Unas notas sobre la vieja tensión entre sindicalismo y política

En las últimas semanas me topé varias veces con una caracterización bastante curiosa. Curiosa porque estaba encarnada por personajes de muy dificultosa asimilación y curiosa por su extrema similitud. Desde Roberto Gargarella hasta analistas económicos y políticos cercanos a posiciones que pueden calificarse de republicanas coinciden en que el nudo del problema político se encuentra hoy en el campo sindical. Unos y otros acuden a una simplificación que termina tomando la forma de una similitud estilística. A falta de una definición mejor, todos hablan de “batalla”. Más allá de la exageración beligerante, la cuestión de fondo, me parece, promueve alguna discusión.


Como toda cosa política tiene una dimensión histórica. Sin ánimo de colocarme en el interior de una disciplina ajena, puede darnos una cierta pista recorrer los momentos de la historia en los que esta situación de superposición de poder entre sindicatos y política tuvo expresiones importantes. Tanto en el 46, como en los momentos de la llamada resistencia peronista, los radicalizados años 70 y el neoliberalismo de los noventa, esta disputa entre poder sindical y poder político se nos volvió evidente. En todos estos casos, aún en el reconocimiento de los matices, la resolución no pude ser de otro modo que política. Más allá de la capacidad relativa de impugnación que el campo sindical pudo tener en cada momento de la historia, las tensiones se resolvieron en el único terreno que puede hacerse, en el de la política.
Una de las tendencias más importantes que deja el kirchnerismo como marca cultural es el haberle impreso a la caracterización política, y me refiero a lo analítico y también a lo práctico, una unicidad agonal. La confrontación ínsita en toda construcción populista ha encontrado en mucha gente un espacio de comodidad y se ha instalado como la verdad número veintiuno de los textos sagrados peronistas. La política es su conflicto, parecen decir, y a partir de allí, donde se identifica el uno, emerge lo otro. Aún cuando aparezca hoy como un sedimento de la enunciación política, esto no es enteramente cierto ya que excluye del análisis de lo político como experiencia, a factores tan instituyentes como el diálogo, el acuerdo, la colaboración y, sobre todo la pedagogía y la creatividad.

Y aquí hay otro punto. Pensando lo sindical como el único campo de discusión política se corre el severo riesgo de empequeñecer la dimensión política. Lo sindical, remite, casi definicionalmente, a la expresión de un interés particularísimo y, por rutina, se despliega sobre posiciones, para decirlo de algún modo, “cerradas”. Estos elementos resultan casi opuestos a los que componen una experiencia de política democrática, en donde priman la deliberación, el pluralismo y la apertura. Casi podría decirse que los espacios sindical y político están hechos de materiales distintos y sus productos son también distintos. Mientras la política, por lo general, y casi por su propia rutina, hace visible lo social y genera, aún resultando fallida, una amplificación del discurso, lo sindical tiende a bajar esta amplificación y concentrarse en una cerrazón interesada y específica. Distinguir en el campo sindical el lugar de la tensión política, por tanto, puede inadvertidamente empequeñecer la vida política y de la democracia. Por un lado confundiendo conflicto con política y por el otro, otorgando a una práctica naturalmente cerrada sobre sí misma una dotación instituyente que difícilmente proponga.

No creo  que quienes identifican  de este modo la relación entre sindicatos y política lo hagan por falta de agudeza intelectual, todo lo contrario. Tal vez, una de las interpretaciones pueda estar ligada a la dificultad para desmontar la patética escena política argentina y sacudirse de la resignación. Muy probablemente, a falta de la presencia vital de una conversación democrática, sobreviene la resignación y se termina percibiendo política allí donde sólo hay conflicto.

Esto es mucho más un problema que un error. Muy probablemente, no sea otra cosa que esas cegueras temporales que aparecen en el camino, en las rutas, cuando el sol nos pega de frente. Tal vez la refulgente potencia del populismo, mezclada con la ausencia lacerante de creatividad en la oposición política, nos esté privando de la posibilidad de pensar la política como un espacio más de la creación autónoma de la interpretación.
Anuncios