Dilemas tan antiguos como la historia

Guido Van der Werde. “Número ocho, Todo va a estar bien”, 2007. Video HD en 16 mm, 10’ 10”.

Este artículo fue publicado el 22.09.2017 en la Revista Ñ

En su poema 668 Emily Dickinson se mostraba perpleja ante la impotencia de la sabiduría humana frente a la simplicidad de la naturaleza. En esos mismos años europeos, Karl Marx definía a las relaciones sociales como de apropiación de la naturaleza. Algunos años después, William James haría todo lo posible por amigar la experiencia del animal humano y de la democracia con la naturaleza.

Los ecos naturalistas y organicistas están presentes desde los orígenes de la modernidad y nos han acompañado hasta ahora, obstinados y fuertes como robles. No hubo giro lingüístico ni pos estructuralismo que pudieran con la vieja distinción aristotélica entre cultura y naturaleza.  Sea por nuestra atávica fascinación por las tecnologías o por una inadvertida huella del marxismo cultural, la naturaleza siempre ha perdido esa microbatalla frente a la cultura y ésta ha podido sacar ventaja en términos de prestigio, jerarquía y legitimación.

Estos dilemas, tan antiguos como nuestra historia, son lo que se tratan en la muestra “Naturaleza, refugio y recurso de hombre” que el visitante puede ver en el CCK hasta diciembre

El CCK está ocupando un lugar nuevo dentro de la escena de las artes visuales. Su bienvenida monumentalidad favorece el montaje de exhibiciones que no podrían realizarse en otros escenarios. Si bien la narración resulta siempre un poco inconexa por saltar de un piso a otro y de una sala a otra, contar con casi 3000 metros cuadrados para mostrar obra no es un dato menor. Inteligentemente, el CCK está aprovechando esta ventaja para proponer exposiciones de gran volumen que colocan el énfasis en el compromiso curatorial.

Naturaleza responde a estas características. La curaduría general del centro, a cargo de Gabriela Urtiaga, se vió enriquecida en este caso con los aportes de Ana María Battistozzi y de Laura Buccellato. Su imaginación construyó una narrativa sumamente plural en la que casi todos los registros posibles del arte contemporáneo están dispuestos a armar un diálogo.

Como toda conversación, la muestra genera sus propias disonancias. El coro está formado por casi 50 voces y el murmullo crece y crece a lo largo de las 10 salas del segundo y del cuarto piso del CCK. Los lenguajes, tanto los lingüísticos como los estéticos, se  superponen, y los diferentes campos temáticos en los que está organizada la muestra permiten a cada artista hablar en su propio idioma sobre un tema común.

El juego es propio de la naturaleza y la crítica es propia de la cultura. Si alguien entendió a la perfección esta relación es el británico Martin Creed. En Naturaleza, el súper polémico artista –Creed ganó el Turner a principio de los 2000, generando una gran discusión sobre los alcances del arte contemporáneo. La misma quedó saldada, una década después, cuando su obra Las luces que se encienden y se apagan pasó a formar parte del fondo de la Tate Modern- presenta una sala repleta de globos plásticos celestes en los que los visitantes se pueden sumergir y retozar sin responsabilizarse en exceso ni por el daño ambiental ni por disputas intelectuales.

 

Martin Creed. “Half the Air in a Given Space” [La mitad del aire en un espacio dado], 1998/2017,

En otro registro, afortunadamente menos literal y más complejo, tres obras se enfrentan al temperamento solitario de la naturaleza, a su condición abisal y magnífica.

El videoartista neoyorquino Bill Viola está presente en Naturaleza con Ascention, una obra del 2000 en la que el hombre, la luz y el agua entablan una relación de fluidez y hermandad que se vuelve un mensaje explícitamente esperanzado. Las constelaciones que Viola construye bajo el agua y por acción del hombre son de una belleza extraña, comparables tal vez con el cielo de la Noche estrellada sobre el Ródano de Van Gogh. Son casi 7 minutos de una experiencia onírica y potente.

En el mismo soporte, pero en otro ritmo, las obras de Guido Van der Werde y de Sebastián Díaz Morales exploran la inmensidad y la relación de lo natural con lo humano. Del artista holandés puede verse un video de poco más de un minuto titulado Nummer acht, everything is going to be alright, de 2007. En la obra, el propio Van der Werde camina delante de un acorazado rompehielos de 3500 toneladas por un congelado y desconocido océano de hielo. El paso del hombre parece abrir la huella para el monstruoso navío mostrando al mismo tiempo un dejo indiscutible de minusvalía humana y, también, al decir del curador y crítico inglés Tom Morton, un mensaje de superioridad del hombre frente a la naturaleza.

El video de Díaz Morales, una instalación de 39 minutos de duración realizada en 2004, muestra a un hombre con una bolsa (ese es el título del trabajo) corriendo por un paisaje desértico que bien podría ser la estepa patagónica. Hay en la obra una apelación directa al desasosiego y la inquietud del hombre frente a la naturaleza. La carrera del hombre es contra ese paisaje hostil y contra sí mismo, tal vez para descubrir finalmente hacia dónde conduce la maratón. El resultado visual del trabajo de Díaz Morales es muy interesante y puede que sea el más alto de toda la muestra. El video está filmado con dos cámaras –ya había hecho algo similar en un trabajo anterior, El hombre enigmático–  y en la edición ambas imágenes se compaginan con una asincronía mínima que genera un fuerte efecto estético y una imposible sensación de turbación.

En el mismo terreno de emotividad, la muestra presenta dos obras de Oscar Bony. Fusilamiento latino o amazónico y Pantano, realizadas en 1997 y 1998, exponen la continuidad de su serie de fusilamientos presentada a mediados de la década del 90 en la Fundación Klemm. La literalidad y la falta de metáfora en esta parte de la obra del artista misionero –llegó a mostrar su propio fusilamiento- no hace caer su trabajo en la obviedad sino que enfatiza su rasgo violento y determinante. En el caso de las obras que se muestran en Naturaleza, los disparos son contra objetivos naturales y el único causante puede ser el hombre, lo que termina redondeando un alegato negativo con fuerte soporte artístico.

Naturaleza, refugio y recurso del hombre es una muestra conceptualmente potente en la que la responsabilidad recae más en la tarea curatorial que en la densidad particular de las obras. Es una exposición que admite ser percibida dentro del universo de la militancia ecologista y por eso puede mantener un aire de nueva politicidad.

Por mi parte, prefiero leerla como un reconocimiento al dialecto típico de la naturaleza, aquel que reconoce la importancia de las cosas por su relación con las demás cosas. En definitiva, como algo muy parecido a la cultura.

 

Naturaleza, refugio y recurso del hombre, En el CCK, Sarmiento 151; gratis. Miércoles a domingos y feriados, de 13 a 20. Hasta diciembre 2017.

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