Argentina en el camino de una gobernabilidad diferente

Baires, 04 de agosto de 2012.- El jefe de Gobierno porteño, Mauricio Macri, presenció hoy el partido amistoso que el seleccionado argentino de rugby Los Pumas disputó con el equipo francés Stade Français, en el estadio de Vélez Sarsfield, al que asistieron niños y jóvenes de distintos programas de inclusión social de la Ciudad quienes, inclusive, interactuaron con los jugadores. foto: Mónica Martínez/GCBA-Prensa

Esta nota fue publicada en el diario El País el día 19.11.2015

En Argentina existe un estado de ánimo que ha llenado bibliotecas, mesas de café y páginas de diarios y revistas. La idea general de la inexorabilidad del peronismo como único partido en condiciones de gobernar ha generado, con el paso del tiempo, una subclase de buscadores eternos del peronismo bueno.

Unos y otros se la han pasado,  y todavía se la pasan, buscando los argumentos que confirmen la hipótesis trágica de la política argentina bajo las mil formas del peronismo.

Una de las más sutiles formas de insistir con esta argumentación, es analizar las posibilidades de un próximo gobierno de Cambiemos desde una posición que privilegia la descripción cartográfica de los problemas frente a la posibilidad creativa de utilizar la imaginación y la acción política para solucionarlos.

Algunos, como Monseiur Jourdain del Burgués gentilhombre de Moliere, hablan en prosa sin saberlo. El señalamiento de las dificultades y las faltas es un ejercicio intelectual posible y legítimo, pero no es el único. Incluso, podría decirse que el más sencillo. Cualquier personas medianamente entrenada puede, si se detiene el suficiente tiempo, encontrar las fallas y las ausencias de cualquier proceso, discurso o práctica.

No hay ninguna posibilidad epistemológica de abarcarlo todo. Por lo tanto, los buscadores de errores cuentan con muchas ventajas prácticas. Afortunadamente, este no es el único camino reflexivo posible. La democracia liberal necesita de su dimensión experimental para crecer y esta requiere de una posición filosófica distinta, más apegada a metáforas de creación que de descubrimiento.

Cuál podría ser una manera que combine rigurosidad analítica con esperanza social y que colabore en pensar esta nueva etapa en Argentina? Existe realmente la posibilidad de dejar de mapear tragedias y permitirse la estimulante presencia de la imaginación política?

Creo que el dato central para esta inversión en los términos de la ecuación política hay que buscarlo en las modificaciones dentro de la cultura política argentina.

Si la coalición política Cambiemos, formado por el PRO, la Unión Cívica Radical y la Coalición Cívica, un conglomerado que mezcla elementos republicanos y desarrollistas con chispeos esporádicos y difusos de liberalismo, logra imponerse frente a la exacerbación populista del Peronismo y su candidato, será porque algo de la cultura política argentina ha cambiado lo suficiente.

La tolerancia a las formas autoritarias y al salvajismo institucional ha sido hasta ahora muy fuerte en la Argentina, pero puede que su abuso haya generado los anticuerpos suficientes como para darle un corte.

Si sucede que Cambiemos logra ganar la elección nacional como lo hizo en la provincia de Buenos Aires, bastión del peronismo y principal fuente de su clientelismo político, el escenario se modifica sustancialmente y esto debe tener impacto en las formas de análisis y caracterización.

Si Cambiemos gana, tal vez será un buen momento para dejar de utilizar categorías rancias de análisis político y muy probablemente se abra la posibilidad de generar un dialecto democrático más tentativo, más dialógico y más contemporáneo.

De abrirse esa posibilidad, es necesario hacer los más fuertes esfuerzos para modificar la histórica relación entre ideas y política que existe en la argentina.

Formada en la tradición franco-renana, la intelectualidad clásica argentina se recuesta sobre el concepto de crítica y se siente cómoda en las épicas de la resistencia y la denuncia. Por eso, le resulta más fácil advertir sobre los peligros de la gobernabilidad no peronista que aportar para moderar y avanzar en la solución de estos problemas.

Si la cultura política argentina empieza a intentar cambiar,aquellos que trabajamos con las ideas debemos hacer nuestro trabajo con seriedad, creatividad y rigurosidad para colaborar en ese cambio. En nuestro país, fue la sociedad la que marcó el camino, colocando los límites que los pensadores nunca lograron poner. En mejor situación histórica, es necesario usar las ideas para imaginarse una sociedad diferente y acompañar un proceso de normalidad democrática.

Para que esto salga bien hace falta también que los partidos y los políticos profesionales cambian su forma de relacionamiento con las ideas. Deben abandonar la tentación de mirar al mundo de las ideas únicamente cuando se convierte en un coro de ángeles. La política debe estar dispuesta a dejarse pensar desde afuera y a que se le señale diferencias y discrepancias que discutan su primacía y su inefabilidad.

La colaboración entre el mundo de las ideas y el mundo político puede ser una de las herramientas posibles para la redemocratización argentina. Tal vez ayude a dejar de pensar que estamos destinados a la decadencia y la tristeza y nos anime a dibujar una sociedad distinta, más hospitalaria, más sensible, y más justa.

