Entrevista a Zoé Valdés

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La foto es de Yanitzia Canetti, escritora y traductora cubana

Es media tarde de un miércoles. Nos encontrábamos con Zoé Valdés en el lobby del hotel donde se aloja, en Palermo. Llegué y ella no estaba,  me senté en los sillones estandarizados del hotel y esperé. Al rato, llegó con algunas bolsas en las manos, no eran bolsas de compras, eran libros, sus propios libros.

Valdés tiene una personalidad particularmente interesante. En ella se cruzan la literatura, las artes plásticas y la política. Además es galerista y edita una revista de arte contemporáneo, lo que hace más rico todavía su universo de miradas.

Es una mujer pequeña, pero a la vez muy fuerte. Camina con toda su vida en el cuerpo y eso le da una seguridad inhabitual.

Conversamos allí mismo.

¿En qué momento se encuentra la visión artística, la necesidad y pulsión artística, con la vida pública o con la vida política?

A mí la política me interesa a partir de lo que ocurrió en mi país. El fenómeno de la revolución castrista como algo totalmente paralizante y negativo. Yo creo que el mismo fenómeno me llevó a otras realidades, a otras circunstancias. El exilio me obligó también a ver la vida y a vivir otras realidades de una manera que yo ni siquiera podría suponer que iba a ser tal como lo estoy viviendo. Entonces bueno, a partir de allí como escritora que se interesa en la política que como que me interesaría la política no creo. Pero si me interesa sobre todo opinar, leer. Leo todos los días sobre política.

El exilio, más allá de la cuestión dolorosa, que es una obviedad y se entiende por sí sola. En tu caso, ¿tuvo una raíz material y física clara o fue más bien el clima de ideas que hizo te vayas?

El exilio mío tuvo una materialidad clara. Yo escribía allá, me ocupaba de la revista ‘Cine cubano’. Yo tenía a una persona en la revista que era el jefe,  que era Alfredo Guevara. Al mismo tiempo tenía al policía que me censuraba la revista. Y después, pertenezco a la llamada generación de los 80, una generación contestataria, y yo ya había tenido varios problemas políticos por mi trabajo, por la escritura. Y si bien no era una disidente, como se nombran ahora, dentro del movimiento cultural de esa época era contestataria. Y de alguna manera disentía. No con un grupo, era bastante libre, dentro de mí misma.

Por eso escribí esa novela, ‘La nada cotidiana’. Yo sabía que iba a ser imposible publicarla dentro de Cuba, porque ya me había costado mucho trabajo publicar mis poemas, publicar mi primera novela, y por eso preparé todo para que la publicación de esa novela fuera en Francia, y  me tomara estando fuera. Yo era de las que pensaba que había que cambiar las cosas desde adentro. Y así lo intenté, pero a los 35 años me di cuenta que no, que no se podía cambiar nada. Teniendo a esos dos personajes en el poder, y teniendo a una familia que aspira al poder. Yo conocí a Mariela Castro en un circuito del festival de Cine. Los Castro son personas que se sienten muy seguras de ser las familias en el poder.

¿Estar afuera del país ayuda a ver las cosas desde otras perspectivas?

Si,  porque en primer lugar aprendes mucho de otras realidades. Porque Cuba no es el ombligo del mundo como te dijeron. La otra cosa es que se leen muchos libros que están prohibidos dentro de Cuba. De personas brillantes, inteligentes, ensayistas, que han escrito sobre Cuba desde la perspectiva del cubano, y desde otras también.

El exilio es mucho dolor, mucho esfuerzo. Sobre todo para los cubanos, porque el exilio no se les ha reconocido como se le debiera reconocer. Pero al mismo tiempo y de manera anónima, uno aprende mucho. Tienes entonces la posibilidad de conocer otras realidades, de viajar mucho. De entender qué cosas es Israel. De entender que es el Líbano, de ir con mucha humildad. Porque de eso se trata también el caso de Cuba. Pero cuando está en el exilio todavía más. Se trata de entender el mundo.

