Presencias llenas de sensualidad y energía

Esta nota fue publicada en revista Ñ el 6 de junio de 2018

La tarde noche de un viernes de otoño en Buenos Aires, caminando por el empinado horizonte de la calle Esmeralda hacia el bajo, en el centro aristocrático de la ciudad, se llena de un gris monótono y un poco acerado. Desde una vidriera amplia, la de la Galería Vasari, con una luz un poco tenue, se presentan al flaneur convertido en espectador tres obras de pequeño formato de Dolores Furtado, artista porteña residente en New York.

Las obras de Furtado pueden ser vistas como ejercicios, como una búsqueda estética con preponderancia en los materiales y centrada en la forma como espacio expresivo. Pero como sucede muy a menudo, la primera mirada tiende a confundir y esa inicial simpleza se muestra esquiva cuando se mira la exposición con ojos más atentos.

Muchas veces en la historia del arte la idea de los artistas pasó explícitamente por la simplificación. Esta es una pretensión original que muy pocas veces llega a cumplirse. Los intentos de cierto tipo de abstracción y hasta del cubismo por llegar a una expresión sintética que elimine las ficciones ocultas de la representación terminaron, por lo general, en una manufactura conceptual y artesanal compleja y llena de recovecos.

La ruptura de los lenguajes tradicionales propia de las vanguardias de los inicios siglo XX encontraron en la escultura un terreno fértil y en sus modos de trabajo un espacio de complejidad más amplio aún que en la pintura.

Los primeros trabajos de los escultores abstractos, sobre todo los de Jean Arp y Antoine Pevsner, tenían una particular búsqueda experimental en el que la forma era solo uno de los componentes expresivos. En otros casos, los artistas rehuían a la simplificación por el costado conceptual, elaborando sus trabajos con precisión científica, tal el caso de George Vantorgello o incluso, un poco más acá en el tiempos, los de Eduardo Chillida.

La obra de Dolores Furtado es hilo de esa misma trama. Sus trabajos, mucho más instalados en la contemporaneidad de la escultura, se complejizan con una segunda y con una tercera mirada.

Quien visite la muestra de Vasari se encontrará con once obras realizadas por Furtado en los últimos cinco años, dispuestas amablemente en el espacio de la galería. Tres de ellas están expuestas en la vidriera, en una composición que muestra toda la escala cromática y la diversidad de materiales y tramas que luego se verán el salón.

La más interesante de este muestrario inicial de tres piezas de resina poliéster es la que lleva por nombre Lo de adentro afuera. Se trata de una composición de 2013, de la serie Body en el que se percibe el juego alternado de una doble textura y de un doble uso de la relación con el espacio. El volumen total de la obra está formado por un cuerpo cerrado sobre sí mismo, con paredes pentagonales irregulares, planas y opacas y del que se expande una sinuosa forma en punta y traslúcida en la que el material despliega toda su ductilidad, aportando una luminosidad y transparencia llena de sensualidad y fuerza expresiva.

Una vez traspasada la puerta de Vasari espera al visitante el resto de las obras. Entre menhires y objetos de resina a escala humana aparecen dos obras que rápidamente llaman la atención del espectador. La luz y hasta una extraña unidad no explícita reúnen a El bosque con La Fuente, dos obras de este año. Son dos trabajos muy sugestivos, unidos por una sensación visual y corporal de frio y que conforman una suerte de paseo dentro del paseo que configura la muestra. En El Bosque la artista dispone ocho columnas de fibra de vidrio y resina blanquísimas formando un verdadero laberinto boscoso con sus piezas de diferentes alturas. Es un trabajo distinto al resto de la exposición y hasta es distinto a la generalidad de los trabajos de Furtado. Hay que retroceder hasta 2015 y encontrase con la columna mezcla de yeso y cemento coloreada en azul para encontrar el antecedente de esta magnífica composición.

Al salir del bosque está La Fuente. Es una estructura de resina de un metro y medio de altura y cincuenta centímetros de lado, que forma un rectángulo terso y texturado a la vez. La riqueza del material y la ductilidad de Furtado logran una superficie ambigua, en la que el espectador se debate entre tocar y no tocar. La sensación visual es la del vidrio, pero la opacidad generada por la textura lo desmiente. No sabemos de qué y para qué es la fuente, pero reconocemos en la experiencia su energía y su promesa.

En 2012 Nuria Peist escribió un libro de sociología del arte, uno de los mejores en español, en el que establece los indicadores de reconocimiento medible dentro del mundo del arte. Uno de ellos, son tres en total, es el que se conforma con la cantidad de críticas y con el número de adquisiciones que logra un cuerpo de obra. A juzgar por lo que está terminando de leer el querido lector y por las ventas en la última feria ArteBa, Dolores Furtado tiene ya consolidada una buena parte de ese recorrido.

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