, palabras de repudio, caracterizaron el acceso del gobierno y del Estado ante el caso Ferreyra.

¿Qué pasó en Formosa, entonces? Allí no fue un particular sino la fuerza pública la que disparó y por eso la responsabilidad es mayor. El ciudadano muerto, de origen Toba, no parece tener el mismo marketing que el universitario Ferreyra y tal vez por eso, no merece la misma atención. La distancia, en sentido geográfico pero principalmente simbólico, entre Buenos Aires y Formosa se transforma en un abismo donde se pierden las voces siempre preparadas para el bullicio “progre” que provienen del Gobierno y sus adherentes.

La presidente, que usa y abusa de la cadena nacional, no dijo nada. Los medios “alternativos” que generó el kirchnerismo en su lucha emancipatoria frente a Herrera de Noble hablan eufemísticamente de muertos “en disputas de tierra” y en una actitud descarada destacan que la justicia decidió eximir de prisión al dirigente aborigen que se puso al frente del reclamo por la muerte. Otro medio oficialista atribuyó, de manera lateral, la responsabilidad al ganadero que pidió la restitución de sus tierras, obviando cualquier responsabilidad política del Gobernador.

Carta abierta, el espacio reflexivo del Gobierno, siempre tan dispuesto a intervenir en cuestiones públicas, a varios días del episodio (es cierto que el pensamiento complejo a menudo requiere de temporalidades diferentes) no ha escrito ni una línea. En un sentido un tanto menor, las discusiones en redes sociales y en blogs –siempre cargadas de chicaneos y punzantes cambios de opiniones- resultaron prácticamente inexistentes debido al silencio de los siempre temerarios “filokirchneristas”.

El sentido burdo de este silencio, en realidad, prepara una reflexión sobre el pasado y sobre la relación de la vida argentina con la muerte. En nuestro país hay muertos y muertos y hay matadores y matadores.

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Verguenza y expiación del progresismo

En su muy buena columna de los domingos en el suplemento cultural del diario Perfil, Damián Tabarovsky escribió una nota a la que tituló “Política subterránea”. Escribe, con cierto velo humorístico, una simulada fascinación por la figura del jefe de gabinete del Gobierno porteño Rodriguez Larreta y por las políticas del PRO. Luego, en un giro sólo probable por medio de la literatura, relaciona al inefable Larreta con la figura de Jurgen Habermas. Tras un diálogo ficcional entre posiciones hipotéticamente progresistas y las posiciones del PRO, el “personaje” Tabarovsky refuerza su vocación de votar a PRO pese a supuestas evidencias en contrario. La nota termina del siguiente modo, “… Por entonces el progresismo, siempre tras Habermas, imaginaba a la opinión pública como un espacio crítico, que mediara entre el Estado y el mercado. Pero ya hace mucho que el progresismo se llamó a silencio sobre este asunto (y sobre los demás, también). Quizás desde que percibió que la utopía de la comunicación pública democrática lleva un nombre: Tinelli. Pero por suerte, ahora están los Rodríguez Larreta y las Michetti para reparar esa situación, y devolverle a la palabra pública su dimensión crítica. Macrismo: etapa superior del progresismo.”

Más allá de su ración cínica, algo de lo escrito me encuentra en un lugar en el que no puedo acompañar los argumentos, pero en el que no me resulta trabajoso comprenderlos. No comparto ni el cinismo político del autor ni que Larreta o Michetti estén en condiciones de reparar nada. Menos aún, supongo que el Macrismo sea la etapa superior del progresismo. Pero, la verdad, es que tampoco me parece tan descabellado. ¿Cuáles pueden ser las razones para que alguien por el que uno siente respeto intelectual analice las cosas de este modo? Está claro que las experiencias llamadas progresistas se encargaron de convertirse en el ejemplo ideal del conservadurismo y que la mayoría de las veces coronan con rotundos fracasos sus grandilocuentes y siempre políticamente correctas caracterizaciones. Está claro también que la presencia de PRO en la Ciudad de Buenos Aires es el resultado de diez años de un gobierno “progre” que, con bonhomía, puede calificarse de decepcionante.

Pero no es eso lo que me parece interesante del planteo de Tabarovsky. Lo que hace aparecer el artículo es la percepción propia, biográfica y política sobre el progresismo y sus continuidades. El recuerdo es lo suficientemente nítido, corría el año 1999 y nos encontrábamos para discutir textos de Dalema, de Gonzalez, del Olivo y de los partidos socialdemócratas europeos. Pensábamos que un día tendríamos la responsabilidad de gobernar y queríamos hacerlo parecido a eso que leíamos. Veíamos en estas ideas un interesante mezcla de nuestra ambición igualitaria y nuestra cultura democrática, un poco informe todavía, es cierto, pero vigorosamente democrática.

