Un embustero fascinante

parisart-15-FelicienMarboeuf2-G-86578 Esta nota se publicó el 15.03.16 en La Agenda, Revista de ideas y Cultura

 

Nunca ha habido tantos escritores como ahora. Las posibilidades tecnológicas y una cierta sensación de vacío experiencial que parece poder llenarse con palabras nos deja como resultado estadístico una densidad de uno a uno entre humanos y escritores.Conozco a muchos de esos escritores. Algunos recién empiezan, a otros los reconocen por la calle o en los cafés. Conozco también a escritores que son premiados en todo el mundo. Todos estos escritores son distintos, solo los une, salvando algunas excepciones felices, una continua sensación de malestar con lo que sucede con su obra y con ellos mismos.

El sentimiento de muchos de ellos es que no se los reconoce lo suficiente o que no sucede con su obra lo que ellos esperan. En muchos casos esto es cierto, en otros no, pero no es momento de dar demasiado crédito a la verosimilitud de las cosas.

En tiempos en el que el reconocimiento nunca alcanza, no es una mala idea recurrir a la historia para ver qué pasaba en otros momentos. Descubriremos que la historia nos tiene guardados algunos personajes que han ganado fama, reconocimiento y halagos literarios sin escribir una sola línea, o escribiendo apenas algunas cartas o pequeñas crónicas anodinas.

De esta clase de sujetos trata el ensayo de Jean-Ives Jouannais, Artistas sin obra, cuyo subtítulo es I would prefer not to, célebre frase de Bartebly, el escribiente, maravillosos cuento de Herman Melville.

El ensayo de Jouannais es, en realidad, un gran juego. Un magnífico divertimento mozartiano de palabras y conceptos que, como todo juego, a veces divierte más y a veces menos. Es sabido, sin embargo, que lo lúdico encierra siempre cosas serias y este entretenimiento en forma de libro de Jouannais se inscribe en un itinerario de reflexiones sobre la naturaleza de la literatura y sobre qué es un autor. En este camino, Artistas sin obra entra en diálogo con las miradas sobre la historia y las modificaciones de la lectura y sus productores-consumidores, muy presentes en textos de Alberto Manguel y Roman Gubern. En otro registro, Umberto Eco pensó el mismo tema tanto en Obra abierta como en El nombre de la rosa.

En el caso del libro de Jouannais, el punto de partido de su análisis, documentación y narrativa son estas personas que se colocaron en el centro del arte sin hacer nada que lo justifique realmente. Jouannais hace algunos trucos de magia. Dentro de la propia obra, se despliega uno, comandada por el autor como si fuera otro, armando una suerte de sobretextualidad a la que no es sencillo acceder en una lectura disipada. El mejor truco de todos los que sugiere  Jouannais es el de proponerse engañar al lector al mismo tiempo que le ofrece certezas analíticas y sofisticación teórica. El libro se inscribe, así, en una tradición burlona que incluye a Borges, a Walzer, a Vila Matas (su prólogo al libro es una pieza hermosa y única), pero también a Duchamp, los dadaístas y el dandysmo. En definitiva, el libro de Jouannais está cómodo entre grandes embusteros y grandes artistas.

Un poco esos son los personajes de este ensayo. Personas que aún prefiriendo no hacerlo, se convirtieron en una referencia, se hicieron visibles para los demás y fueron reconocidos. El repaso de nombres, tanto reales como ficticios, que Jouannais recorre en el libro es estimulante y sofisticado. Convive lo mejor de la literatura y las artes visuales con aquellos maestros del gesto que fueron los dandys de la modernidad. La manera en que el autor mezcla y relaciona los protagonistas es de una singular inteligencia y logra por momentos una admirable capacidad para encontrar detalles tan ínfimos como exquisitos. Desempolvar una vieja declaración de Marcel Duchamp donde se declara simplemente como un “respirador” o llevar a la idiotez a un escalón de importancia estética son solo una muestra de lo que puede lograr la audacia y la inteligencia de Jouannais. Quizás la más bella narrativa del maridaje frustrado entre reconocimiento y obra sea la de la Biblioteca Brautigan. Esta biblioteca, ubicada en Burlington, Vermont, donde nació a la vida John Dewey y a la política Bernie Sanders, está formada por libros rechazados por los editores. Distopía perfecta para cualquier escritor, pertenecer al catálogo de esta biblioteca se ha convertido, con el paso del tiempo, en una rareza inexplicable. Las actuales autoridades de la institución, cuyo nombre evoca al semi fallido escritor beat Richard Brautigan, autor de La pesca de la trucha en América, están rechazando los envíos de escritores no consumados que buscan su fama inversa formando parte del acervo de la pequeña biblioteca americana.

