Grupo DOMA, una vida al revés en el CCR

Esta nota fue publicada en la Revista Ñ el 21 de mayo de 2018

Como sucede en las biografías personales, en el mundo del arte hay preguntas que no van a encontrar nunca una respuesta. Una de las más interesantes es la que refierere a la politicidad del arte contemporáneo. Muchas palabras y muchos silencios intentan responder esta parte del asunto. Desde posiciones de cierta sofisticación se entiende que las rupturas de los espacios nacionales a favor de hipótesis globales, la supremacía tecnológica (con sus favores y sus displaceres) y las consecuencias de más de un siglo del rompimiento del paradigma representacional nos preparan para un tiempo de reinscripción del dilema entre arte y política. Como siempre sucede, las respuestas dependen del talento y de la creatividad. Hace tiempo que sabemos, aun cuando existen grandes espacios de resistencia conservadora, que política e ideología no son sinónimos y que, las más de las veces, pueden convertirse en antónimos reales. En la calle, en los libros y en los museos y galerías, el peso de la literalidad agobia a los ciudadanos-espectadores con mensajes digeridos pero pretenciosos en los que la inteligencia juega un papel poco relevante.

Se abre aquí un problema lateral. El arte no escrito necesita de la escritura. Esa escritura es la que pretende colonizar los sentidos y las interpretaciones direccionando la atención y llenando a las manifestaciones artísticas de un temperamento siempre externo. La importancia de la crítica y su lugar renovado en el arte contemporáneo se explica en parte por este proceso. A las preocupaciones de los críticos originales, desde John Dewey hasta G. K. Chesterton pasando por Clement Greenberg y Pierre Francastel, se les adiciona ahora el hecho irremediable e irreductible de una crítica que, al buen decir de Siri Hustdvedt, forma parte interna del Business del Arte Contemporáneo.

Uno de los intentos más logrados de trabajar la tensión entre política y arte contemporáneo es la que puede verse en Naturaleza muerta, la exposición del grupo DOMA en la sala Cronopios del Centro Cultural Recoleta de Buenos Aires. DOMA es un grupo singular dentro del singular mundo de los grupos artísticos argentinos. Nacido antes del 2001, su presentación estética no apela a la literalidad política sino que sugiere los enlaces entre la vida mundana, el diseño, la señalética y la intervención del espacio urbano como forma de interpretación política. Su acción artística puede leerse como un renglón más de lo que Nina Felshin denominó arte activista, pero su falta de obviedad lo separan virtuosamente de otras experiencias grupales argentinas, más marcadas por el ideologismo, la consigna y la retórica sencilla. Doma es más parecido a Fluxus que a Retort, y sus fórmulas estéticas reconocen la complejidad del universo vital de la contemporaneidad.

Naturaleza muerta expresa esa complejidad sin dejar de lado los costados lúdicos y hasta optimistas que afortunadamente puede contener una vida. Se presenta como una suerte de viaje invertido del ciclo vital en el que se empieza por la muerte y se sale no solo vivo, sino limpio.

Al entrar en la exposición el visitante se encuentra con un pasadizo formado por un ataúd intervenido. El brillo de la madera lustrada y de las agarraderas de bronce contrasta con la lúgubre oscuridad del interior por el que se debe pasar para continuar con la muestra. Hay algo de la inexorabilidad del final que se adivina en este inicio.

El recorrido sigue con otro sendero. Esta vez, una alfombra roja invita a un paseo que mezcla disparos de fama con disparos de ametralladora. La alegoría está perfectamente lograda en una de las mejores instalaciones de la muestra. El paseante se somete, a gusto por cierto, a los ambiguos disparos mientras se le dibuja una sonrisa. Lo vital y lo mortal se entremezclan en un pasillo de 6 metros, flanqueados por flashes que son metáfora de la necesidad de autoafirmación constante al mismo tiempo en que se convierten en una especie de glamoroso corredor de la muerte. La efectividad del grupo para montar MATAFAMA, mostrando la paradoja de la búsqueda de atención y su actual correlato con la desubjetivación está demostrada en que, luego de horas de contemplación, no se vio a nadie salir de este pasadizo pensando en otra cosa que en verse convertido en una estrella. El círculo paródico se completa a la perfección.

