Intelectuales para un tiempo nuevo

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Esta nota fue publicada en la sección Opinión del diario La Nación el 24 de julio de 2015

La política argentina tiene una pésima relación con las ideas. La mayoría de las veces, las usa como exorcismos, como legitimadoras externas a sus propias prácticas. Pero, en definitiva, no son más que un incómodo adorno urdido con palabras al que, convenientemente, se lo esconde detrás de un expediente o de una encuesta.

Aún así, los intelectuales, esos personajes esquivos, contradictorios y a menudo pedantes, consiguen hacerse un lugar, esporádicamente, en el debate público. SI bien la historia de las ideas puede dar algunas versiones sobre el nacimiento de la figura moderna del intelectual, esta no está ajena a controversias y disputas. En la búsqueda de una definición mínima y provisoria, se podría agrupar dentro de este colectivo a todos aquellos que tienen como profesión el empleo, la producción y la promoción de las ideas. Una definición de este tipo es interesante pero no permite distinguir con la suficiente especificidad a la especie intelectual.

Henry Bergson era un gran filósofo, pero es más difícil verlo como un intelectual. Albert Camus, en cambio, era las dos cosas. José Gaos fue un pensador notable, pero José Ortega Y Gasset fue un intelectual ineludible. La inmersión en el mundo hace la diferencia.

En nuestro pequeño teatro político, la imagen del intelectual ha sufrido algunas fricciones durante el ciclo populista. La potencia enunciativa del populismo se mezcló con la evidente falta de audacia de los oponentes para colorear una escenografía cargada de figuras exageradas y beligerantes. La idea del intelectual como militante de un espacio político determinado no es nueva pero la construcción de una retórica de la resistencia desde el poder sí lo es. El kirchnerismo intelectual enarboló durante diez años un discurso hipotéticamente crítico desde la abundancia del poder estatal, lo que terminó vaciando de contenido al discurso. La culminación de este proceso tomó la forma del disparate en la existencia de una institución como la Secretaría de Coordinación General para el Pensamiento Nacional. Más allá de reconocer exasperaciones y ánimos exclusivistas, justo es reconocer que estas de actitudes oficialistas no tuvo enfrente una oposición adecuada y con el mismo peso.

Claro que se escribieron buenos libros y artículos no kirchneristas, pero el universo cultural opositor nunca alcanzó a tener capacidad real para establecer una agenda distinta de categorías políticas o un grupo de temas alternativos a los que fijaba la mirada oficial.

Desde mi punto de vista, esa dificultad reside en un problema de enfoque epistemológico. La mayoría de los accesos analíticos sobre el kirchnerismo fueron descriptivos, lo que terminó por dotar al oficialismo intelectual y político de una serie de categorías y atributos que él mismo no hubiera podido construir con tanta potencia. Es posible pensar que los esfuerzos más grandes de definición del kirchnerismo provinieron del universo intelectual opositor.

Casi la totalidad de la producción intelectual de los no kirchneristas estuvo en disposición de develar las inconsistencias y las mentiras del “relato”. De este modo, todo se redujo a un ejercicio a favor de la verosimilitud. Las metáforas de desenmascaramiento se impusieron a las de creación. Esto plantea un problema de gran significado filosófico. Por un lado, se pone en controversia el verdadero peso de la verdad pensada como reflejo y, por el otro, se cae en un proceso de moralización que termina en la inacción política. Si a esto se le suma el temperamento clásico de la intelectualidad argentina, formada casi exclusivamente en la idea de crítica, sucedió que, inadvertidamente, el espacio intelectual no populista quedó atrapado en una gramática de resistencia que impidió la generación de esperanza social.

El próximo gobierno no será una continuidad automática y calcada del kirchnerismo.

En el terreno intelectual, queda un desafío enorme por delante si se quiere privilegiar la imaginación y la confianza frente al sacrificio y la tragedia. Argentina tiene un gran problema de autoestima. Muchos de nosotros actuamos como si ya no valiera la pena. Si aún existe alguna posibilidad de reversión, pasa por la creación de un espacio de auto confianza que se parece mucho al amor a la patria. El problema es que la retórica rancia del populismo puso esa dimensión en paralelo con el nacionalismo y  la barra brava. Para los países, el amor a la patria es como la autoestima para las personas. No se puede lograr nada sin eso, pero tampoco se logra nada si se cae en exageraciones. Argentina es el país de Ricardo Forster y de Anibal Fernandez, pero también es el de Borges y el de Le Parc y Kosice.

Por eso es que no se puede simplificar. Es muy importante encontrar el lenguaje más útil para escapar a la vez de la tentación de repetir la lógica sacrificial que propone el canon crítico en el que en buena medida nos hemos formado, sin que eso termine haciéndonos caer en una suerte de optimismo bobo y en un entusiasmo sin experiencias concretas.