Cuando el exilio se naturaliza, cuando ya se está  viviendo en otra cotidianeidad, con otra realidad y con mucha más tranquilidad, ¿eso impacta en la creatividad? Impacta en las formas, en los estilos, en la elección de los temas?

No, no me pasó eso, porque yo tengo ideas, sueños, imaginación. Yo creo que el escritor es sobre todo eso. Imaginación, sueños, ideas, y palabras.

La novela sobre Dora Maar, la fotógrafa de Picasso, ¿se te hubiera ocurrido estando en Cuba?

El germen de esa novela está en Cuba, yo lo cuento en la novela. ¿Y por qué? Porque cuando estás en Cuba, te llegan información, retazos de informaciones, y así me había llegado un catálogo de Dora Maar. Y así fue como empezó todo. Es una trilogía de mujeres artistas, Remedios Varo,  catalana y española. Luego, Dora Maar, ‘La mujer que llora’. Y la tercera será Lydia Cabrera, que es cubana.

La idea es que sean tres mujeres latinoamericanas que apostaron en una época a Francia, y que han sido bastante ignoradas, o bastante dejadas de lado.

¿Por qué crees que Cuba, o más bien la dictadura cubana, no tiene la crítica necesaria por parte de los otros países?

Porque algunos países creen que Cuba es esa revolución cubana del principio, que se convirtió inmediatamente en una revolución Castrista. Yo hago la diferencia entre cubana y castrista ya que en la versión castrista se convirtió en una dictadura. Pero la gente no quiere ver eso. La gente quiere ver el producto de márketin que creó Fidel Castro y que sólo responde a la revolución Castrista y a sus intereses. Luego actúa un cierto anti americanismo y anti imperialismo que es bastante pedestre. Y se entremezclan amores diversos. Algunos son amores a la revolución, otros son amores a la idea de que el pueblo debe y puede sacrificarse. Amores también a que otros se sacrifiquen bien lejos de uno, como el caso de los franceses. Y otros por diversas razones como idealizaciones a distintas personalidades como el caso del Che Guevara.

La pregunta que aparece inmediatamente es acerca de la perdurabilidad de estos mitos épicos. A estas alturas existe una vasta bibliografía, hay gran cantidad de datos y  la circulación de la información es distinta a la de hace unos años. La verdad es que hoy lo que sucede en Cuba, como lo que sucede en Venezuela, independientemente de la voluntad de los líderes políticos, se conoce fuera de los países. No es que falten datos como para decir Cuba es una dictadura . Al mismo tiempo y aquí me refiero al caso Argentino, tenemos un gobierno que enuncia y se erige contra la dictadura y construye toda su épica contra una dictadura pero se niega a ver otra. Y esto funciona así sin demasiada crítica, sobre todo del campo intelectual.

Hay una especie de comodidad. Y luego hay una especie de sentimiento ideológico, y cuando la ideología se convierte en sentimiento es muy peligroso. Bueno, fue lo que pasó con el nazismo. Ya el fanatismo ocupa los espacios de pensamiento. Ya no se puede discutir. No se puede incluso entender. No hay siquiera la curiosidad para el entendimiento.

No hay verosimilitud posible. No importa lo que realmente sucede. Importa lo que se narra ficcionalmente.

¿Y el futuro de Cuba como lo ves? No me refiero a los indicios de apertura por parte del régimen, que pueden discutirse, sino a las cosas que suceden en la sociedad civil.

El problema de hoy con Raúl Castro, es muy gracioso. Porque antes la gente decía que el verdadero era Fidel Castro, que era el simpático, que Raúl era el criminal, el asesino, el antipático y resulta que Fidel le pasa el poder a Raúl Castro y la gente acepta con una tranquilidad enorme a Raúl Castro sin haber sido elegido, en una obvia sucesión Castro-Comunista. Por eso digo que es curioso lo que sucede en Cuba. Además es un hombre que lo que está haciendo, lo hizo con el ejército en los años 80. Raúl Castro transformó a los militares en hombres de negocios. Las fuerzas armadas las transformó en empresas mixtas.

