Elogio de la acción política

Hefesto

Esta nota fue publicada el 9 de diciembre de 2014 en Bastión Digital

El terreno de la política es a menudo tan pantanoso que aquello que en otros ámbitos pueden parecer virtudes se convierten en sospechas y fallidos. A nadie se le ocurriría discutir el valor de la estrategia y la planificación en el mundo de los negocios o de la producción, pero eso mismo, en la esfera de la política, la mayoría de las veces toma la forma de la especulación.

Los políticos profesionales, afectos a medir sus acciones en relación con lo que creen saber del humor ciudadano, toman esta percepción demasiado al pie de la letra y esto genera como consecuencia un apego excesivo a la inacción política. Organizan actividades, recorren los barrios y van a programas de radio y televisión. Sin embargo todo esto no logra superar el umbral de la exposición y no suele generar una estricta acción política, es decir, ese tipo de acción que modifica el escenario y que, por un momento, hace que la ciudadanía mire a la política con mayor atención. La acción política es un particular modo de acción que admite definiciones desde diferentes familias teóricas. Desde una perspectiva pluralista, la acción política combina dos elementos fundamentales. Por un lado, una noción extendida de la comunicación, y por el otro una promoción y apropiación del momento y del acontecimiento (de la historia, del tiempo y de la política) en clave radicalmente intersubjetiva. Abandonarse a la inacción, consagrar lo que llamo política de la espera, impide valorar la dimensión más rica de la política. En cierto sentido quita a la política del mundo, de la historia y del tiempo, separándola así del terreno de lo humano y de lo proteico.

Esta política de la espera genera su propia profecía autocumplida. Los ciudadanos no esperan nada de la política y la política le responde ofreciéndole poco y malo. Este juego se torna, en su naturalización, sumamente perverso ya que alimenta recursivamente un enredado manojo de desresponsabilizaciones que impactan más de lo que se advierte en la forma de vivir la democracia. Los ciudadanos desconfían de la palabra política y los políticos no dicen lo que piensan por temor a ahuyentar votos. En suma, no se asumen riesgos y se abandona, conscientemente, el papel docente que puede asumir la práctica política.

Este diálogo entre acción y espera tiene, ocasionalmente, sus contrastes. Cuando se genera una acción política, la experiencia se modifica y los escenarios se movilizan.

Desde mi punto de vista, la relación entre acción e inacción política es de los tópicos más importantes e interesantes de estos tiempos. Expresa, de un modo ostensible, dos temperamentos contrapuestos entre la posibilidad de arriesgar y el conservadurismo.

La política de la espera es, fundamentalmente, conservadora. No asume riesgos por temor a perder y no asume responsabilidades por temor a gobernar. Le conviene mucho más partidos empobrecidos pero controlables, que partidos en expansión, crecimiento y vitalidad. El conservadurismo promueve el paso del tiempo como política porque sabe que al final de ese camino va a poder garantizar su propia supervivencia.

La política que desconfía de la acción está más preocupada por el pasado que por el futuro. Le importa más ser el sostén de un núcleo de tradiciones y rutinas que comprometerse en cambiar. Así, la nostalgia se consolida como categoría política y todo se reduce a un ejercicio poco riguroso de discursos y narrativas generales y vacías que simulan moverse pero en realidad están quietas.

Para conceder un palmo a los rigores de la realidad política se hace necesario establecer aquí una digresión. La política de la espera y la inacción ha demostrado ser altamente redituable para muchos de sus promotores. El escenario político está repleto de personajes que cumplen a rajatabla el sintagma conservador y que les va muy bien. La discusión que esto plantea es clara y compleja a la vez y nos coloca frente al deseo y la preferencia. No es extraño que en una democracia empobrecida la ciudadanía no exija nada a políticos que no proponen nada. El riesgo democrático que esto implica parece pasar inadvertido y no figura en ninguna agenda, pero está allí como una hipoteca a medio firmar.

Si lo que se quiere es otra cosa, si a lo que se aspira es a una democracia más viva, con una experiencia más rica y estimulante, entonces el camino deberá ser otro. Sobre todo con el tamaño del desafío argentino de los próximos años. Es doloroso ver cómo conviven en aparente armonía una caracterización trágica de la vida nacional, marcada por la desigualdad, la desesperanza, el narcotráfico y la corrupción con una política opositora que espera, calcula, hace estrategias, pone límites y mira encuestas como si estuviéramos es una situación de normalidad.

La falta de acción política tiene muchos riesgos, uno de ellos, para nada menor, es quedar atrapados en la exclusividad de un relato. Sólo que esta vez esto no podrá adjudicarse al populismo en particular o al peronismo en general sino al universo de la oposición. No parece un gran destino pasarse diez años hablando contra un relato para conformarse solamente con construir otro, hipotéticamente virtuoso pero a la vez inútil.

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