Si este año hacemos algo más que cambiar un presidente por otro, sería bueno que examinemos la idea del pensador y su lugar en la vida pública. Para ser útil, este personaje debe tener la capacidad de mezclar las palabras de un modo que resulte más atractivo y, al mismo tiempo, no perder fuerza teórica y capacidad analítica. Habrá que ocuparse de temas terrenales, como los partidos políticos y la coparticipación federal, pero debería poder hacerse como quién improvisa en una jam sesión, en donde los instrumentos son las voces inteligentes de las personas armando una conversación.

Los pensadores contemporáneos tienen que serlo también en su relación con la tecnología. No para rendirse a un renovado fetichismo sino para entender dos cuestiones que son fundamentales. La incorporación de tecnología está cambiando la forma de construcción de la subjetividad y esto tiene un impacto enorme en la política democrática. Si el centro de la acción política liberal es el individuo, la manera en que este construye su autoimagen y la de sus semejantes es una tarea de primer orden. Comprender este proceso, entendiendo que se está viviendo dentro mismo del cambio es parte del proceso creativo del presente. Por otro lado, las formas de la tecnología modifican la lógica comunicacional de un modo radical. Así como en su momento filósofos tan importantes como Peter Sloterdijk o Bernard-Henri Lévy entendieron mejor que nadie la forma comunicacional televisiva y lograron seducir desde allí a un público no especializado, los intelectuales de este tiempo no pueden prescindir de las redes sociales y de su potencia para ampliar los horizontes de sentido. Además, y a modo de un editor global y universal, tienen una responsabilidad muy estimulante en la selección de contenidos.

Las experiencias colectivas de reflexión que están trabajando en Argentina, tanto las más consolidadas como Carta Abierta y el Club Político Argentino como aquellas más esporádicas y menos visibles como Plataforma 2012, se han mostrado, en forma y contenido, más parecidas a los salones vieneses del novecientos que a espacios ágiles, creativos y dúctiles. Estos grupos, tal vez demasiado marcados por rutinas ligadas al prestigio académico, la acreditación o las capillas intelectuales pierden un terreno de creatividad y eficacia que resulta inestimable para el futuro. Una reflexión en torno a comportamientos gregarios exclusivistas, a la relación con los partidos y a las formas de intervención sería muy útil para hacer más interesante la intimidad entre ideas y políticas.

Argentina necesita redemocratizar su vida pública y revertir el camino tembloroso y descendente que ha tomado desde hace demasiado tiempo. Las personas que ocupan la mayoría de su tiempo en pensar pueden ayudar entendiendo que es posible ser riguroso en el juego y ser creativo sin el acicate del dolor. En definitiva, se trata de pensar en la política de la felicidad sin por eso caer en la falta de compromiso con el trabajo intelectual.

 

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Un acuerdo que le hace bien a la democracia

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Esta nota fue publicada en la sección Opinión del diario La Nación el 12 de mayo de 2015

El acuerdo entre la Unión Cívica Radical y Pro es la novedad más interesante que presenta un escenario político marcado por la finalización constitucional de un ciclo de gobierno que deja huellas profundas en la cultura política argentina. Más allá de las reconocidas dificultades de la política argentina por lograr que acuerdos coyunturales se conviertan en coaliciones estables, las posibilidades existen. Si no se imponen lógicas conservadoras -un escenario que es altamente probable- el acuerdo UCR-Pro puede colaborar para que la elección de este año no marque sólo un cambio de plantel estatal.

La unión entre ambos partidos le ofrece al ciudadano una herramienta con la que terminar este ciclo de más de una década de populismo, lo que hace de esta coalición un hecho políticamente correcto y embellecedor para la política argentina. Una construcción distinta y virtuosa aparece cada vez más como algo importante, sobre todo, como contraste frente a sucesos actuales del pan peronismo, que refuerzan las condiciones conservadoras y facciosas de resolución de conflictos internos.

El radicalismo y Pro pueden salir robustecidos de este acuerdo y beneficiarse mutuamente si son capaces de aceptar debilidades y fortalezas. Ambos partidos viven dentro del sistema político argentino y se alimentan de sus horrores. Ambas fuerzas admiten una cartografía de flaquezas muy grande, pero sería injusto no reconocer sus virtudes e irresponsable no ponderar sus potencialidades.

En primer lugar, el acuerdo coloca en una situación de modernidad política a ambas fuerzas. La capacidad para pasar por encima de las consecuencias de un sistema de partidos fragmentado y anárquico construyendo una coalición de gobierno institucionalizada y estable los muestra como actores inteligentes e informados que comprenden de las realidades políticas globales.

La combinación virtuosa de lo mejor de ambos partidos puede convertirse, entonces, en la arcilla ideal para una construcción interesante.

La imagen más atractiva de Pro, en términos simbólicos, es su falta de muertos y la ausencia de rasgos sacrificiales. Es el único partido en la Argentina que no tiene mártires. Al no tener próceres puede evitar tomarse la temperatura espiritual varias veces por año en conmemoraciones mortuorias. Esto tiene como consecuencia lógica la ausencia del discurso lacrimógeno y nostálgico tan presente en los partidos tradicionales. Pro no aprovechó nunca esto de un modo creativo. El hecho inédito de no necesitar llorar podría haberse convertido en el eje narrativo de la identidad de Pro mucho más eficazmente que sus inclinaciones personalistas, tan literalmente expuesta en la idea del ADN-Pro.