Uno de los engaños más encantadores del libro es el de Felicien Marboeuf. Este supuesto escritor sin obra habría sido el verdadero inspirador de Frederic Moraeu,  personaje principal de La educación sentimental, de Flaubert. Jouannais arma una escena extraordinariamente imaginativa para justificar esta farsa y colocar a Marbouef como un referente literario que no solo no necesita escribir, sino que entra a la historia de la gran literatura por la ventana de los personajes. La farsa se extiende un poco más y sugiere una corta correspondencia entre Marcel Proust y Marboeuf en donde el autor de los placeres y los días se empeña en sacar al joven Marboeuf de su diletantismo literario. Luego, y para reforzar, cita un ensayo inédito de Pascal Quignard (a quien imagino con al autor compartiendo un buen vino en París) en el que el gran filósofo explica algunas de las posibles causas de los inconvenientes de Marboeuf, relacionándolos con un altercado erótico afectivo con una dama que tenía por costumbre entrar y salir de las cárceles parisinas.

Para terminar de darle verosimilitud a su creación, Jouannais montó una exposición en la Fundación Ricard de París en la que recorrió toda la vida y la obra de Felicien Marboeuf con trabajos de archivo y visuales de diferentes artistas contemporáneos. Si quieren ver el video promocional de esa exposición, está en Youtube.

Hay otra invención en el libro que, sin tener la densidad de la de Marboeuf, no deja de ser interesante. En un apartado dedicado a los copistas, el autor menciona a un pintor surrealista americano de nombre Christopher Dutlaw. Este artista habría nacido en Misisipi en 1917 y habría logrado bastante reconocimiento en su época adulta. La primera vez que lo leí, algo me llevó a marcar esta parte del libro. Un pintor surrealista americano es ya una rareza, que además sea de Misisipi y de ese tiempo, me llamó mucho la atención. En la imaginación de Jouannais, Dutlaw se caracterizaba por pintar lienzos en los que en su reverso podían leerse párrafos enteros de la obra de Chateaubriand, buscando reproducir Memorias de ultratumba. Dutlaw es tan falso como el propio Marboeuf. Por más que investigué en internet, en libros especializados y en guías de artistas contemporáneos muy importantes, este fulano Christopher Dutlaw es un perfecto invisible.

Lo interesante del libro es que utiliza estas farsas como un soporte digno para desarrollar ideas sobre la escritura, sobre los procesos creativos y sobre cómo se obtiene la autorización colectiva para ser llamado un artista. En este sentido, el libro puede maridarse perfectamente con la obra de Patricio Pron, El libro tachado. El texto del argentino es mucho más ambicioso y mucho más logrado aun que el de Jouannais, pero la lectura de ambos volúmenes a dúo es interesante para pensar la literatura y la idea de crítica y ensayo literario un poco por fuera del canon académico y del conocido recetario de la muerte del autor.

Artistas sin obraes un libro con muchos libros adentro. Una posibilidad, ni por caso la única, es leer el libro como si fueran dos. Por un lado, la hermosa recopilación de casos y artistas que Jouannais trae a nuestra atención con indiscutible oficio y, por el otro, una aproximación teórica acerca de la literatura, la creación y la producción artística. Este segundo libro es menos atractivo. Tiene implícitas las heridas que el marxismo le ha infringido a los análisis de la cultura y navega las aguas del estructuralismo sobre diferentes soportes. Se vuelve más sofisticado cuando echa mano a Clement Greenberg y –si se me perdona la temeridad- se pone más tosco cuando se toma de Walter Benjamin. En ambos casos, las justificaciones teóricas sobre las particularidades inevitablemente cínicas de la modernidad, coloca al humano de estos díasen un laberinto excesivamente incómodo. Por más que se ha intentado otra cosa, vive en cada uno de nosotros un poco o mucho de modernidad, por lo tanto, si la descripción moderna es enteramente negativa, no tenemos muchas chances de relacionarnos amigablemente con nuestro entorno. Una de las maneras que encontramos para ir en búsqueda de la felicidad es hacer cosas, entre otras, escribir. Paradójicamente, en el ensayo de Jouannais no hay lugar explícito para este goce.

Es curioso, pero en un libro donde lo que predomina es el juego y la posibilidad de experimentación que abre para ejercer el pensamiento libremente, hay muy poco lugar, cuando se supone que se pone más serio, para rescatar la posibilidad gozosa del trabajo literario. No hay que desestimar que esto resulte otra de las bromas de Jouannais,  pero como en esta parte el se ha vuelto un teórico literario, uno se siente habilitado a colocarse allí para ensayar alguna crítica. Muchos de nosotros creemos que lo único que se puede hacer es escribir. No somos tan tontos como para pesar que eso es importante, relevante o revolucionario, pero creemos que tiene un valor. Lo que escribimos es de lo poco que quedará en el tiempo de lo que alguna vez fuimos. Quedará como testimonio de una época, de un lugar y de una galaxia de intenciones intensas. Para Jouannais, al menos cuando se pone serio, esa producción está teñida de un componente conceptual marxista que la coloca siempre en el lugar del dolor técnico y de la explotación. En cambio, nosotros, escribimos porque nos parece hermoso.

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