Desierto

Terminé de leer el Perfil del domingo. Quintín y Lanata se parecen un poco en su pesimismo refinado y ciertamente alegórico. Uno y otro reconocen algo, insinúan algo, que se puede compartir. Una especie de ahogo, de sofocación intelectual y de la opinión que nos hace preguntar por las audiencias, por quiénes escucharán, por quiénes leerán. Parece burla, pero de tanto hablar contra el pensamiento único algunos terminaron siendo sus comisarios, hablando en prosa sin saberlo. Los que no dábamos tanta importancia al asunto, confiados en la pluralidad, casi en el automatismo de la virtud democrática, terminamos enroscados discutiendo cosas que no queremos con tipos que no nos interesan. Y encima, con la sensación de pérdida irreparable que sólo deja posibilidades de redención personal. Alguno se irá a Boston, otro a San Clemente y los demás al lugar de sus sueños, pero la construcción colectiva de alguna cosa que se parezca a lo que queremos debe esperar hasta que los censores, los que tienen como primer reflejo el prohibir lo que no les gusta, los que anatemizan y reprenden nos dejen un lugarcito desde donde sacar los brazos como aspas, para ver si alguien descubre nuestra pequeña presencia.

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