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Contra la corrección política

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Este artículo salió publicado en la sección Opinión del diario La Nación el 12 de octubre de 2015

En junio de este año, Tim Hunt, un bioquímico inglés que ganó el Premio Nobel en 2001, se vio obligado a presentar su renuncia al University College de Londres tras haber declarado que, desde su punto de vista, se generaban ciertas dificultades cuando hombres y mujeres compartían el trabajo en el laboratorio. La presión social sobre Hunt luego de su declaración fue tan grande que hasta la Royal Society se sintió obligada a expedirse y a criticarlo duramente por sus opiniones. Se lo acusó de sexista, de discriminador y hasta de incompatibilidad con la práctica científica. Hunt tuvo que dar explicaciones públicas y pedir perdón a la comunidad científica británica y a sus colegas mujeres.

Otro caso similar es el de Larry Summers, que hasta febrero de 2006 fue presidente de la Universidad de Harvard. Durante el tiempo que duró su gestión, unos cinco años, Summers sostuvo en varias ocasiones que las mujeres carecían de habilidades innatas para las ciencias duras. El economista, que llegó a ser secretario del Tesoro en la gestión de Bill Clinton, argumentaba que el motivo por el cual menos mujeres llegan a puestos altos en disciplinas como la ingeniería o las matemáticas tenía más que ver con cuestiones biológicas que sociales. Finalmente, debió renunciar.

Podemos encontrar muchos más ejemplos de personas que perdieron sus trabajos, su prestigio y sufrieron sanciones por opinar. Se impone, de a poco y a veces inadvertidamente, una suerte de legitimidad discursiva de sentido único que va construyendo lo que se entiende por corrección política.

La tensión entre las construcciones discursivas legítimas y la libertad de expresión no es una novedad, pero, en este caso, esta limitación proviene del centro mismo de la democracia. Cada vez con mas intensidad, la democracia consagra un tipo de corrección política que conspira contra la libertad y consagra limitaciones al debate que discuten su propia definición. Esta paradoja es sumamente peligrosa, dado que la corrección política, por su capacidad de generar valoraciones de tipo moral, va armando verdaderos cruzados que siempre están dispuestos a dar un paso más para defender lo que creen correcto.

Estos ejercicios de corrección política que han venido ganando espacio en todo el mundo han terminado por generar con el tiempo una preocupante limitación de la libertad de expresión. En tiempos en donde la democracia no tiene demasiados enemigos externos, es importante detenerse a pensar sobre esos resquicios en donde la democracia se hiere a sí misma, allí donde el mal surge del bien.

Las limitaciones en la discusión, el temor a la sanción social y la naturalización acerca de que es mejor no arriesgar son compañeros ideales del empobrecimiento de la democracia. Si es la propia democracia la que pone límites y lo hace en función de la entronización de posiciones hipotéticamente superiores desde el punto de vista moral o valorativo, estamos ante una encrucijada difícil y de consecuencias desconocidas. En rigor de verdad, estas actitudes podrían tomarse sin demasiado complejo como antidemocráticas.

Volvamos por un segundo a los ejemplos iniciales. Confirmemos que los dichos del profesor Hunt son una tontería, que las ideas del señor Summers son discutibles y que Lanata tiene una visión conservadora de género. ¿Y cuál es el problema? ¿Por qué deberíamos pagar con libertad de expresión el hecho de que alguien, incluso un Nobel, diga una zoncera? Finalmente, ¿por qué no hay derecho a equivocarse y por qué una sola y única acción puede llegar a determinar el resto de una carrera o una vida? ¿Por qué razón alguien no puede pensar que quien nació biológicamente mujer lo seguirá siendo independientemente de su opción sexual o incluso construcción subjetiva? Únicamente una sociedad profundamente iliberal prefiere guardar la corrección antes que la libertad.

La relación entre libertad y democracia es tan fuerte como problemática. Las tentaciones autoritarias nunca están lo suficientemente lejos. La libertad se alimenta de sí misma. Nadie puede hacer uso de la libertad si no está dispuesto a que los demás también lo hagan. Cuidar esa libertad debería ser el principal objetivo de los demócratas, por encima de cualquier otro bien o de cualquier convención. Cualquier cosa debería ser preferible a censurar una opinión.

La capacidad de experimentación de la democracia reclama la tolerancia ante el error. Más radicalmente, podría asegurarse que la posibilidad del error es constitutiva de la posibilidad de mejorar de la democracia. Sin esa condición, es imposible arriesgar y crear, y sin eso no es posible imaginar la suma de graduales reformas que hacen más interesante cualquier experiencia particular de democracia. Una sociedad vigilada y autocontenida por una corrección política que reconoce un solo andarivel y que, pretendiéndose progresista, es profundamente conservadora agiganta los problemas de nuestras democracias.