No logro darme cuenta dónde anidaba el componente que terminó haciendo que quienes trabajábamos juntos ahora lo hagamos separado. Se alojaba en muchos, evidentemente, un temperamento que no alcancé a percibir en su momento pero que fue lo suficientemente potente como para generar de una experiencia menor como el Kirchnerismo, un hito emancipador y fundamental. El pasaje de Habermas al actual Laclau, el recuerdo de las discusiones entre Massimo D´alema y Felipe Gonzalez y su correlato en recuperaciones Jauretchianas explican en parte que Tabarovsky pueda ver en el macrismo la continuación del progresismo. La historia, espera del relámpago del paso de Dios, nos enseñó algunas cosas y la Alianza nos llenó de vergüenza. A unos porque pretendimos ignorar que no puede haber esfuerzo reformista con liderazgos conservadores, a otros porque vieron progresismo donde no lo había y porque llegaron demasiado rápido. Pero esa experiencia fracasó más por su inexistencia que por su presencia, se terminó dejando muertos porque nunca estuvo realmente viva.

La vergüenza y el silencio son compañeros entrañables, se usan uno al otro para que el tiempo pase y limpie los dolores. No estoy seguro que los caminos que tomamos para superar esa vergüenza hayan sido los correctos. Me parece que pecamos por exageración y por distinción. No necesitamos, generacionalmente, pagar hasta la eternidad el hecho desentronizar falsos dioses y tampoco necesitamos generar mitos donde no corresponde. Sólo deberíamos hacer el esfuerzo por volver a hablar. Hubo un día, no sé cuál, en el que decidimos que no teníamos que hablar más de progresismo. El mismo día decidimos no hablarnos más de la combinación virtuosa entre lo mejor del liberalismo y lo mejor del socialismo democrático como habíamos aprendido del viejo y sabio Bobbio. Nos refugiamos en un discurso ajeno, aterradoramente extraño que nos separó hasta lo imposible. Lo imposible es no poder hablar. Lo imposible es no poder encontrar las palabras que nos ayuden a actuar de manera reformista. La peor manifestación de esta imposibilidad es pensar que debemos expiar al infinito una culpa. Otro modo de condena es el de pensar que no hay diferencias entre débiles y poderosos. A lo que considero, con modestia, un error de Tabarovsky, le va muy bien aquella frase de Camus, “Está la belleza y están los humillados. Por difícil que sea la empresa quisiera no ser nunca infiel ni a los segundos ni a la primera.”

El mito inútil

Sísifo, tan astuto como trabajador, eludió a la muerte poniéndole cadenas a Tánatos y ganando con eso también una breve eternidad colectiva. Nadie podía morir sin ser llevado por la muerte engrillada. Vino Ares y todo volvió a la normalidad. Las furias, que han encontrado variadas explicaciones acerca de su existencia, terminaron por ser sólo tres, bastante menos que las plagas de Egipto. Tisifone, Alecto y Megera castigaban a los díscolos con látigos coronados por anillos de bronce. Más cerca, Borges fundó Buenos Aires en una manzana de Palermo y le proveyó, en ese mismo momento, su insuperable dialecto.

El mito es, por definición, un relato falso. Contiene el artificio elemental de sustraernos de la realidad y nos provee de una historia mejor que nosotros mismos. El mito, en cierta medida, es un refugio frente a lo que no podemos hacer y actúa bajo la forma de una utopía, un lugar donde guarecerse de lo que no entendemos.

Frente a lo que aparece como una necesidad colectiva de generar un mito en la figura de Néstor Kirchner, la pregunta que creo es interesante sugiere pensar, ¿Para qué necesitamos un mito?

Muchas de las escenificaciones del velorio del ex presidente resultaron estéticamente diseñadas para colaborar en la construcción del mito. El cajón cerrado es una muestra, la ausencia de la figura de la muerte genera una estela de posible vitalidad simbólica. Por otro lado, la elección del sitio de las exequias. No hacerlo en el Congreso y llevar a Kirchner al salón de “los patriotas latinoamericanos” supone una puesta en disputa de la figura mítica y una elevación ya no respecto del resto de los mortales sino del resto de los muertos ilustres. La ausencia de “otros” en el velatorio puede percibirse también como un rasgo de exclusividad mítica, nadie que no fuera aprobado por el fallecido tenía derecho a estar allí. La participación de Javier Grosman aprueba la tesis que funde un innegable pesar popular con una perfomance mortuoria diseñada al detalle. Cómo si faltara algo, llovía.