Se aceptó que la gente tenga que trabajar como esclavos. En empresas para el gobierno. El Gobierno es el que cobra el dinero, y la gente tiene unos salarios miserables. Entonces yo no entiendo porque se aceptan este tipo de cosas. No creo que el régimen de los Castros  pueda cambiar en nada, y pueda aliviar en nada lo que el mismo ha provocado. Porque Raúl Castro está en el origen de muchos fusilamientos, muchas ejecuciones a inocentes. Es un hombre que tiene que ser condenado al mismo nivel que Fidel Castro. Tienen la misma culpabilidad, y la misma responsabilidad de los horrores que se siguen  cometiendo en Cuba. No han parado y se siguen sucediendo.

Con Raúl Castro se asesinó a Osvaldo Payá, a Laura Pollán, líder de las Damas de Blanco. Orlando Zapata Tamayo murió en prisión por huelga de hambre. Y con Raúl Castro están en prisión Sonia Garro Alfonso, Ramón  Alejandro Muñoz, y tantos otros.

No creo puede haber cambios con dos tiranos. El único cambio que espero en Cuba y ojalá fuera posible, es que la gente se lance a las calles. Que tengan el apoyo internacional. Porque fijate que se han lanzado a las calles en Venezuela y no tienen el apoyo internacional. Es necesario que la comunidad internacional se decida a juzgar a estos dos dictadores y que Cuba pueda entrar en un movimiento democrático. Que los grupos de disidentes se conviertan en partidos políticos y entonces se puedan hacer elecciones verdaderamente libres. Con democracia y libertad.

Es muy interesante. Vos ves que la salida democrática en Cuba con cierta injerencia extranjera. Por fuera de Cuba.

Si, con un país que fue injerencista como ha sido Cuba en Venezuela, como lo hizo en Angola donde fueron a matar negros. Como han hecho en tantas partes sin ningún tipo de vergüenza ni escrúpulo. Creo que se le pague con la misma moneda no puede ser más malo de lo que ya lo es. Pues así se va a liberar un pueblo entero.

Yo colaboro con un grupo de disidente Cubano, ligado a las Artes Plásticas. Y colaborar significa enviarles libros, materiales, notebooks, y cosas de ese estilo. Pero la sensación es que esos espacios de búsqueda de libertad de la sociedad civil cubana no alcanzan para ir en contra de semejante maquinaria armada de tantos años. De terror,  de censura.

No alcanza, porque te voy a dar un dato. Esos pintores que tu ayudas, cuando salen de Cuba pueden ser Pablo Picasso. Pero también es cierto que una vez que están fuera de Cuba se convierten en unos apestados, a nadie les interesa. No es como el Cine Chileno con la dictadura de Pinochet, no es como el cine argentino con su dictadura, que cuando estaban en el exilio que se les ayudaban. A los artistas cubanos que están en el exilio se le hace doblemente difícil. Yo vengo de las librerías ahora, y no encontré un solo libro mío en las librerías argentinas.

Y yo he tenido premios. Fui a entregar mis libros de poemas a la librería Ateneo y me dijo que no podían recibirlo así de ese modo. A regalar, pero no me lo aceptaron. No están mis libros, no están los libros de Reinaldo Arenas, de Cabrera Infante, de Lidia Cabrera. Es muy sintomático que no haya libros de algún exiliado cubano.

Entonces me pregunto por qué. Porqué el exilio Cubano vale menos que cualquier otro exilio?

(Después de su estancia en La Feria se hicieron dos tiradas de cien ejemplares cada una de La mujer que llora y de La Ficción Fidel por la Editorial Planeta Argentina).

¿Tendrá que ver que los exiliados de una dictadura de izquierda valen menos que los exiliados de una dictadura de derecha?

Es probable que sea así.