La paradoja de la destrucción

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  Una versión de este artículo salió publicado en Jaque al Arte el 11 de septiembre de 2015

Desde hace algún tiempo, a partir de que tomo su dirección Victoria Noorthoorn, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, El Moderno, como les gusta que lo llamen, ha intentado reubicarse en el universo museístico y de exhibiciones de la ciudad y del país luego de pasar por distintas circunstancias poco gratas.

Entrar al museo produce una sensación extraña y placentera de extranjería. El ojo de buey gigantesco que deja ver parte del shop, más el blanco profundo de los muros y la escalera serpenteante de hierro negro forman una escenografía que no desentonaría en New York o en Berlín. La geografía humana, por su parte, acompaña la sensación, un personal muy joven recorre los pasillos, y los curadores pasean por las muestras dando alguna que otra explicación adicional a los visitantes.

Si algo se nota en esta nueva etapa del museo es que no hay nada librado al azar. Cada muestra, cada texto, cada recorrida y elección curatorial responde a una idea y aparece cristalinamente racional. La mano de Noorthoorn ayuda a reconciliarse con la posibilidad de una experimentación que no pierde rigurosidad. Algo muy poco frecuente en la Argentina, y no solo en el mundo del arte.

 La paradoja en el centro domina el segundo piso del museo y reúne 130 piezas – de las más de 10.000 que son propiedad del museo –  del periodo informalista argentino con obras de las décadas del 50 y 60, centrándose, de modo particular, en la conocida experiencia 68 del Instituto Di Tella. Como se sabe, Experiencia 68 fue la culminación de un proceso de creación artística muy importante y, muy probablemente, el momento en el cual arte y política mantuvieron una relación más íntima y también conflictiva.

Las búsquedas estéticas de aquellos años, marcadas fundamentalmente por el abandono de las formas y por la preponderancia de la accion-destruccion y de la materia, tuvieron en los artistas argentinos que están presentes en esta exhibición, intérpretes originales y creativos.

Esta vocación registra argumentos de época imposibles de desestimar, como la caída de certezas modernas a consecuencia de los descubrimientos del final de la Guerra y sus consecuencias en el lenguaje artístico. Las influencias del arte americano y, sobre todo, del action painting de Jackson Pollock. Este reconocimiento, sin embargo, no debiera excluir las influencias de los itinerarios vanguardistas de los años 40 en nuestro país. Así parece entenderlo también Javier Villa, el joven curador de la muestra, que coloca en diálogo franco las obras informalistas con trabajos del concretismo, como las de Carmelo Arden Quin y Raúl Lozza.

La exhibición tiene puntos muy altos en trabajos de Emilio Renart, Alberto Greco, Raquel Forner y Antonio Berni, que presentan de modo muy logrado un panorama de la época y de las tensiones buscadas por la curaduría.

Sucede casi siempre que dentro de una exposición, el visitante arma su propio sendero visual y termina por situarse en una muestra más pequeña contenida por la muestra general. En mi caso, hay un triángulo perfecto dentro de La paradoja en el centro que tiene en sus lados las obras de Lucio Fontana, Marta Minujin Y Antonio Trotta.

En el primero de los casos, Fontana actúa como un inspirador. Su acción directa y literal sobre la materia y la obra es el primer paso de una conversación paradojal entre acción y destrucción que justifica toda la puesta. Los Tagli de Fontana, violentos y expresivos son la condensación de un momento del arte argentino donde el espacio y la manipulación de la materia son los ejes fundamentales.

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Otro lado del triángulo. La destrucción, de Marta Minujín. El interés de esta obra es artístico pero también es histórico. La artista presenta a La destrucción como su primer happening y  el resultado lo confirma con creces. El registro de la experiencia es un video en el que se ven las obras de Minujin – trabajadas con colchones y otros elementos recogido en las calles parisinas- y las de otros artistas ardiendo en una pira entre sagrada y profana. Al mismo tiempo, Minujin soltó en el baldío donde todo estaba pasando, 500 pájaros y 100 conejos. Uno de los fotogramas más interesantes es el que muestra la intervención de Christo en la obra general. Como era habitual es esos tiempo, el artista búlgaro-americano envolvía en plástico casi todo lo que tuviera a mano. En este caso, a la propia Minujin, a la que ató a los colchones un poco antes de que todo ardiera.

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Fotograma de La destrucción, Marta Minujín, Paris, 1963

El triangulo imaginario se completa con Verificación Esquemática de Antonio Trotta. La obra, que trabaja sobre una estructura de maderas y espejos que incluyen casi inevitablemente al espectador, fue muy maltratada por la crítica de la época, imagino que por razones más políticas que estéticas. Experiencia 68 terminó con todos los artistas sacando su obra a la calle en protesta contra la censura. Trotta fue el único artista que no estuvo de acuerdo con esa actitud. Aún cuando no creo que la decisión tuviera dimensión política, lo cierto es que las críticas no perdonaron esa independencia. Más allá de esto, se trata de una obra descomunal en la que toda la sensibilidad de la época está reflejada con una mezcla de simplicidad y complejidad muy difícil de lograr.

