El institucionalismo explicado a los niños

Instituciones

Esta nota fue publicada originalmente el 25 de enero de 2015 en Bastión Digital

Alberto Nisman murió el 18 de enero de 2015. Desde ese día hasta hoy, y seguramente esto se extenderá durante bastante tiempo, ha habido especulaciones de todo tipo, se han escrito una desmesurada cantidad de páginas y se han hecho una enormidad de declaraciones que mezclan lo policial con lo político, lo absurdo con lo trágico.

Entre los comentarios políticos, casi todos irrelevantes y faltos de un mínimo coraje, se distingue claramente un tipo de discurso centrado en la defensa de las instituciones. Desde todos los partidos, los dirigentes insistieron siempre en tranquilizarnos dejándonos bien en claro que ellos cuidarían de las instituciones y de su funcionamiento.

Si se presta un poco de atención, este discurso, paradojalmente, es mucho más aterrador que tranquilizante. ¿Acaso las formas y rutinas institucionales no son las que permitieron que sucediera lo que sucedió? Una de las explicaciones para que este haya sido el reflejo de nuestra dirigencia política profesional es que nuestra memoria política de las crisis tiene una remisión directa con la dictadura y que, ante cualquier alteración, se apela a la defensa institucional como argumento. Lo que era perfectamente lógico en 1984, aparece insuficiente pasados ya 30 años de continuidad democrática e instalada ya esta experiencia como la única posible entre nosotros, aún en su perfectibilidad.

Otra explicación es la pereza intelectual y la falta de imaginación. Narradores de lo que hace el gobierno, sea devaluar, presentar a un caniche por cadena nacional o que se le muera un fiscal un día antes de declarar ante el Congreso, la oposición recurre a su pobre vocabulario y entre sus primera diez opciones aparece la defensa institucional.

Entiendo que el desfiladero de esta crítica es muy estrecho y que hay que ir con mucho cuidado, pero me parece indispensable repensarlo incluso llevando los argumentos hacia el extremo. De hecho, creo que si algo estuvo ausente en la acción política de la oposición en relación con el costado político de la muerte de Nisman es que en todos los casos faltó osadía y audacia para plantear un escenario que respondiera a la verdadera magnitud del problema.

Plantear la defensa de las instituciones sin avanzar en la posibilidad de reformarlas es una de las marcas más severas del conservadurismo que inunda nuestro sistema político y que responde, seguramente, al mismo temperamento por parte de la mayoría de la sociedad.

Las tensiones y los desgarros que han supuesto para nuestra vida en democracia los diez años del kirchnerismo son tan profundos que no pueden ser contestados con recetas cómodas y rutinarias, y por mucho que nos coloque frente a una situación de incertidumbre, la mención a las instituciones de la democracia no es suficiente.

Interpretar la complejidad contemporánea de la democracia tiene, en la Argentina, una dificultad adicional. Mientras que los problemas del mundo miran hacia adelante, nosotros estamos copiando, con un papel desteñido, las muecas del pasado. La relación entre muerte y política pertenecía a nuestro pasado hasta que el kirchnerismo, primero en la retórica y luego en los hechos, lo convocó al plano de lo real y de lo objetivo. Relacionarse con esto requiere de una sensibilidad política que no se contenta con menciones esotéricas y estetizantes sobre las instituciones.

Cuando dicen defender las instituciones, ¿Cuáles son esas instituciones? ¿Acaso la Justicia debe ser defendida tal y cómo está? ¿Tal vez el presidencialismo extremo es aún considerado una garantía de gobernabilidad democrática? ¿Es necesario defender la existencia de una central de inteligencia? ¿La relación entre el Congreso, la construcción de mayorías especiales y el Ejecutivo necesita que nos inmolemos por ella? ¿El Estado, padre y madre omnipresente de nuestra forma institucional, no necesita de una mirada vigorosamente reformista?

Este año es cardinal para una parte de los argentinos. Al momento de elegir a quienes nos representen, seguramente no vamos a estar plenamente convencidos de lo que estamos haciendo. Las opciones son tibiecitas, pero las hay. Si queremos mejorar, y no creo que tengamos muchas oportunidades, vamos a tener que tomarnos el trabajo de informarnos, mirar, escuchar y medir como ciudadanos hasta el último gesto. Y habrá que elegir bien, porque no nos sobra nada.

Los que amamos la libertad y creemos que la democracia es la experiencia política más interesante que supimos construir tenemos que ayudar a pensarnos con mayor creatividad y valentía sin caer en la falsedad de encontrarnos en un lugar normal.

Si la política no encuentra el dialecto habrá que colaborar para que aparezca. Lo que no podemos permitir es que los únicos que se animen – siempre para el lado equivocado – sean los peronistas. Si no logramos eso, tal vez ya sea tiempo de pensar en otra cosa, en el refugio privado, en el sueño particular de convertirnos en mejores personas en un país que no vale la pena.

 

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