Alexander Calder en Proa: la captura del movimiento

Esta nota fue publicada en Revista Ñ el 28 de septiembre de 2018

Con sus idas y vueltas, la discusión contra o sobre la figuración es uno de los problemas más interesantes que se han dado en el ámbito del arte. Sin evocar la necesidad del fanatismo, ni de estilo ni de filosofía, la posibilidad de imaginar un arte desligado de la representación le ha regalado al mundo una cantidad y una variedad de belleza invaluable.

Una de las estaciones más provechosas de ese recorrido es, sin dudas, el arte cinético. Si bien su concreción artística puede filiarse unos años antes, fue la muestra organizada por Denise René en París en 1955 la que le dio nacimiento institucional a un grupo de artistas originales que tenían en el centro de su producción las ideas de movimiento –tal vez sea más ajustado hablar de inestabilidad–, una relación distinta entre la obra y el espectador y la incorporación de tecnología como medio y fin de la relación del arte con la vida cotidiana. En la exposición, curada por Pontus Hulten, mostraron obra una mezcla de artistas jóvenes como Pol Bury, Jean Tinguely y Yaacov Agam junto a consagrados como Marcel Duchamp, Víctor Vasarely y Alexander Calder.

Calder venía trabajando un concepto artístico desde hacía casi dos décadas, desarrollando unos móviles (el nombre se lo debemos al propio Duchamp) en el que la inestabilidad, el juego y los efectos de la luz eran protagonistas excluyentes.

Estos móviles constituyen el atractivo más fuerte, aunque no el único, de la actual muestra de Alexander Calder en Proa. Con curaduría de Claudia Antelo-Suárez, el gran espacio del barrio de La Boca suma un capítulo más a la serie de exhibiciones que recuperan las mejores tradiciones del arte contemporáneo del siglo XX. Entre muchos otros, fueron Duchamp en 2009, Louise Bourgeois en 2011, Joseph Beuys en 2014, la muestra sobre el futurismo y Kazimir Malevich en 2016, Yves Klein el año pasado. A esta lista se agrega ahora el nombre de Calder. Las 4 salas de Proa dibujan en alguna medida la evolución del artista estadounidense entre las décadas del 20 y del 70.

Las primeras obras de Alexander Calder: Teatro de Encuentros son las esculturas de alambre en las que el artista utiliza el material para construir dibujos flotantes definiendo figuras de animales y retratos. En las sala pueden verse, también, unos dibujos sobre las mismas temáticas, donde el pincel juega con una libertad absoluta y cuyo resultado se asemeja a pinturas orientales en las que es más importante la sugerencia que la imagen final.

En las esculturas de alambre, el visitante podrá reconocer referencias de las continuidades más fuertes en el cuerpo de obra de Calder. La movilidad, concepto clave de su trabajo, está sostenida en el incipiente juego propuesto en obras como “Goldfish Bowl”, de 1929, en la que una pequeña manivela permite mover a los pececitos de alambre que habitan el interior de la pecera. Esta escenificación es una pequeña muestra de una de las experimentaciones de Calder. En sus años parisinos, entre 1926 y 1933, el artista trabajó en las presentaciones de su circo. Consistía en un escenario en el que unas figuras pequeñas realizadas en múltiples materiales jugaban escenas más o menos dramáticas, más o menos humorísticas, propias del circo. Malabaristas y trapecistas hechos con alambre, botones, clavos oxidados y tapas de botellas usadas se jugaban la vida bajo los sistemas mecanizados ideados por Calder. En algunos casos, las cosas salían mal y los artistas morían, lo que habilitaba el consecuente funeral, con sus congojas y sus lágrimas. No es difícil establecer un paralelo entre las funciones del Grand Cirque Calder y las posteriores perfomances de los años 60 y 70, con su carácter experimental y su convocatoria lúdica.

El desarrollo del cinetismo en Calder es muy particular. Pasó al menos por tres estadíos. Sus obras iniciales tomaban el precepto tecnológico propio de la escuela, incorporando pequeños mecanismos que daban movimiento a las obras. El siguiente paso fue el de incorporar al público como actor principal e impulsor del meneo. Años más tarde, abandona esta tendencia y resuelve la inestabilidad de sus obras con el único auxilio del viento o, incluso, de las leves brisas internas de lugares cerrados en donde se instala o muestra su obra.

En las salas 3 y 4 de Proa están los móviles (mobiles) y los stabiles de Calder. Los primeros son los más conocidos dentro de su cuerpo de obra y resumen sus búsquedas e intenciones. Uno de sus objetivos fue –lo definió bien Jean Paul Sartre– el de agradar. Los móviles de Calder son bellos, y transmiten esa belleza al escenario en el que se encuentran. La proyección de las sombras de los brazos y de las piezas principales de los móviles sobre las paredes de los salones de Proa son una continuidad de la obra y dibujan otras posibilidades de inestabilidad y generan un entorno mágico.

Uno de los más llamativos es “Triple Gong”, una pieza de 1948 que mide casi dos metros hecha de alambre y latón pintado. Se destacan tres gongs consecutivos de color dorado que marcan una suerte de secuencia y está rematado por un conjunto articulado de piezas de colores.

En una obra sin título de 1934 el móvil pende de un gran círculo de metal que está apoyado sobre el pedestal como una escultura más clásica. En este caso el movimiento está más contenido y a las piezas de metal se agregan otras de madera y algunas cuerdas.

Otra obra que combina ambos elementos es “Brass on Piano Legs”, de 1955. De una base escultórica con forma de trípode se desprende un móvil de los tradicionales de Calder con alambres y piezas de metal pintado. Esta obra está cotizada por la casa de subastas Christie’s en más de medio millón de dólares.

Pero la joya de la exposición es, sin dudas, “Small Sphere and Heavy Sphere”. Se trata de un trabajo conceptual que Calder realizó entre 1932 y 1933, al final de su estancia parisina. La obra es un verdadero happening en el que el azar, la indeterminación, la participación del público y hasta las dimensiones de la sala y los deseos del curador rehacen la obra en cada presentación. La idea de Calder es tan profunda que diseñó una experiencia estética que replica a la humana generando sus propias fallas y obstáculos. La experiencia humana no es lineal y la artística lo es aún menos. Cuando la voluntad activa la esfera más grande y más pesada una esfera más pequeña, más liviana y de otro material choca contra botellas, latas y un cajón de madera mientras busca la improbable concreción del deseo bajo la forma del sonido del gong apoyado en el piso. En un verdadero juego vital entre lo frustrante y lo satisfactorio. Ante cada estación del itinerario de la esfera pequeña, se activa una música distinta completando una experiencia ambiental difícil de emparentar con otras formas artísticas.

La intención del artista queda herida en la muestra de Proa, como en la de cualquier espacio estático, lo que no impide, por cierto, disfrutar de la genialidad del artista.

La última vez que los trabajos de Alexander Calder estuvieron en Buenos Aires fue en 1971, expuestos en el Museo Nacional de Bellas Artes. Casi 50 años pasaron para que podamos repetir ese gusto. No hay razón para perdérselo.

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