Para hablar de otra cosa, o la institucionalización de un frente reformista

La política de estos días, muchas veces, nos hace sonrojar. Nos ponen colorados de vergüenza algunas declaraciones, algunos trascendidos y sobre todo, la falta de una acción concreta, sencilla, determinada y entusiasta hacia la construcción de una opción reformista que se plantee frente a la prolongación temporal del populismo peronista en su versión K. El único espacio que me interesa problematizar en este caso, por cierto, es el que me convoca, el de la construcción de un frente progresista (Dios sabe que me gustaría otra denominación). El tiempo que transcurre sin adelantar ni un paso es tiempo que se escurre de nuestra propia asunción de responsabilidades para con aquellos ciudadanos que necesitan de un sosiego para la inútil y efímera agitación que propone permanentemente el gobierno. El tiempo que pasa no es una variable menor que no hay que tener en cuenta a la espera de que la dinámica de los hechos acomoden todo de la peor manera en el último día. Los líderes posibles de un frente progresista tienen una responsabilidad mayor que nadie en no dejar que la desidia gobierne sus pensamientos y sus actos. Hay demasiada gente comprometida en que no se alumbre una genuina expresión política reformista y la política argentina quede enredada en un juego absurdo entre un peronismo siempre dúctil y preparado para el cambio de rostro y un polo de derechas más o menos moderno e impolítico. La tranquilidad de muchos reside en que un sistema de partidos así articulado no genere posibilidades de alteración de una agenda pública que viene poblando sus bolsillos. Muchos de los problemas de desperfilamiento (que he señalado en otros artículos de QUILT) se ahorrarían si existiese una lógica institucional de construcción de un frente político entre las fuerzas reformistas.

Cuanto más pasa el tiempo, cuantas más declaraciones hacen sus supuestos miembros, cuantas más manifestaciones políticas se escuchan y leen, este tópico aparece en su mayor relevancia. Ahora bien, si es que vamos a proponernos como algo nuevo, tenemos que mostrar que podemos empezar por ser novedosos con nuestras propias estructuras decisionales. Plantear la institucionalización del Acuerdo Progresista es un paso indiscutiblemente importante como punto de partida para una nueva etapa institucional Argentina. Esta institucionalización puede hacerse de diferentes maneras, la que a mi juicio reúne mayores ventajas es la conformación de una confederación de partidos en la que nadie renuncie a sus pertenencias previas. Otro punto importante es la cuestión central de la construcción de liderazgos. En este sentido, sería prudente la incorporación de una manera novedosa de procesar los conflictos en una nueva clave democrática que a la vez permita, genuinamente y no sólo en el discurso, la posibilidad de acumulación política por fuera de las estrictas fuerzas partidarias. Aquí, la experiencia de las primarias súper abiertas con registro individual puede ser la herramienta más revulsiva que pueda plantearse. La institucionalización permitirá elevar también la barrera social de salida de los compromisos políticos, es decir, aquella fuerza que se descomprometa con el programa del frente se descompromete también de la ciudadanía. Por otro lado, cuestión nada menor, permitirá institucionalizar democráticamente los conflictos y puede promover la existencia de equipos integrados por todas las fuerzas que ayuden a encontrar modos comunes de enunciación, de interpelación social que presenten una fuerza política distinta. El Frente institucionalizado tiene una obligación reformista ineludible con la reforma del Estado y la reforma política porque es, o debe ser, en cierta medida, el instrumento de esas reformas. Se reforma para reformar.

Es necesario hacer ya una conferencia de prensa en la que todos los referentes importantes del Frente progresista del país se presenten juntos anunciando la institucionalización del espacio y la conformación de una experiencia política nueva. Proponerse desde esa posición como opción a la ciudadanía, apelando a la necesidad de consensos amplios y marcando la agenda que reúne al nuevo espacio. Es posible imaginar, en medio de este escenario caótico e impredecible, lo que sucedería si los referentes asumen con claridad una postura de relacionamiento con la ciudadanía diciendo: “Este es el acuerdo progresista que presentamos a la Argentina para gobernar tras el kirchnerismo y vamos a construir una nueva fuerza política que de racionalidad a la política Argentina”. Algo tan elemental sería hoy un revulsivo fuerte que podría provocar un estado de politización muy importante.

