Ricardo Garabito y la complejidad de la pintura

Esta nota fue publicada en Revista Ñ el 13 de septiembre de 2018

 

Sólo el tedio es capaz de detener las discusiones actuales sobre lo real y lo virtual. Es cierto que entender la cultura es en parte aceptar las preguntas de una época, pero a menudo sucede que la repetición empuja lo suficiente como para anular la conversación. Cuando esto sucede, las mentes nobles se dedican a construir refugios aceptables. El arte actúa a modo de frontera, tal vez la última y la más fuerte, contra los intentos de homogeneización y las embestidas contra la intimidad.

Precisamente eso es lo que se siente al traspasar la puerta del Espacio de Arte de la Fundación OSDE para ver La simple complejidad de la pintura, la muestra de Ricardo Garabito curada por Gabriela Vicente Irrazábal. Con solo ver de lejos las primeras obras, el espectador intuye que está en presencia de un artista preocupado en hacerse un lugar dentro de la dimensión más humana del arte. Ayuda el espacio de OSDE, de arquitectura compleja pero recorrido simple y placentero, puertas adentro del remolino de la calle Suipacha.

Las imágenes de Garabito, así como la potencia expresiva de sus líneas de dibujo y su paleta hacen trabajar la percepción hasta encontrarse con sensaciones básicas. Quien mira reconoce lo que ve, lo ha visto muchas veces y al mismo tiempo nunca lo había visto de esa manera. Los objetos plantados por el artista en los lienzos no son del todo inanimados. Un balde, una fuente, una bala, una naturaleza muerta o un grupo de personas le sirven a Garabito para reafirmar su condición de un artista que en búsqueda de la simplicidad terminó por encontrar toda la complejidad expresiva del lenguaje de ese atavismo que reconocemos como la pintura de caballete. Los títulos de las obras son fascinantes en su clasicismo. “Tinaja negra con tres naranjas”, “Siete Figuras”, “Dos hombres de pie con zapatillas rojas” sugieren una literalidad que no se encuentra en la obra. En “Chapa, una obra” –la única por la que el artista recibió un premio en toda su trayectoria– de 1968, el artista plantó un corte de una chapa de zinc en medio de un campo. ¨Una cosa hiriente y clavada en el medio del piso¨, tal como hace años lo describió el propio artista en diálogo con Victoria Noorthoorn, actual directora del Museo de Arte Moderno de Buenos Aires. El artista plantea una obra de muchísima potencia anclada en una aparente incongruencia espacial y en el perfil filoso del metal. La obra pasó por un itinerario muy argentino de ocultamientos y pérdidas para reencontrarse con su autor cuatro décadas más tarde y en un estado que mereció una profunda restauración.

Hay algo extraño en la pintura de Garabito. Un poco más allá de las líneas de continuidad que se pueden advertir en su cuerpo de obra, la naturaleza y la figura humana, están los objetos. Estas piezas, que en la vida real son inanimadas, toman vitalidad gracias al tratamiento del artista. Lo que a primera vista parecen estudios de taller o ejercicio de escuela de bellas artes se revelan, al cabo de un tiempo de exposición a la sensibilidad del artista, en pinturas que cabalgan entre el pop y el contemporáneo. No es del todo inexacto asimilar las obras de la serie de mercaderías del autor –verdaderos muestrarios del consumo doméstico argentino– con obras similares, en factura técnica y en contenido, de artistas reconocidos como Andy Warhol o el propio Robert Rauschenberg. En estas obras, pienso en “Balde Azul” o en la serie de las bolsas de residuos, Garabito juega con la credulidad del espectador. Las apariencias simples, los objetos cotidianos, de hecho no muy importantes, ganan centralidad y se convierten en hechos artísticos planteando un desafío al que decidió mirar.

La exposición permite ver la evolución de la pintura de Garabito con el correr de los años. Ganado por una mirada tradicional del tratamiento de la pintura y por dos o tres temáticas fundamentales, la resolución estética del artista fue cambiando desde sus obras de los tempranos 60 hasta las actuales. Los trabajos sobre la figura humana aplican bien para explicar estas importantes diferencias de estilo. En “Naturaleza muerta con desnudo”, un óleo de 1965, tanto la fuente con frutas como la mujer desnuda en la parte superior del cuadro están resueltas casi a modo impresionista, con pincelada gestáltica y con una paleta que adquiere sentido cuando se la percibe en la totalidad de la obra.

La evolución artística le hizo ¨limpiar¨ su trazo y su manejo del color, buscando sencillez y armonía. Estas búsquedas dieron sus frutos en los primeros retratos que realizó en la segunda mitad de los sesenta, pero se afianzó unas décadas más tarde con obras muy significativas dentro del universo Garabito. “Dos hombres de pie con zapatillas rojas” es un ejemplo preciso. Esta obra, de la mitad de los 90, muestra a un artista que ya ha asumido otro lenguaje. El trazo es más firme, y sobre sus innegables virtudes de dibujante se juega una paleta firme y detallista, con una gran capacidad lúdica y una gran atención por las referencias culturales.

La obra de nuestro artista propone una experiencia que no se agota en lo visual. Requiere de un ejercicio intelectual – no ligado a la erudición sino a lo reflexivo – que la vuelve apasionante. Es un autor extraño, alejado de modismos y de grupos de referencia.

En fin, Garabito es tan clásico que resulta contemporáneo. A contrapelo y en solitario de su generación, no intentó sumar su trabajo a la vanguardia o los neologismos artísticos. Se mantuvo pintando, como todos los días hasta hoy, y ese ha sido, finalmente, su triunfo frente al paso al tiempo.

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