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Verificación Esquemática, Antonio Trotta, 1968

De seguro, el espectador hará su propio itinerario en la muestra y unirá los puntos a su antojo. El Moderno pone la excusa para que las personas hagan el resto.

 

La paradoja en el centro, Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, Av. San Juan 350 Martes a viernes: 11 a 19 hs. Sábados, domingos y feriados: 11 a 20 hs. Lunes cerrado (excepto feriados).

Quedan los artistas

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Esta nota salió originalmente publicada en La Agenda el 9 de septiembre de 2015

“Los humanos hacen imágenes para aferrarse a lo que aman y van a perder”

Massimiliano Gioni, curador de la bienal de Venecia de 2013

Sarah Thornton tiene uno de los mejores trabajos del mundo. Su vida transcurre casi siempre en lugares muy bonitos y rodeada de personas que, más allá de su forma de ser un tanto petulante, son más interesantes que el resto de nosotros. Con ese material y con un impecable oficio etnográfico, Thornton logra mostrar al arte contemporáneo como un tema de interés analítico y, al mismo tiempo, como un mundo de experiencias que puede tener mucho de seductor para los que no viven dentro de él.

En este libro, el segundo dedicado al tema del arte contemporáneo, Thornton le hace caso a la cita de Duchamp y coloca en el centro a los artistas, desplazando al arte a un ligero segundo plano. El recorrido de entrevistas, encuentros, mails y conversaciones telefónicas se detiene en el número 33 sin que como lectores tengamos mucha idea del motivo. A juzgar por las casi 500 páginas del libro, probablemente la extensión tuvo algo que ver.

Como ya había pasado en Siete días en el mundo de arte, la metodología profunda de Thornton permanece oculta detrás de una capacidad narrativa deslumbrante. No es raro que Thornton sea canadiense, cuna de grandes escritores etnógrafos, pero ella supera la media gracias a su enorme capacidad para contar. Thornton es, antes que socióloga o antropóloga, una gran escritora, y eso es lo que le permite ofrecernos a los lectores estos ensayos de interpretación de un rigor y de una belleza muy poco frecuentes.

Thornton toma la figura de 33 artistas y los relaciona con tres dimensiones distintas, en tres actos diferentes. La política– más bien el poder- , las afinidades y el oficio. En el primer tramo, por lejos el más interesante, trabaja con la dificil relación del artista contemporáneo con el poder y la política y, por añadidura, con ese hijo bastardo que es el compromiso. En el segundo, el centro está ocupado por el amor. El amor a lo que se hace, a las personas con las que se lo hace y a los lugares donde se lo hace. También esta dedicado al odio, o al menos al rencor. Un odio que se despliega contra los otros, artistas y pares, y contra galeristas, coleccionistas y museos. El último capitulo esta consagrado a las cosas del oficio. A las maneras de trabajar, a los materiales y a la experimentación con el mercado y a la relación con el dinero, ese dios-diablo omnipresente.

Hace un tiempo, en Los misterios del rectángulo, Siri Hustdvedt dio la definición más exacta que tenemos hasta ahora sobre qué cosa es el arte contemporáneo. Según ella, el business está contenido en un triángulo cuyos lados están dibujados por los artistas y su obra, por el lugar donde esa obra se exhibe y por la suma de los escritos sobre la obra, el artista y el lugar de exhibición.

Esta trilogía aparece nítida en la obra de Thornton. Aquellos que hayan leído su trabajo anterior –también comentado en La Agenda- y los que lean este, verán como estas tres cosas se entrelazan continuamente para armar la trama del arte contemporáneo.

El riesgo mas interesante que asume Thornton en este libro, es el de mostrar, en sintonía con la elección del titulo, una suerte de dramaturgia de oposición entre los protagonistas. Pone a discutir, a veces explicita y a veces implícitamente, a artistas muy diferentes, con ideas muy enfrentadas y con trayectorias y biografías a primera vista irreconciliables. Es tanta la fuerza narrativa de la autora y el interés que despiertan los personajes que esta trama termina por ser fascinante.

Una de estas parejas en desavenencia es la que forman Jeff Koons y Ai Wei Wei. Koons es probablemente el artista vivo más caro del escenario contemporáneo y ha perfeccionado la idea Warholiana de factoría y de espectáculo a niveles impensables. Fue el primero en usar técnicas de marketing para instalar su figura personal y es el artista que entendió más rápido y mejor la relación directa entre mercado y obra. Su vida pública, además, es un verdadero muestrario de las técnicas de difusión masiva. Algunos escándalos, casamientos apropiados –se caso con La Cicciolina y trabajaron una serie casi pornográfica que causo bastante revuelo- y otros tantos divorcios bulliciosos, sirven para lograr lo único que le importa verdaderamente a Koons, la aceptación.

La crítica y los especialistas no le interesan demasiado, pero sí el publico. La búsqueda artística de esta aprobación parece simple, pero no lo es. Koons ha tratado de simplificar su arte lo suficiente como para hacerlo accesible y ha terminado por postular una posición epistemológica y política. La apuesta de Koons es la ir en busca de la percepción pura. La falta de una preparación previa de los ojos del público es, en Koons, todo un manifiesto en contra de la vanguardia y una denuncia sobre su elitismo.

