A.M.M.

Era de mañana. Una mañana fría, pero menos de lo que puede esperarse en enero en Madrid. Me tome el Metro cerca de Atocha y cuando bajé, deshice caminando las pocas cuadras que me separaban de la Glorieta de Bilbao. Me enteré después que el café Comercial es uno de los pocos bares en donde todavía se puede hablar. El Comercial es un sitio en donde las mesas de mármol oscuro y los pesados sillones enmarcan con aire de antiguo señorío la vieja práctica de la conversación. No hay televisores encendidos, las mesas distan unas de otras lo suficiente como para que un comensal gordo pueda desperezarse y la pana de los pesados sillones se resuelve cálida, verde, invitando a sentarse tranquilo. Un mozo impecable me trajo lo que pedí mientras esperaba, un café con leche y una de churros.

Antonio Muñoz Molina traspasó la puerta y me saludó como si nos conociéramos desde siempre, dejó su abrigo en el respaldo de la silla y empezó a hablar. La idea original, la de grabar nuestra charla quedó fuera de tiempo, casi como un rasgo inútil de formalismo. Eso no importa tanto ahora, me parece recordar que otro amigo, el fotógrafo Pablo Linietsky me acercó la idea de Kapuscinsky, aquella que deja claro que lo irremplazable en la crónica de un encuentro son las impresiones que este dibuja en el recuerdo.

Conversamos con Antonio de muchas cosas, algunas importantes y otras no tanto. Encontramos una obsesión común por temas que van hermanando reflexiones de manera mágica e inentendible. Hablamos bastante sobre lo fácil que se le hace a ciertos izquierdistas profesionales transformarse en perfectos conservadores al impugnar cualquier muestra de pensamiento crítico. Mucho más cuando ese pensamiento se posa sobre lo que pensamos es el rasgo más peculiar del pensamiento de izquierda actual. Si uno les discute su apego al pasado inmediatamente aparece la anatemización y la clausura de nuestra participación en el templo progresista. Tal vez porque nada tengan para decir acerca del futuro, los izquierdistas españoles, como los argentinos, se refugian en una caprichosa narración del pasado y si alguien dice otra cosa, lo excomulgan. Nos reímos un poco de esa simplificación más hija de la torpeza y la ignorancia que de la reflexión política. Pero lo tomamos en serio, ambos creemos ver un peligro en el uso político de la memoria y en las descripciones antojadadas que se nutren desde el poder político.

Cuando hablamos de libros y de ideas una de las primeras palabras que apareció fue pragmatismo; Antonio se refería a su uso no filosófico, pero aproveché para hablar de filosofía. Al cabo, a Antonio le pareció espléndido estar conversando con un pragmatista. Uno de sus últimos mails cerraba con un “de un pragmatista a otro”. Mierda, pensé. Y todavía hay más, hablamos de mi ensayo sobre Octavio Paz, al que él no conocía del todo. Me contó luego que a la salida de nuestro encuentro se compró lo que consiguió en las librerías madrileñas del enorme mexicano. A partir de allí en cada ocasión en la que nos comunicamos me remarcó que había descubierto con Paz un universo nuevo, casi a la manera que se abre cuando se descubre al propio Borges.

Antonio Muñoz Molina, el que es para mí el más impresionante cronista en nuestra lengua, es un personaje curioso. Lee con un interés que algunos ayudantes de prácticos en nuestras facultades ya no creen necesitar y cree que tiene cosas para aprender a cada paso y de mucha gente, incluso de aquella que casi no conoce.

Mañana sábado a las 17 horas presenta en la Feria del Libro de Buenos Aires su última novela, “La noche de los tiempos” que editó Planeta. Este amigo pragmatista estará allí, entretejiendo la urdimbre fina y vigorosa de la comunidad de personas abiertas a la belleza de la palabra en español.

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