¿Que dictaduras de izquierdas hay? Corea del Norte y Cuba.

Mi pregunta intenta entender un poco los factores que intervienen en la legitimación de la dictadura castrista en términos internacionales, sobre todo en ámbitos culturales. A esta altura, ligar nociones de igualdad y libertad con nociones de izquierda, no funciona en términos teóricos.

Es impactante escuchar algo así. Qué sucede que no hay una respuesta internacional para el caso Cubano, o para el caso Venezolano?. El caso Cubano es mucho más fuerte, extendido en el tiempo. La verdad que la única hipótesis que puede uno puede usar es que la idea de izquierda tiene cierto prestigio independientemente de las evidencias en contra.

Es la izquierda, pero también es la derecha. El gobierno de Rajoy es un gobierno de derecha y el ministro de asuntos exteriores, José Manuel García Margallo, es el que más ha promovido la idea de que la unión europea vuelva a entablar negociaciones con Cuba. Y ayudar de nuevo. Soltarle los Euros a Cuba. Como lo hacía la Unión Soviética en una época

Visto desde esta perspectiva, cuesta mucho pensar algunos caminos que se abran como salidas a la actualidad política cubana

Ellos saben que no son eternos, que saben se van a morir en algún momento, pero han tenido la inteligencia de preparar una suerte de falsa disidencia a favor de ellos. Muy subterráneamente, al tiempo en que que le darán  paso a Mariela Castro, a Alejandro Castro y a toda la generación de Jóvenes Castro, se van a lavar la imagen con pequeñas cosas.

De otro modo en inentendible cómo es posible que Alan Gross esté aún en la cárcel, por haber llevado los aparatos que dicen que llevó y de buenas a primeras, dejan a una persona crear un periódico, según ellos disidente.

Sugerís que algunos son utilizados para alivianar el peso de la censura en la isla y la potencia de la dictadura?

Lo que me pregunto es cómo es posible que Sonia Garro Alfonso, dama de blanco, esté en la cárcel desde marzo del 2012 por el único delito de haber querido ver al Papa. Su marido, también está preso por la misma causa. Y al mismo tiempo, otros que han hechos cosas supuestamente más importantes que ellos, están en la calle. Y además, logran viajar por el mundo entero, dando conferencias. Esto no es nuevo, ya sucedió en los países comunistas del este, que crearon una supuesta disidencia que le lavó la cara durante muchos años.

¿La literatura es refugio para una situación así?

La literatura para mí es la vida. Es la única manera que tengo de seguir viviendo. A mi cada vez me interesa menos la vida. Entonces queda la literatura misma, mi hija y mi gata. Y algunos amigos.

El hecho físico de la escritura no es un hecho fácil.¿Cómo se resuelve eso en tu caso?

Es de muchas horas. Y mucho tiempo trabajando. Leyendo, investigando. Y dando mucho de uno. Por suerte están los lectores. La idea es acompañar la soledad de uno con la soledad de otro.

¿La respuesta que vos tenés de tus libros por parte de los lectores, te conforma?

En Francia tengo muchos lectores, en España también. Tengo reacciones y críticas muy buenas. Eso me reconforta, eso me ayuda. Por lo menos para decir, es necesario que escriba esto, no solo por mí. Uno escribe sin ninguna modestia,  por uno mismo, escribe porque lo necesita.

 

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Los crisantemos coreanos

 

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Me levanté temprano hoy, demasiado temprano entre la tos de Isabella y mi histórica imposibilidad de dormir más de un par de horas como la gente normal.

Leí los diarios y recomendé notas. Isabella se volvió a despertar y la volví a a dormir.Me preparé unos mates.

Transcribí el poema que tanto me había gustado ayer cuando lo leí, y no sabía qué hacer. Se me ocurrió ponerlo acá, que es donde están algunas de las cosas que más quiero. Disfrútenlo tranquilos, en silencio y en calma, creo que no hay mucho más.