Otra de las virtudes, muchas veces inadvertidas a golpe de prejuicio, es que Pro es uno de los partidos políticos más y mejor estructurados de todo el sistema político argentino. Es el único que destina lo que legalmente está previsto para la formación de dirigentes y que ha mantenido en el tiempo un think tank que funciona y produce. Ha tenido la inteligencia, además, de utilizar este equipo como semillero para promover candidatos y figuras públicas. Se puede estar más o menos a favor del sesgo y de la producción de la Fundación Pensar, pero no se puede decir que no existe o que es una mera pantalla para desviar fondos. En el mismo tono, Pro es la única fuerza política que tiene una escuela de dirigentes donde se forma a jóvenes de todo el país en las distintas áreas de gobierno.

El Pro ha demostrado, además, tener la capacidad de convertirse en el único partido fuera del bipartidismo tradicional, que ha logrado permanecer en el tiempo, crecer territorialmente expandiéndose a las provincias y a la vez gobernar el distrito de mayor visibilidad política de nuestro país.

Dejo para el final una de las más importantes ventajas que le lleva Pro al resto del sistema político. Es un partido que sabe y al que le parece bien que los ciudadanos le dediquen más tiempo a su vida privada que a las cuestiones de la vida pública y la política. Tanto su discurso como su gestión están dispuestos de modo tal que el gobierno hace su trabajo sin reclamarle a las personas que se conviertan en militantes. Esta manera de entender la política es la más rica para nuestra experiencia contemporánea y la más útil para restablecer genuinamente la relación entre la política y los ciudadanos.

A un partido centenario como la Unión Cívica Radical, con tantas rutinas, con tantas efemérides y tanta sobreideologización, le hará bien relacionarse con estas virtudes de Pro. Si se mira en ese espejo puede valorizar el enorme aporte que puede hacer un grupo de jóvenes (y no tanto) dirigentes para modernizar el partido y colaborar en el fortalecimiento de la democracia argentina. Si hace esto con eficacia, es decir, si se potencia con las habilidades de su nuevo socio, la UCR podrá aligerar su sesgo conservador y convertirse en un lugar atractivo para aquellos que sientan curiosidad por la vida pública. El radicalismo tiene mucho para ganar en un acuerdo con Pro, pero debe actuar inteligentemente. La primera inteligencia es la de no dejarse ganar por una culpa ideológica que carece de sustento.

Pro, por su lado, puede crecer con las virtudes del radicalismo. Puede utilizar las ventajas de la tradición política radical, vinculada al debate, al respeto por la palabra compartida y puede habituarse con mayor comodidad al intercambio de opiniones y argumentos. La lógica democrática de exteriorización de las diferencias -encarnada en las discusiones de la convención de Gualeguaychú- es un valor muy potente de la tradición radical de la que Pro tiene mucho que aprender.

Desde el punto de vista institucional, la enorme experiencia del radicalismo, tanto histórica como presente, en el manejo de la cosa pública y el entrenamiento de sus cuadros en la administración estatal en todos sus niveles contrasta con la habitual inexperiencia de algunas incorporaciones de Pro, provenientes de otras dimensiones de la vida social.

Por otro lado, el enraizamiento que tiene el radicalismo a nivel territorial puede ser un excelente vehículo para que Pro llegue a lugares, sectores sociales y personas a los que hoy no tiene acceso. Desde la perspectiva del Pro, una primaria nacional con la UCR es el reconocimiento definitivo de su estatus de partido nacional.

La implantación universitaria del radicalismo es otro de los bienes incalculables para la simbiosis UCR-Pro. El radicalismo aporta una relación vital con las universidades argentinas, con sus producciones y con las personas formadas allí que el Pro no tiene y esto abre un espacio de creación sumamente interesante.

Los procesos políticos llegan hasta donde llega el talento y la sensibilidad de sus protagonistas. El acuerdo entre la UCR y el Pro no es un experimento sencillo y como todo ejercicio, puede salir mal. Las experiencias recientes, tanto en Mendoza y Santa Fe, como en Neuquén y en la Ciudad de Buenos Aires muestran claramente esa complejidad. Con resultados disímiles en realidades distintas, el acuerdo avanza a tientas, con intención de caminar con el tiempo con un poco más de seguridad.

Aún así, y más allá de cálculos electorales inmediatos, todos atendibles y legítimos, el acuerdo de ambas fuerzas acepta hospitalariamente argumentos a favor. El más importante y fundamental es el de demostrar la inteligencia y la sensibilidad necesarias para comprender que las democracias contemporáneas requieren de coaliciones políticas que diluyan las diferencias y potencien los puntos de acuerdo. Si nadie tuviese miedo y se asumieran algunos riesgos, las potencialidades aumentarían en proporción geométrica. Con un poco de osadía, inteligencia y sensibilidad, la elección de 2015 no sólo cerrará el ciclo populista sino que puede iniciar el camino complicado pero esperanzador de la modernización democrática argentina.