“La aceptación elimina la angustia”, dice Koons, mientras diseña puppies enormes en los que trabajan cientos de personas y muñecos de Popeye el marino que terminan vendiéndose en 60 millones de dólares. Explica mucho sobre su propia autoimagen como artista el hecho que la exhibición que lanzo a la fama a Koons tuviera como título Banalidad. (Una nota al pie, antes de fin de año, los porteños vamos a poder ver un Koons. En la explanada del Mamba se va a mostrar una ballerina de las dos que Constantini compro para un emprendimiento en Miami.)

 

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El contendiente de Koons en el libro de Thornton es Ai Wei Wei. El artista chino es el más representativo de la relación íntima entre el arte contemporáneo y la política. En muchas cosas, es la contracara perfecta del artista americano. Le importa un bledo la aceptación. No trabaja para el público o para que lo mimen y quieran. Su trabajo, fundamentalmente, está basado en la generación de conflictos. Según él, ese conflicto es lo único positivo que un artista puede hacer para que su arte merezca la pena. Ai Wei Wei se lleva mal con el oficialismo chino, ha sido encarcelado y torturado y, ahora mismo, el Estado lo ha demandado por una cifra ridícula bajo cargos de evasión impositiva. La narración de la vida de Ai en China es espeluznante y muestra la verdadera dimensión de una dictadura. En una oportunidad, las autoridades lo secuestraron y torturaron durante tres meses y nunca avisaron a sus familiares. En ese contexto de trabajo, Ai Wei Wei logra ser un artista contemporáneo excepcional. Su obra es su propia existencia –instaló cámaras en todos los ambientes de su casa para transmitir su vida en directo por Internet- y sus dificultades no hacen mas que agrandar el horizonte objetivo y simbólico de su obra.

La más famosa de ellas, Semillas de Girasol, consiste en 100 millones de esculturas mínimas  de semillas de girasol hechas en porcelana. Una semilla cada 13 chinos y un material de asociación inmediata con la tradición del país. Para hacer esta monumental obra se requirieron 1600 obreros y tardaron dos años y medio. De paso, Ai Wei Wei, ayudo a mitigar la desocupación de todo un pueblo ocupando a sus jóvenes para hacer las semillas.

Los postulados políticos de Ai son explícitos. Por estos lados diríamos que claramente es un artista comprometido.

 

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La sofisticación de Thornton consiste en mostrar estos contrastes con el objetivo, un tanto secreto, de encontrar los puntos en común. Bajo la superficialidad de las diferencias entre la frivolidad de Koons y la militancia de Ai Wei Wei hay muchas coincidencias. Ambos son artistas que han comprendido la naturaleza de la contemporaneidad y han entendido que la construcción personal es tan importante como la propia obra.

Estas características particulares del arte contemporáneo lo convierten en un experimento político que muchas veces pasa inadvertido escondido tras las apariencias de cierta simplicidad conceptual y búsqueda neo-pop. Tanto Koons como Ai Wei Wei manejan estas relaciones a la perfección, pero con estilos distintos. Para el americano, hacer una referencia política explicita en su obra apagaría el deseo y eso lo alejaría de la aprobación. El deseo es la forma política de Koons.

Ai Wei Wei, en cambio, va directo al centro del poder en su manifestación violenta. Su propia biografía es una obra que cumple la función de los viejos manifiestos. La muestra de eso es que en Baidu, el google chino, si uno pone el nombre del artista no aparece nada. Lo mismo pasa con las palabras libertad, democracia y fornicar.

El libro de Thornton trabaja sobre las ambigüedades. Presenta diálogos conceptuales, vivenciales y de oficio entre protagonistas tan ricos como Damien Hirst, Cindy Sherman y Maurizio Cattelan. Las preguntas de la autora por lo general incomodan a los intérpretes obligándolos a decir cosas que están más allá de sus propias obras y, a menudo, de sus intenciones.

Los tres actos de este libro se arman con estas conversaciones. Para los que reconocen a los actores, es una confirmación de su genialidad y de su talento. Para los que lo descubren en la lectura, se abre un mundo nuevo lleno de palabras y de imágenes que desmienten la simplicidad con la que habitualmente se habla del arte contemporáneo.

Las cosas mas interesantes que suceden en el mundo son ambiguas, impuras y contradictorias. El arte contemporáneo tiene una dosis de cada uno de estos ingredientes y la literatura de Sarah Thornton lo refleja de un modo inteligente y amigable.

Como muestra de la combinación ambigua entre un aire frívolo y la comprensión de la hondura de la construcción personal como hecho estético, sirve un pasaje en el que Thornton le pregunta a Maurizio Cattelan acerca del arte marginal. El italiano, vestido con un impecable traje de rayas finas y una camisa tan blanca como la nieve, después de pensar unos segundos, le respondió. “EL arte marginal? A mi me gusta servido en copas de cristal.”

