Juan Pablo Marturano, el escultor que ama la montaña

Esta nota fue publicada en Revista Ñ el 9 de noviembre de 2018

Por mucho que se le conceda a las peores versiones del materialismo y por más empeño que el hombre ponga en organizar su destrucción, la naturaleza hace su trabajo e impone algunas de sus reglas. Nuestra era, el antropoceno, deja en forma de desafío un espacio para reivindicar el diálogo del hombre, en tanto animal humano, con la naturaleza. Todos sabemos que no cualquier diálogo es una conversación y reconocemos también que toda buena conversación es, en cierta forma, una ofrenda que mejora cuando se agrega sensibilidad y conocimiento.

La obra de Juan Pablo Marturano entiende de ofrendas y de conversaciones con la naturaleza. Sus esculturas de granito y mármol reflejan un estado íntimo de paridad entre el artista y su objeto que se trasluce y llega al resultado de un modo tan notable como imperceptible. Estar frente a las obras de Marturano es una experiencia-puente entre la potencia y la tersura. La materialidad de sus obras no responde a su efecto final. El mármol, el granito, incluso la fundición de metales rinden una porción de su fuerza a las posibilidades sensoriales de la vista y el tacto. Sus esculturas son también dibujos que pueden seguirse con la mirada. De hecho, el ojo opera como un buril, pasando entre lo concreto del material y el vacío que va tomando forma en el espacio.

“Cordillera imposible”, fundición de bronce,

 

La idea de experiencia es más que anecdótica en la obra de Marturano. Esculpe montañas porque antes las escaló. En su doble rol de artista y escalador estableció una relación de correspondencia con la montaña. En cada ascenso lleva una pieza tallada que deja en la cima a modo de ofrenda y se lleva una piedra que será el molde o el patrón de su próxima escultura. En la exposición en Calvaresi hay unos registros fotográficos de estas entregas que son realmente hermosos y emotivos.

En la planta baja de la galería el espectador puede ver “Plegaria para Ansilta”, una obra que reproduce los siete picos de la cordillera de Ansilta en la provincia de San Juan, realizada en mármol de Carrara gris bardiglio. En esta obra está toda la ductilidad de Marturano para trabajar la piedra. Las ondulaciones del material que sirve de base para la cordillera se asemeja a una ola marina y muestra al mismo tiempo la fiereza del golpe contra la piedra y la suavidad de un paisaje que mezcla registros geográficos y visuales. La obra es grande, tiene más de un metro y medio de largo y 50 centímetros de ancho, pero su primer golpe de vista es liviano, casi etéreo.

Ya en el primer piso, las obras se despliegan creando una atmósfera despojada, de simpleza y de cierta liberación. Un clima de llegada a la cima de la montaña. Sobre la derecha el visitante podrá ver una obra titulada “Cordillera imposible”. Se trata de una fundición de bronce, más bien pequeña en la que el artista recrea una cadena montañosa parcialmente ficticia. Son picos reales, pero dispuestos de un modo en el que no están en la naturaleza. Para el espectador, la verosimilitud no se suspende en ningún momento y la obra desprende un brillo particular que la distingue del resto.

"Monte Fuji”, realizada en mármol.

 

Pero tal vez el punto más complejo de la exposición se encuentra en un trabajo que reconoce un registro ligeramente distinto, aun cuando está realizado en el mismo material y responde al mismo catálogo conceptual. Al frente de la sala se encuentra “Otro cielo, un mismo sol”, instalación colgante que reúne una cantidad de retazos de mármol, descartes de otras obras, que forman un verdadero cielo de fragmentos irregulares y blanquísimos, muy semejante a la cumbre de una montaña. Las piezas proyectan sobre un panel de fondo unas sombras superpuestas de diferentes tonos grisáceos que le suman una dimensión más, tal vez imaginaria, a la instalación. Además, el peso sensorial de la instalación se extiende para llegar al piso, dándole forma a una obra mucho más grande que la real y creando un clima y una sensación de espacio que excede los límites de la escultura.

El escultor y una de sus obras en la galería Calvaresi. Foto: Andres D'Elia.

 

Algo muy difícil de definir recorre la obra de Marturano. Una primera zona enigmática es la presencia de esa mezcla un poco esquiva –muy bien resuelta en este caso– de materiales y formas de trabajo muy antiguas que terminan dando resultados contemporáneos. Por otro lado, tal vez su propia biografía, que combina la formación académica formal, la mano artesana y la particularidad emocional del montañista, explique en parte la energía que se percibe ante cada una de sus tallas.

El marco que le da la galería Calvaresi es ideal. Más allá de las plantas dedicadas exclusivamente a las exposiciones de arte contemporáneo, el espacio, distribuido en cuatro pisos, entremezcla la trastienda con mobiliario y piezas art déco de las mejores firmas y del diseño más refinado. La galería se inscribe, en una tonalidad bien distinta al resto, en la redefinición de los espacios de exposición, de circuito de evaluación crítica y distribución del arte contemporáneo que se vive en Buenos Aires.

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