Un acuerdo que le hace bien a la democracia

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Esta nota fue publicada en la sección Opinión del diario La Nación el 12 de mayo de 2015

El acuerdo entre la Unión Cívica Radical y Pro es la novedad más interesante que presenta un escenario político marcado por la finalización constitucional de un ciclo de gobierno que deja huellas profundas en la cultura política argentina. Más allá de las reconocidas dificultades de la política argentina por lograr que acuerdos coyunturales se conviertan en coaliciones estables, las posibilidades existen. Si no se imponen lógicas conservadoras -un escenario que es altamente probable- el acuerdo UCR-Pro puede colaborar para que la elección de este año no marque sólo un cambio de plantel estatal.

La unión entre ambos partidos le ofrece al ciudadano una herramienta con la que terminar este ciclo de más de una década de populismo, lo que hace de esta coalición un hecho políticamente correcto y embellecedor para la política argentina. Una construcción distinta y virtuosa aparece cada vez más como algo importante, sobre todo, como contraste frente a sucesos actuales del pan peronismo, que refuerzan las condiciones conservadoras y facciosas de resolución de conflictos internos.

El radicalismo y Pro pueden salir robustecidos de este acuerdo y beneficiarse mutuamente si son capaces de aceptar debilidades y fortalezas. Ambos partidos viven dentro del sistema político argentino y se alimentan de sus horrores. Ambas fuerzas admiten una cartografía de flaquezas muy grande, pero sería injusto no reconocer sus virtudes e irresponsable no ponderar sus potencialidades.

En primer lugar, el acuerdo coloca en una situación de modernidad política a ambas fuerzas. La capacidad para pasar por encima de las consecuencias de un sistema de partidos fragmentado y anárquico construyendo una coalición de gobierno institucionalizada y estable los muestra como actores inteligentes e informados que comprenden de las realidades políticas globales.

La combinación virtuosa de lo mejor de ambos partidos puede convertirse, entonces, en la arcilla ideal para una construcción interesante.

La imagen más atractiva de Pro, en términos simbólicos, es su falta de muertos y la ausencia de rasgos sacrificiales. Es el único partido en la Argentina que no tiene mártires. Al no tener próceres puede evitar tomarse la temperatura espiritual varias veces por año en conmemoraciones mortuorias. Esto tiene como consecuencia lógica la ausencia del discurso lacrimógeno y nostálgico tan presente en los partidos tradicionales. Pro no aprovechó nunca esto de un modo creativo. El hecho inédito de no necesitar llorar podría haberse convertido en el eje narrativo de la identidad de Pro mucho más eficazmente que sus inclinaciones personalistas, tan literalmente expuesta en la idea del ADN-Pro.

Otra de las virtudes, muchas veces inadvertidas a golpe de prejuicio, es que Pro es uno de los partidos políticos más y mejor estructurados de todo el sistema político argentino. Es el único que destina lo que legalmente está previsto para la formación de dirigentes y que ha mantenido en el tiempo un think tank que funciona y produce. Ha tenido la inteligencia, además, de utilizar este equipo como semillero para promover candidatos y figuras públicas. Se puede estar más o menos a favor del sesgo y de la producción de la Fundación Pensar, pero no se puede decir que no existe o que es una mera pantalla para desviar fondos. En el mismo tono, Pro es la única fuerza política que tiene una escuela de dirigentes donde se forma a jóvenes de todo el país en las distintas áreas de gobierno.

El Pro ha demostrado, además, tener la capacidad de convertirse en el único partido fuera del bipartidismo tradicional, que ha logrado permanecer en el tiempo, crecer territorialmente expandiéndose a las provincias y a la vez gobernar el distrito de mayor visibilidad política de nuestro país.

Dejo para el final una de las más importantes ventajas que le lleva Pro al resto del sistema político. Es un partido que sabe y al que le parece bien que los ciudadanos le dediquen más tiempo a su vida privada que a las cuestiones de la vida pública y la política. Tanto su discurso como su gestión están dispuestos de modo tal que el gobierno hace su trabajo sin reclamarle a las personas que se conviertan en militantes. Esta manera de entender la política es la más rica para nuestra experiencia contemporánea y la más útil para restablecer genuinamente la relación entre la política y los ciudadanos.

A un partido centenario como la Unión Cívica Radical, con tantas rutinas, con tantas efemérides y tanta sobreideologización, le hará bien relacionarse con estas virtudes de Pro. Si se mira en ese espejo puede valorizar el enorme aporte que puede hacer un grupo de jóvenes (y no tanto) dirigentes para modernizar el partido y colaborar en el fortalecimiento de la democracia argentina. Si hace esto con eficacia, es decir, si se potencia con las habilidades de su nuevo socio, la UCR podrá aligerar su sesgo conservador y convertirse en un lugar atractivo para aquellos que sientan curiosidad por la vida pública. El radicalismo tiene mucho para ganar en un acuerdo con Pro, pero debe actuar inteligentemente. La primera inteligencia es la de no dejarse ganar por una culpa ideológica que carece de sustento.

Pro, por su lado, puede crecer con las virtudes del radicalismo. Puede utilizar las ventajas de la tradición política radical, vinculada al debate, al respeto por la palabra compartida y puede habituarse con mayor comodidad al intercambio de opiniones y argumentos. La lógica democrática de exteriorización de las diferencias -encarnada en las discusiones de la convención de Gualeguaychú- es un valor muy potente de la tradición radical de la que Pro tiene mucho que aprender.

Desde el punto de vista institucional, la enorme experiencia del radicalismo, tanto histórica como presente, en el manejo de la cosa pública y el entrenamiento de sus cuadros en la administración estatal en todos sus niveles contrasta con la habitual inexperiencia de algunas incorporaciones de Pro, provenientes de otras dimensiones de la vida social.

Por otro lado, el enraizamiento que tiene el radicalismo a nivel territorial puede ser un excelente vehículo para que Pro llegue a lugares, sectores sociales y personas a los que hoy no tiene acceso. Desde la perspectiva del Pro, una primaria nacional con la UCR es el reconocimiento definitivo de su estatus de partido nacional.

La implantación universitaria del radicalismo es otro de los bienes incalculables para la simbiosis UCR-Pro. El radicalismo aporta una relación vital con las universidades argentinas, con sus producciones y con las personas formadas allí que el Pro no tiene y esto abre un espacio de creación sumamente interesante.

Los procesos políticos llegan hasta donde llega el talento y la sensibilidad de sus protagonistas. El acuerdo entre la UCR y el Pro no es un experimento sencillo y como todo ejercicio, puede salir mal. Las experiencias recientes, tanto en Mendoza y Santa Fe, como en Neuquén y en la Ciudad de Buenos Aires muestran claramente esa complejidad. Con resultados disímiles en realidades distintas, el acuerdo avanza a tientas, con intención de caminar con el tiempo con un poco más de seguridad.

Aún así, y más allá de cálculos electorales inmediatos, todos atendibles y legítimos, el acuerdo de ambas fuerzas acepta hospitalariamente argumentos a favor. El más importante y fundamental es el de demostrar la inteligencia y la sensibilidad necesarias para comprender que las democracias contemporáneas requieren de coaliciones políticas que diluyan las diferencias y potencien los puntos de acuerdo. Si nadie tuviese miedo y se asumieran algunos riesgos, las potencialidades aumentarían en proporción geométrica. Con un poco de osadía, inteligencia y sensibilidad, la elección de 2015 no sólo cerrará el ciclo populista sino que puede iniciar el camino complicado pero esperanzador de la modernización democrática argentina.

 

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