Intelectuales para un tiempo nuevo

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Esta nota fue publicada en la sección Opinión del diario La Nación el 24 de julio de 2015

La política argentina tiene una pésima relación con las ideas. La mayoría de las veces, las usa como exorcismos, como legitimadoras externas a sus propias prácticas. Pero, en definitiva, no son más que un incómodo adorno urdido con palabras al que, convenientemente, se lo esconde detrás de un expediente o de una encuesta.

Aún así, los intelectuales, esos personajes esquivos, contradictorios y a menudo pedantes, consiguen hacerse un lugar, esporádicamente, en el debate público. SI bien la historia de las ideas puede dar algunas versiones sobre el nacimiento de la figura moderna del intelectual, esta no está ajena a controversias y disputas. En la búsqueda de una definición mínima y provisoria, se podría agrupar dentro de este colectivo a todos aquellos que tienen como profesión el empleo, la producción y la promoción de las ideas. Una definición de este tipo es interesante pero no permite distinguir con la suficiente especificidad a la especie intelectual.

Henry Bergson era un gran filósofo, pero es más difícil verlo como un intelectual. Albert Camus, en cambio, era las dos cosas. José Gaos fue un pensador notable, pero José Ortega Y Gasset fue un intelectual ineludible. La inmersión en el mundo hace la diferencia.

En nuestro pequeño teatro político, la imagen del intelectual ha sufrido algunas fricciones durante el ciclo populista. La potencia enunciativa del populismo se mezcló con la evidente falta de audacia de los oponentes para colorear una escenografía cargada de figuras exageradas y beligerantes. La idea del intelectual como militante de un espacio político determinado no es nueva pero la construcción de una retórica de la resistencia desde el poder sí lo es. El kirchnerismo intelectual enarboló durante diez años un discurso hipotéticamente crítico desde la abundancia del poder estatal, lo que terminó vaciando de contenido al discurso. La culminación de este proceso tomó la forma del disparate en la existencia de una institución como la Secretaría de Coordinación General para el Pensamiento Nacional. Más allá de reconocer exasperaciones y ánimos exclusivistas, justo es reconocer que estas de actitudes oficialistas no tuvo enfrente una oposición adecuada y con el mismo peso.

Claro que se escribieron buenos libros y artículos no kirchneristas, pero el universo cultural opositor nunca alcanzó a tener capacidad real para establecer una agenda distinta de categorías políticas o un grupo de temas alternativos a los que fijaba la mirada oficial.

Desde mi punto de vista, esa dificultad reside en un problema de enfoque epistemológico. La mayoría de los accesos analíticos sobre el kirchnerismo fueron descriptivos, lo que terminó por dotar al oficialismo intelectual y político de una serie de categorías y atributos que él mismo no hubiera podido construir con tanta potencia. Es posible pensar que los esfuerzos más grandes de definición del kirchnerismo provinieron del universo intelectual opositor.

Casi la totalidad de la producción intelectual de los no kirchneristas estuvo en disposición de develar las inconsistencias y las mentiras del “relato”. De este modo, todo se redujo a un ejercicio a favor de la verosimilitud. Las metáforas de desenmascaramiento se impusieron a las de creación. Esto plantea un problema de gran significado filosófico. Por un lado, se pone en controversia el verdadero peso de la verdad pensada como reflejo y, por el otro, se cae en un proceso de moralización que termina en la inacción política. Si a esto se le suma el temperamento clásico de la intelectualidad argentina, formada casi exclusivamente en la idea de crítica, sucedió que, inadvertidamente, el espacio intelectual no populista quedó atrapado en una gramática de resistencia que impidió la generación de esperanza social.

El próximo gobierno no será una continuidad automática y calcada del kirchnerismo.

En el terreno intelectual, queda un desafío enorme por delante si se quiere privilegiar la imaginación y la confianza frente al sacrificio y la tragedia. Argentina tiene un gran problema de autoestima. Muchos de nosotros actuamos como si ya no valiera la pena. Si aún existe alguna posibilidad de reversión, pasa por la creación de un espacio de auto confianza que se parece mucho al amor a la patria. El problema es que la retórica rancia del populismo puso esa dimensión en paralelo con el nacionalismo y  la barra brava. Para los países, el amor a la patria es como la autoestima para las personas. No se puede lograr nada sin eso, pero tampoco se logra nada si se cae en exageraciones. Argentina es el país de Ricardo Forster y de Anibal Fernandez, pero también es el de Borges y el de Le Parc y Kosice.

Por eso es que no se puede simplificar. Es muy importante encontrar el lenguaje más útil para escapar a la vez de la tentación de repetir la lógica sacrificial que propone el canon crítico en el que en buena medida nos hemos formado, sin que eso termine haciéndonos caer en una suerte de optimismo bobo y en un entusiasmo sin experiencias concretas.

Si este año hacemos algo más que cambiar un presidente por otro, sería bueno que examinemos la idea del pensador y su lugar en la vida pública. Para ser útil, este personaje debe tener la capacidad de mezclar las palabras de un modo que resulte más atractivo y, al mismo tiempo, no perder fuerza teórica y capacidad analítica. Habrá que ocuparse de temas terrenales, como los partidos políticos y la coparticipación federal, pero debería poder hacerse como quién improvisa en una jam sesión, en donde los instrumentos son las voces inteligentes de las personas armando una conversación.