Los crisantemos coreanos

acá en este jardín

son enormes y como margaritas

(¿por qué no? ¿no es el margaritón un crisantemo?),

arbustivos y de tallo grueso,

las hojas hacia arriba

apuntan al pedúnculo del que

surgen las flores en

forma de sol. Me encanta

este jardín en todos sus humores,

aun bajo su capa invernal

de yerba de sal, o ahora,

en octubre, cuando no queda

más que la mitad: aquí

una rosa, allí una mata

de acónitos. Esta mañana

uno de los perros mató

una lechuza. Bob vio

cuando pasó, trató de intervenir. El airedale

le partió el cuello y la dejo

ahí tirada. Ahora el ave

está enterrada junto a un

manzano. Ayer vimos desde la mesa

al búho, inmenso en el crepúsculo,

volando en círculos por encima del campo

con silenciosas alas de búho.

el primero que se haya

visto por aquí: ahora ya no está,

no es más que un sueño recordado.

Los perros ladran. En el estudio suena música

y Bob y Darragh pintan.

Yo garabateo en una

libretita en una mesa del jardín,

con una camisa demasiado gruesa

para el sol de mediados de octubre

hacia el que miran todos los

crisantemos coreanos. Tengo

al lado un libro soso,

un corazón de manzana, cigarrillos,

un cenicero. Detrás de mí florece

la ruda que le regalé a Bob.

Luz sobre las hojas,

tanto para ver, y

lo único que veo en realidad es ese

búho, su volumen perturbando

el crepúsculo. Pronto

voy a olvidarlo: ¿qué hay que no haya olvidado?

O que algún día no vaya a olvidar:

este jardín, la brisa

en calma, incluso

las palabras, crisantemos coreanos.

 

                                                                                                                                                    James Schuyler

Una ciudad blanca, ediciones Gog y Magog, Buenos Aires, 2012

 

Dos relatos, una sola mirada a la memoria

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Hombrecito con hacha y otras situaciones breves – Liliana Porter – (Detalle)

Este artículo fue originariamente publicado en el Suplemento Enfoques del Diario La Nación el 20 de abril de 2014

 

La idea de la memoria, asociada con la verdad, la justicia y los derechos humanos, se ha convertido en un aspecto relevante desde el punto de vista político, sin distinguir entre partidos, organizaciones y formadores de opinión.

La memoria, convertida en un hecho moral, se ha instalado en el discurso político argentino y ha reclamado visibilidad argumentativa y actitudes hipotéticamente coherentes. El memorismo, casi  una moda intelectual, lo ha simplificado todo y terminó reduciendo un tema complejo a un conjunto de consignas más o menos vacías. El resultado de esa simplificación es que la memoria de la que habla la política argentina es la memoria colectiva.

Para devolverle densidad al tema, la primera operación intelectual que es necesario hacer es la de separar la memoria personal de la memoria colectiva. La primera de ellas es inevitable y la segunda es imposible.

La memoria individual es ineludible y creativa. Nadie puede optar por no recordar y, por lo general, de un mismo momento se tienen en cada visión particular, versiones distintas. Existe una brumosa sensación acerca de un episodio y luego la imaginación completa el cuadro entremezclando certezas y fantasías de modo azaroso y sin buscar más que una verosimilitud precaria y, fundamentalmente, útil para el momento de la conversación. La memoria individual está hecha de experiencias y, por lo tanto, es intransferible. Se puede ejercer la empatía, pero no se puede vivir lo mismo que otra persona.

Da igual que se trate de una escena feliz o de un momento dramático, no podemos transferir la experiencia y es por eso que la memoria personal es un proceso de individuación potente en la construcción de la subjetividad.

Por los mismos motivos, pero entendidos de modo inverso, la memoria colectiva es imposible, ontológicamente, por carecer de sujeto portador. No es posible armar con la suma de memorias individuales un esquema colectivo. Siempre, irremediablemente, se estará bajo la construcción de un grupo  que politiza la memoria para convertirla en un ejercicio de poder. Sin importar quién lo lleve adelante, este proceso se trata de un intento por controlar políticamente lo que es deseable pensar sobre la historia y sobre el pasado, pero también sobre el presente y el futuro.