En estos días, algo muestra la derrota más ostensible de la política y de sus capacidades de acuerdo y de trabajo responsable. Echar mano a la presencia de colectoras es un atajo poco democrático y empeora aún más la relación entre la política como práctica y la sociedad. Frente a este sendero empobrecido, se muestra un horizonte más difícil, más arduo, pero también más estimulante. Redemocratizar la patria desde una nueva institucionalización que deje atrás el camino de la simplificación y la mezquindad.

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¿Qué habrá detrás de la lluvia ególatra?

Cabe preguntarse qué quedará cuando termine la lluvia ególatra. Cuando todos dejen de pasear sus manos por la huidiza arcilla de la política argentina, ¿quedará acaso algún signo que nos permita reencontrarnos luego? ¿Habrá un héroe, individual o colectivo, después de que las horas mediocres de los acuerdos de coyuntura se agoten por su propio aburrimiento y el sencillo transcurrir del tiempo?

La política nos ha traído hasta acá y ahora no tiene ni media idea de cómo sacarnos. No nos está dado suspender el juicio lo suficiente como para no advertir que lo que es importante discutir a estas alturas no son cuestiones de detalle sino más bien cuestiones de un calado más intenso. La política, tal y cómo está, no tiene las respuestas adecuadas, carece del sentimiento y del lenguaje que hace falta para que alguien se sienta interpelado. Repite hasta el hartazgo moral y estético, palabras, fraseos y modismos incomprensibles para una persona común. Como veo las cosas, la política democrática del mañana, si quiere ser rescatada para uso de los simples mortales ciudadanos tiene que convocar una nueva imaginería, una manera novedosa de narrar los problemas y una presentación más a escala humana.

No me parece que haya nada dentro de la política en su estado actual que contenga la solución a los problemas que ella misma ha generado. Es necesario hacer conversar esa política con el arte y los artistas. Con las letras y con los escritores. Son ellos los que están en condiciones de captar la forma fuerte de un vitalismo callejero y mundano que se traduzca en novedad política. Son los diseñadores los que tienen en sus cabezas y en sus manos la potencia de describir y descubrir algo de belleza en lo que debe ser usado por todos. La metáfora es inevitable. Son los artistas contemporáneos los que mejor entienden la fragmentación y la búsqueda de sentido en medio de un universo tan rico como aparentemente contradictorio.

Pero para no conceder demasiado al esteticismo, la tarea es la de componer una novedosa manera de pensar y hacer la política que contenga el discurso creativo del arte y la literatura al tiempo que construye con ese material una hipótesis creativa de conflicto y de institución de poder. No se trata de hablar más bello, sino de intentar ser más justos aplicando un lenguaje cargado de la belleza que sólo puede tener el futuro. Estoy seguro de que mucha de la acritud del discurso político actual no resiste un segundo la apelación a la esperanza social contenida en un buen inicio de cuento, en un primer capítulo de una novela, en una primera pincelada, en una nota justa o en buen golpe de buril sobre una piedra. ¿Qué sucederá si radicalizamos nuestra capacidad de experimentación política ayudados por las herramientas del arte y de la creación?

Quiero advertir, a quién tenga por un momento la pretensión de leer esto con la indulgencia que es propia de los ignorantes, que en la historia humana, en sus tradiciones y en sus mejores hombres y mujeres, la relación entre la belleza y la virtud pública no es un tema menor. Se puede adscribir a la familia de ideas que se crea más interesante o más acomodada, cualquiera de ellas habrá dedicado un párrafo a esta cuestión. En lo que a mí respecta, me interesa la narrativa liberal de la democracia, esa que de la mano de Dewey describió con mano de artista el camino igualitario de la experiencia colectiva.