Los pensadores contemporáneos tienen que serlo también en su relación con la tecnología. No para rendirse a un renovado fetichismo sino para entender dos cuestiones que son fundamentales. La incorporación de tecnología está cambiando la forma de construcción de la subjetividad y esto tiene un impacto enorme en la política democrática. Si el centro de la acción política liberal es el individuo, la manera en que este construye su autoimagen y la de sus semejantes es una tarea de primer orden. Comprender este proceso, entendiendo que se está viviendo dentro mismo del cambio es parte del proceso creativo del presente. Por otro lado, las formas de la tecnología modifican la lógica comunicacional de un modo radical. Así como en su momento filósofos tan importantes como Peter Sloterdijk o Bernard-Henri Lévy entendieron mejor que nadie la forma comunicacional televisiva y lograron seducir desde allí a un público no especializado, los intelectuales de este tiempo no pueden prescindir de las redes sociales y de su potencia para ampliar los horizontes de sentido. Además, y a modo de un editor global y universal, tienen una responsabilidad muy estimulante en la selección de contenidos.

Las experiencias colectivas de reflexión que están trabajando en Argentina, tanto las más consolidadas como Carta Abierta y el Club Político Argentino como aquellas más esporádicas y menos visibles como Plataforma 2012, se han mostrado, en forma y contenido, más parecidas a los salones vieneses del novecientos que a espacios ágiles, creativos y dúctiles. Estos grupos, tal vez demasiado marcados por rutinas ligadas al prestigio académico, la acreditación o las capillas intelectuales pierden un terreno de creatividad y eficacia que resulta inestimable para el futuro. Una reflexión en torno a comportamientos gregarios exclusivistas, a la relación con los partidos y a las formas de intervención sería muy útil para hacer más interesante la intimidad entre ideas y políticas.

Argentina necesita redemocratizar su vida pública y revertir el camino tembloroso y descendente que ha tomado desde hace demasiado tiempo. Las personas que ocupan la mayoría de su tiempo en pensar pueden ayudar entendiendo que es posible ser riguroso en el juego y ser creativo sin el acicate del dolor. En definitiva, se trata de pensar en la política de la felicidad sin por eso caer en la falta de compromiso con el trabajo intelectual.

 

Un acuerdo que le hace bien a la democracia

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Esta nota fue publicada en la sección Opinión del diario La Nación el 12 de mayo de 2015

El acuerdo entre la Unión Cívica Radical y Pro es la novedad más interesante que presenta un escenario político marcado por la finalización constitucional de un ciclo de gobierno que deja huellas profundas en la cultura política argentina. Más allá de las reconocidas dificultades de la política argentina por lograr que acuerdos coyunturales se conviertan en coaliciones estables, las posibilidades existen. Si no se imponen lógicas conservadoras -un escenario que es altamente probable- el acuerdo UCR-Pro puede colaborar para que la elección de este año no marque sólo un cambio de plantel estatal.

La unión entre ambos partidos le ofrece al ciudadano una herramienta con la que terminar este ciclo de más de una década de populismo, lo que hace de esta coalición un hecho políticamente correcto y embellecedor para la política argentina. Una construcción distinta y virtuosa aparece cada vez más como algo importante, sobre todo, como contraste frente a sucesos actuales del pan peronismo, que refuerzan las condiciones conservadoras y facciosas de resolución de conflictos internos.

El radicalismo y Pro pueden salir robustecidos de este acuerdo y beneficiarse mutuamente si son capaces de aceptar debilidades y fortalezas. Ambos partidos viven dentro del sistema político argentino y se alimentan de sus horrores. Ambas fuerzas admiten una cartografía de flaquezas muy grande, pero sería injusto no reconocer sus virtudes e irresponsable no ponderar sus potencialidades.

En primer lugar, el acuerdo coloca en una situación de modernidad política a ambas fuerzas. La capacidad para pasar por encima de las consecuencias de un sistema de partidos fragmentado y anárquico construyendo una coalición de gobierno institucionalizada y estable los muestra como actores inteligentes e informados que comprenden de las realidades políticas globales.

La combinación virtuosa de lo mejor de ambos partidos puede convertirse, entonces, en la arcilla ideal para una construcción interesante.

La imagen más atractiva de Pro, en términos simbólicos, es su falta de muertos y la ausencia de rasgos sacrificiales. Es el único partido en la Argentina que no tiene mártires. Al no tener próceres puede evitar tomarse la temperatura espiritual varias veces por año en conmemoraciones mortuorias. Esto tiene como consecuencia lógica la ausencia del discurso lacrimógeno y nostálgico tan presente en los partidos tradicionales. Pro no aprovechó nunca esto de un modo creativo. El hecho inédito de no necesitar llorar podría haberse convertido en el eje narrativo de la identidad de Pro mucho más eficazmente que sus inclinaciones personalistas, tan literalmente expuesta en la idea del ADN-Pro.