El historiador alemán Reinhard Koselleck llamó a esto la administración del recuerdo. Un grupo, obstinándose en llevar adelante lo que es imposible, determina el modo de mirar los hechos del pasado e impone al resto de la sociedad sus cánones éticos, sus principios políticos y sus estándares enunciativos. De asumir esa opción, el agente administrador se compromete con un esquema paternalista, autoritario y escasamente democrático. En los pocos casos en los que este actor comprometido con una versión totalizante de la interpretación histórica no existe, las metáforas de creación se imponen a las de venganza y justicia.

Se ha escrito mucho sobre el uso político de la memoria por parte del kirchnerismo y sobre el abuso narrativo que supone esa fugitiva entelequia llamada vulgarmente el relato. Menos se ha escrito sobre las tentaciones que aparecen ahora que el gobierno parece tocar la retirada, para hacer lo mismo pero en una dirección aparentemente distinta. Bajo la forma de arrepentimientos, declaraciones y manifiestos está comenzando a gestarse, de modo incipiente pero con potencia simbólica, una suerte de necesidad de contar la otra historia, la que se opone al relato oficial populista, la que cuenta la verdadera naturaleza de lo que sucedió. Ambos grupos, los defensores del relato y sus contestadores, omiten una dificultad filosófica e histórica. Vincular la verdad con el desarrollo de hechos concretos de la historia no es deseable por sus consecuencias políticas, pero además, no es posible.

Tanto la verdad como la memoria son cosas vivas y las interpretaciones de los sujetos y de los grupos cambian con el tiempo y se relacionan con los intereses, lo que convierte a las narrativas de la historia en un escrito cambiante y plural.

Jugar con las mismas reglas

No aceptar esta condición de la memoria y querer presentar públicamente una versión verdadera frente a una falsa termina en una paradoja en la que todos se parecen más de lo que están dispuestos a admitir. La pretensión de verdad es análoga en un caso y otro y la falta de consideración sobre el resto de la sociedad es igual en los continuadores del relato y en sus contestadores. En lugar de poner la atención en la innecesaria sobrevida de una memoria colectiva, los opositores al populismo juegan el juego con las mismas reglas e idénticos objetivos. Es difícil encontrarle algún rédito a suplantar a una versión por otra para terminar atrapado en la misma telaraña de legitimaciones políticas.

En sociedades donde se han vivido situaciones de violencia política, la búsqueda moralista de una verdad ordenadora aparece bajo la forma de un exorcismo que es capaz de alejar las consecuencias de la maldad. Pero esta reducción ofrece más sombras que luces. En el sentido de la moralidad, sólo se puede tener razón. Nadie discutiría que matar, torturar y robar son cosas malas y reprobables, pero eso no nos hace avanzar ni un solo centímetro. Retomando a Koselleck, el juicio moral siempre tiene razón, pero es políticamente inútil.

Muy posiblemente las escasas diferencias y la falta de matices que se advierten en la Argentina en el tratamiento de este tema encuentren su explicación en dos marcas indelebles en la matriz política argentina: su inclinación al colectivismo y su antiliberalismo. Por desolador que resulte, hay que decir que el tema de la memoria y sus sucedáneos es tratado de un modo muy poco diferenciado entre los políticos profesionales y el mundo de las ideas. Hay excepciones personales, pero no alcanzan para torcer la tendencia  simplificadora.

La memoria colectiva funda a la nostalgia como categoría política y nos ancla en el pasado. Una manera de abrir paso a metáforas creativas es tomar el camino liberal y dejar a cada uno de nosotros trabajar individualmente sobre nuestra experiencia con el pasado. Ampliar la conversación democrática y desplegar mundos de vida imaginativos puede comenzar por la deliberada renuncia a repolitizar la memoria para no restarle posibilidades al futuro.