La viudez peronista, inquietante, provocó paginas en los diarios que bien podían no haber sido escrito nunca y estimulo a las más variadas especulaciones a los aprendices del análisis político. Más allá de esto el mensaje de la Presidente reforzó la tentativa mítica desde la narración del dolor, de la recuperación de la figura de Néstor Kirchner (y su supuesto legado) y dejó clara la intención de seguir caminando por las mismas veredas que marcara el ex presidente. Buena parte de la oposición, marcada por la sorpresa, colaboró reforzando la idea del “militante” al hablar de una persona que, después de todo, desde 1983 no fue otra cosa que funcionario público y, antes que eso, resultó un astuto y severo comerciante inmobiliario. Los discursos cercanos al poder, por su parte, sumaron rasgos emotivos, y utilizaron metáforas y poemas para remarcar su lealtad – por algo es un valor supremo en la cosmogonía peronista – a la figura del muerto. La propia presidenta, unos días después sugirió ver, alegóricamente por cierto, a su marido caminando entre los presente en un acto político en la provincia de Córdoba. El Jefe de gabinete la confirmó como jefa del movimiento y el Futbol para todos será sobre todo y en realidad de Néstor Kirchner. Una suerte de danza bastante macabra construye una escena que remeda “El baile de los muertos” de Edward Munch. En el cuadro, figuras fantasmáticas bailan sin bailar una música que podemos imaginar lúgubre y monótona buscando, más que la celebración, un acompañamiento para su congoja.

En una interesante reunión en la me tocó participar en la semana junto a dirigentes y jóvenes profesionales de la oposición empezó a mostrarse la eficacia de la construcción del mito. Más allá de evaluaciones y caracterizaciones, si algo quedaba claro era que la única manera de enfrentar al mito – más bien a la acrítica asunción de su existencia – era con un mito de similar peso pero de distinto tono. La discusión, cuando llegó más lejos, intentó recrear en el pasado la ilusión perdida de viejos héroes y de antiguas glorias. Según creo, la necesidad del mito refuerza esa vieja idea del liderazgo fuerte y ambas dimensiones en conjunto forman un hostil artefacto tramposo para nuestra vida democrática. Si necesitamos de un mito es porque no contamos con una forma institucional capaz de procesar conflictos en clave pluralista. Esta necesidad, y su tranquila aceptación nos devuelve una imagen de la democracia demasiado pequeña para tener ya 27 años de vida. La idea del mito y su concurrencia con la idea del liderazgo fuerte hace suponer que existe entre nosotros la urgencia de que alguien realice la síntesis perfecta que da como resultado nuestra identidad política. Al no poder hacer convivir nuestras modestas minorías y administrar los problemas que esa administración comporta, generamos la presencia de un mito poderoso capaz de resumirnos y uniformarmos.

Casi nada está más lejos de la democracia que me gustaría ayudar a construir que la presencia de un liderazgo mítico de esas características. Los peligros inadvertidos en esa construcción, salga bien o salga mal, pueden terminar por desmontar los breves avances que se han hecho en materia institucional. El exceso de confianza que implica creerse la posibilidad de encarnar a las bondades del pueblo es falaz y amenazador y va decididamente en contra de la ampliación de las formas democráticas. Una vez más, el ejercicio totalizador que vive detrás de la construcción del mito nos propone como mágica solución pensar que la identidad política argentina es el populismo, aportando a la frágil pero extendida idea según la cuál Argentina sólo puede ser gobernada por el peronismo.

Para confrontar esta idea mitológica del liderazgo hay que situarse en el futuro. Es tan irritantemente conservadora la idea de la necesidad del líder que sólo puede oponérsele una mirada de signo contrario que permita asimilar la idea de democracia con la de esperanza. Si pudiéramos dotar de la misma vigorosidad a la idea de futuro estaríamos cambiando el sentido de la discusión y podríamos empezar a dejar atrás al conservadurismo. Suplantar el mito por la idea de la anunciación nos daría permiso para instituir la alegoría del nacimiento de una nueva manera de vivir y de convivir.

No logro pensar una cosa que resulte más intolerable para el estado actual de cosas de la política argentina que imaginar una posibilidad de liderazgos concertados, pluralistas y hospitalarios que permitan relatar la democracia desde una metáfora alejada de lo sacrificial. El abandono de la literalidad mortuoria y el paso a una pintura esperanzada, cargada de concepción y nacimiento como propone la idea de la anunciación puede llegar a ser el rasgo disruptivo más importante de los últimos tiempos. El futuro de la democracia argentina podrá situarse, entonces y bajo esa forma narrativa, entre la memoria y la profecía.