Otra de las virtudes, muchas veces inadvertidas a golpe de prejuicio, es que Pro es uno de los partidos políticos más y mejor estructurados de todo el sistema político argentino. Es el único que destina lo que legalmente está previsto para la formación de dirigentes y que ha mantenido en el tiempo un think tank que funciona y produce. Ha tenido la inteligencia, además, de utilizar este equipo como semillero para promover candidatos y figuras públicas. Se puede estar más o menos a favor del sesgo y de la producción de la Fundación Pensar, pero no se puede decir que no existe o que es una mera pantalla para desviar fondos. En el mismo tono, Pro es la única fuerza política que tiene una escuela de dirigentes donde se forma a jóvenes de todo el país en las distintas áreas de gobierno.

El Pro ha demostrado, además, tener la capacidad de convertirse en el único partido fuera del bipartidismo tradicional, que ha logrado permanecer en el tiempo, crecer territorialmente expandiéndose a las provincias y a la vez gobernar el distrito de mayor visibilidad política de nuestro país.

Dejo para el final una de las más importantes ventajas que le lleva Pro al resto del sistema político. Es un partido que sabe y al que le parece bien que los ciudadanos le dediquen más tiempo a su vida privada que a las cuestiones de la vida pública y la política. Tanto su discurso como su gestión están dispuestos de modo tal que el gobierno hace su trabajo sin reclamarle a las personas que se conviertan en militantes. Esta manera de entender la política es la más rica para nuestra experiencia contemporánea y la más útil para restablecer genuinamente la relación entre la política y los ciudadanos.

A un partido centenario como la Unión Cívica Radical, con tantas rutinas, con tantas efemérides y tanta sobreideologización, le hará bien relacionarse con estas virtudes de Pro. Si se mira en ese espejo puede valorizar el enorme aporte que puede hacer un grupo de jóvenes (y no tanto) dirigentes para modernizar el partido y colaborar en el fortalecimiento de la democracia argentina. Si hace esto con eficacia, es decir, si se potencia con las habilidades de su nuevo socio, la UCR podrá aligerar su sesgo conservador y convertirse en un lugar atractivo para aquellos que sientan curiosidad por la vida pública. El radicalismo tiene mucho para ganar en un acuerdo con Pro, pero debe actuar inteligentemente. La primera inteligencia es la de no dejarse ganar por una culpa ideológica que carece de sustento.

Pro, por su lado, puede crecer con las virtudes del radicalismo. Puede utilizar las ventajas de la tradición política radical, vinculada al debate, al respeto por la palabra compartida y puede habituarse con mayor comodidad al intercambio de opiniones y argumentos. La lógica democrática de exteriorización de las diferencias -encarnada en las discusiones de la convención de Gualeguaychú- es un valor muy potente de la tradición radical de la que Pro tiene mucho que aprender.

Desde el punto de vista institucional, la enorme experiencia del radicalismo, tanto histórica como presente, en el manejo de la cosa pública y el entrenamiento de sus cuadros en la administración estatal en todos sus niveles contrasta con la habitual inexperiencia de algunas incorporaciones de Pro, provenientes de otras dimensiones de la vida social.

Por otro lado, el enraizamiento que tiene el radicalismo a nivel territorial puede ser un excelente vehículo para que Pro llegue a lugares, sectores sociales y personas a los que hoy no tiene acceso. Desde la perspectiva del Pro, una primaria nacional con la UCR es el reconocimiento definitivo de su estatus de partido nacional.

La implantación universitaria del radicalismo es otro de los bienes incalculables para la simbiosis UCR-Pro. El radicalismo aporta una relación vital con las universidades argentinas, con sus producciones y con las personas formadas allí que el Pro no tiene y esto abre un espacio de creación sumamente interesante.

Los procesos políticos llegan hasta donde llega el talento y la sensibilidad de sus protagonistas. El acuerdo entre la UCR y el Pro no es un experimento sencillo y como todo ejercicio, puede salir mal. Las experiencias recientes, tanto en Mendoza y Santa Fe, como en Neuquén y en la Ciudad de Buenos Aires muestran claramente esa complejidad. Con resultados disímiles en realidades distintas, el acuerdo avanza a tientas, con intención de caminar con el tiempo con un poco más de seguridad.

Aún así, y más allá de cálculos electorales inmediatos, todos atendibles y legítimos, el acuerdo de ambas fuerzas acepta hospitalariamente argumentos a favor. El más importante y fundamental es el de demostrar la inteligencia y la sensibilidad necesarias para comprender que las democracias contemporáneas requieren de coaliciones políticas que diluyan las diferencias y potencien los puntos de acuerdo. Si nadie tuviese miedo y se asumieran algunos riesgos, las potencialidades aumentarían en proporción geométrica. Con un poco de osadía, inteligencia y sensibilidad, la elección de 2015 no sólo cerrará el ciclo populista sino que puede iniciar el camino complicado pero esperanzador de la modernización democrática argentina.