La colchonera prodigiosa

Esta nota fue publicada en Revista Ñ el 9 de junio de 2018

El etiquetamiento, ejercido sobre todo por la crítica, nunca alcanza a reflejar la verdadera complejidad de la experiencia artística. El buen artista siempre se está alejando de la simplificación y de la zona de confort de la pertenencia a una escuela, un dogma o una capilla.

Marta Minujín es definida como una artista pop. Puede que eso sea parcialmente cierto, pero su trayectoria permite aventurar caminos menos parcelados por la crítica.

Sus primeros trabajos disruptivos son el resultado de una estadía parisina en 1963 en la que inaugura una tradición de happenings con la puesta de La Destrucción. Esta ambientación se volvió mítica con el tiempo agregando valor histórico al artístico. El registro de la experiencia de La Destrucción es un video en el que se ven las obras de Minujín – trabajadas con colchones y otros elementos recogido en las calles- y las de otros artistas en una pira entre sagrada y profana ardiendo en un terreno de París. Al mismo tiempo, soltaron 500 pájaros y 100 conejos. El artista búlgaro Christo, que envolvía en plástico casi todo lo que tuviera a mano, hizo lo propio con Minujín, a la que ató a los colchones un poco antes de que todo ardiera.

El trabajo concebido como una obra-ambiente y la blandura de los colchones frente a la rigidez de ciertas concepciones estéticas son dos marcas potentes en el cuerpo de obra de Minujín. Estas marcas, más la participación del público, acompañaron a la creadora en el trayecto que va desde esa primera experiencia parisina hasta las diferentes ediciones de La Galería Blanda, cuya última versión es exhibida en la sala 5 del Museo Emilio Caraffa en la capital cordobesa.

Esta obra es la última versión de su original de 1973. Fue en Washington DC donde la artista, en compañía del multifacético Richard Squires, armó la primera puesta de Soft Gallery. En esa oportunidad juntó 200 colchones de un hotel que había sido desalojado violentamente por la policía luego de enfrentamientos raciales tras la muerte de Martin Luther King. Con ese material, manchado de sangre y con la marca de balazos, Minujín y Squires armaron la instalación exhibida en la galería de Harold Rivkin. Aquella versión primera disponía los colchones entre el piso, las paredes y el cielo raso de una habitación a la que se accedía por una puerta tradicional. La idea de habitabilidad del espacio artístico empezaba a mostrarse en la obra de Minujín como una recurrencia interesante para desacralizar el espacio-tiempo clásico marcado por la galería como lugar de exhibición y la idea de un arte que es mejor no tocar. En contraposición, las distintas versiones de la galería blanda invitan a usar la obra, a participar y a quedarse en ella, incluso como un lugar de descanso y meditación. El devenir de la Galería Blanda, luego de su éxito en 1973 llevó a su ¨profesionalización¨ y a su exportación a distintas galerías y museos del mundo. Una de esas reinscripciones, la más importante, es la que realizó también con Squires como acompañante en 2008 a pedido del Museo de Arte Contemporáneo de Los Ángeles para una exposición sobre arte feminista que se produjo en el Centro de Arte Contemporáneo del MOMA en Long Island. Esa vez, Squires leyó un poema escrito por él sobre las víctimas del 11S y Minujín tocó una pieza de John Cage en un cello de hielo, que luego rompió contra el piso.

La versión actual de la Galería Blanda, la que podrá verse en el Museo Caraffa, es algo distinta. Vista desde afuera, la imponente obra parece una caja como de piedra encajada en la amplia sala del tercer nivel del museo. Esta mirada inicial propone un juego de ambigüedades con su mullida cercanía formada por 210 colchones sostenidos por una estructura de hierro integrando un espacio total de más de 7 metros por 5 metros de lado. Los colchones en esta oportunidad están estampados con una obra con tonalidades naranjas y amarillos de título Mandela y se encuentran atados a la estructura mediante sogas. Dentro del espacio de la galería hay dispuestos 5 televisores LED donde se proyecta la misma trama de los colchones con algunas distorsiones de color. El interior de la obra, obviamente, se puede utilizar y quién decida recorrerla, sentarse, tumbarse y meditar, escuchará de fondo la melodía de Cage.

La Galería Blanda se queda a vivir ahora en la ciudad de Córdoba, en el magnífico Caraffa, confirmando que se trata de uno de los espacios más interesantes del arte contemporáneo argentino.

 

 

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