El punto expresivo más fuerte del road movie de DOMA en el CCR es la instalación La fuente de la vida. En ella se ven 7 muñecos articulados, vestidos de mujer, reunidos alrededor de un pene de concreto que es, además, una fuente inagotable y eterna. Las muñecas están dispuestas de forma tal que la adoración resulta una obviedad visual y una invitación reflexiva. El vestuario y el calzado, realizados por Poty Hernández y Xoxu  respectivamente, le agregan fuerza discursiva a la escena sin perder la oportunidad de distinguirse artísticamente. Lo mismo las máscaras, impersonales y todas iguales, reforzando el anonimato y la licuación de la identidad particular. Los gestos y las poses son inequívocas en su explícita sexualidad y es aquí donde el discurso aparece más nítido. La sexualidad invocada está ligada con el imaginario más convencional, esperable y canónico de la pornografía, lo que termina reforzando las dimensiones opresivas sobre el cuerpo y el alma femenina.

Al costado de la fuente está Políticos, una escultura en madera, que es la obra más explícita de la exposición. Dos figuras pequeñas subidas en dos pedestales enormes se dan la mano al mismo tiempo en que se clavan unas filosas puntas en la cabeza y el cuerpo. Los políticos de la escena no pueden ser más conservadores. En tiempos donde los dirigentes se parecen a hipsters y tienen los brazos tatuados y los cuerpos fibrosos, la representación de DOMA apunta hacia otro lado. Los trajes de los políticos son de un corte antiguo, con bolsillos de dos solapas, el peinado es impecable y el saludo es protocolar, lejano al beso entre hombres que caracterizaría hoy cualquier encuentro entre dirigentes. Estas diferencias no son fruto de una desatención del grupo frente a la política sino, más bien, a su consolidada idea de ese universo. En el texto curatorial que acompaña la muestra queda claro que la concepción del grupo sobre la política se nutre de palabras como “mentira” y “siniestro”.

Dominándolo todo, a modo de panóptico de Bentham, se yergue Mantra, una escultura de 5 metros de altura con una estructura metálica en cuya cúspide se monta un ojo metálico y lumínico de más de un metro de envergadura. El iris del ojo modifica su color a medida que los estímulos cambian y modifican el entorno. Los estímulos son los datos, o más bien el tráfico incesante de datos que condiciona, cada vez más, nuestra cotidianeidad. De Mantra salen los sonidos que son la escenografía de cualquier minuto de nuestras vidas, un mensaje de whatssap, un mail, un like o un retweet pueden cambiar el humor de cualquiera. La condición de Mantra es un destino signado por la repetición y la negación de espacios de creatividad.

Para salir de Naturaleza muerta hay que pasar por Redención, una instalación participativa en la que es posible limpiarse y salir renovado y sin el peso de la homogeneización de la vida contemporánea. Una serie de 6 rodillos enormes de tela de colores actúan de limpiadores como si se pasara a través de una lavadora de autos. El ciclo vital invertido se completa, de este modo, dejando una imagen de pureza y luminosidad que puede entenderse como una buena manera de enfrentarse con el futuro.

Dos cuestiones para completar. Es recomendable que el visitante, después de recorrer la muestra, se sitúe al frente, entre el ataúd y los cepillos y mire hacia delante. Tendrá ante sí un verdadero playground en el que se distribuyeron las distintas estaciones de la vida cotidiana. En esa mirada es en la que se completa la figura de DOMA y en donde se recupera el lugar del juego y del diseño dentro de un cuerpo de obra muy diverso. El espacio es una plaza pública, surcada por la tecnología y por lo que los humanos hacemos para domesticarla. Por otro lado, está la relación de un montaje como este en un espacio como el Centro Cultural Recoleta. Estamos, sin dudas, frente a un acierto. Es de esperar que sea el inicio de un camino mejor que el de los últimos tiempos, marcados por un errático diseño curatorial y por cierto desconcierto conceptual. Los nuevos lenguajes expresivos necesitan de espacios públicos, tanto como estos últimos necesitan quitarse de encima el lastre de concepciones antiguas.

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