Argentina, entre el ñandú y el pecarí

Este artículo fue originalmente publicado por Bastión Digital el 25 de octubre de 2013
Mis problemas con la verosimilitud vienen de lejos. No creo que sea la materia de la política ni que su búsqueda garantice nada. No creo que haya nada por descubrir ni por develar. No creo que nadie, ni una sola persona, utilice la verosimilitud para tomar una decisión importante, menos en política. Si algo así existiera, el peronismo hubiera desaparecido hace rato.
Hablábamos de estas cosas cuando el siempre sensible Gustavo Magda (@gpmagda) me recordó, más bien me avisó, de la existencia de una película: un documental apócrifo, que Carlos Sorín filmó en 1986, La Era del Ñandú. En la película, un científico extravagante y misterioso, tal vez inexistente, produce una droga, a base de un derivado de la hipófisis del ñandú, que detiene el envejecimiento. Decide llamarla BIO K2. Gracias al ñandú, bicho nacional, las predicciones acerca del futuro no pueden ser mejores. La opinión pública, los artistas, los sociólogos y otros brujos se hacen cargo de consolidar las apetencias de gloria nacional. Nadie sabía bien de qué se trataba la BIO K2, sin embargo, todos tenían algo para decir. Para algunos era una baile exótico del este europeo, para otros una disciplina oriental y hasta había quien pensaba en partículas invisibles. Como marca la tradición, un argentino nunca dice, sencillamente, no sé. Desde afuera, como no toleraban ni nuestro talento ni nuestro éxito vinieron a molestarnos y a quitarnos el ñandú. Hubo disturbios callejeros, mercado negro y manifestaciones místicas hacia el laboratorio salvador. No falta la comisión pro Nobel al glorioso e ignoto descubridor. Pero todo era falso, claro.
No puedo quitarme algo de la cabeza. El Kirchnerismo encaja perfectamente en la idea de ese documental. El Dr. Kurtz –nótese lo involuntario del uso de la letra K- es tan falso como el kirchnerismo, y su droga, la BIO K2, resultó tan perjudicial como la retórica y la gramática populista.
Ya lo dijimos todo sobre el kirchnerismo. De hecho, estoy seguro que dijimos más de lo necesario, que adornamos lo que se explica perfectamente por el pillaje y el oportunismo con palabras impostadas y explicaciones sesudas. El kirchnerismo es, en términos de ideas, la nada misma. La gran eficacia del populismo – tal vez sea la del peronismo en general – reside, entre otro largo listado de cosas, en lograr interpretar mejor que nadie el sustrato autoritario que vive en buena parte de la sociedad argentina. El kirchnerismo no es un estado de excepción, ni un malentendido ni una trampa histórica. Es más bien el hecho maldito de nuestra escasez de virtudes cívicas, mezclado con una pizca de esa reverencia innegable que suele ganarse cualquier ocasión donde el éxito va de la mano de la falta de trabajo. El populismo es banal. No resuelve ni un solo problema real al mismo tiempo que genera una retórica ampulosa para dar la apariencia de estar trabajando 24 horas al día.
El actual gobierno, a pesar de su invocada inclinación a lo popular, no hizo nada para moderar lo que se presenta para nuestra democracia como un pasivo insoportable. Ya son cuatro las generaciones que no logran ni simbólica ni materialmente unir la vida personal y familiar con la idea del trabajo y la dignidad. El deterioro de la cultura ciudadana que esto implica se nota en la calle, en detalles pequeños, pero explota y hace daño en el temperamento general de nuestra democracia. Ya en 1994, en El Conflicto Social Moderno Ralf Dahrendorf advertía que la existencia de un grupo invisibilizado y sin acceso a participación política y a bienes materiales y culturales se constituía en un serio riesgo para la virtuosa continuidad democrática entendida desde un liberalismo igualitario. Para complementar este ejercicio de falta de reconocimiento explícito por parte del populismo, hay que leer el magnífico capítulo siete, sobre todo el final, que Gustavo Noriega escribió en su último libro, Progresismo, el octavo pasajero.
El kirchnerismo tiene, además, una marca difícil de igualar. No ha dejado una sola obra estructural importante luego de diez años de ejercicio del poder. Todos los gobiernos, los que nos gustan y los que no, dejan una obra, una estructura, un edificio, un sistema de comunicaciones, algo que puede pensarse como una suerte de legado estructural. El kirchnerismo carece de eso. Cuando nos preguntemos dentro de unos años ¿Qué obra dejó el kirchnerismo? ganará el silencio o la ficción.
En la película de Sorín, el éxtasis ciudadano por la posibilidad mágica del rejuvenecimiento es finalmente abandonado y reemplazado, luego de catorce días y catorce noches de tragedias naturales,  por un entusiasmo igual de fuerte, pero en esta ocasión por el Ula Ula. La era del ñandú le deja su lugar a la era del Ula-Ula. Entre los dos momentos mágicos, otros científicos hechiceros habían descubierto el sucedáneo, siempre nacional y popular, de la droga de Kurtz. Como salía del Pecarí, otro bicho nacional, lo llamaron Pecagerona.
No puedo evitar el juego de similitudes entre la farsa artística de Sorín y la farsa política del kirchnerismo. Es difícil, también, que ese juego no se extienda a la política en general. Suplantar un espectáculo por otro. Suceder un drama con otro. Abandonarse a la facilidad de lo banal. Algo de eso hay en la película de Sorín y algo de eso hay en la política Argentina. Es como exculpar a Alberto Fernandez o ilusionarse con Massa. Son magos falsos que hacen los mismos malos trucos que sufrimos hace décadas. No representan la cura de ninguna enfermedad y, mientras tanto, nuestros problemas siguen envejeciendo.
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