Quedan los artistas

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Esta nota salió originalmente publicada en La Agenda el 9 de septiembre de 2015

“Los humanos hacen imágenes para aferrarse a lo que aman y van a perder”

Massimiliano Gioni, curador de la bienal de Venecia de 2013

Sarah Thornton tiene uno de los mejores trabajos del mundo. Su vida transcurre casi siempre en lugares muy bonitos y rodeada de personas que, más allá de su forma de ser un tanto petulante, son más interesantes que el resto de nosotros. Con ese material y con un impecable oficio etnográfico, Thornton logra mostrar al arte contemporáneo como un tema de interés analítico y, al mismo tiempo, como un mundo de experiencias que puede tener mucho de seductor para los que no viven dentro de él.

En este libro, el segundo dedicado al tema del arte contemporáneo, Thornton le hace caso a la cita de Duchamp y coloca en el centro a los artistas, desplazando al arte a un ligero segundo plano. El recorrido de entrevistas, encuentros, mails y conversaciones telefónicas se detiene en el número 33 sin que como lectores tengamos mucha idea del motivo. A juzgar por las casi 500 páginas del libro, probablemente la extensión tuvo algo que ver.

Como ya había pasado en Siete días en el mundo de arte, la metodología profunda de Thornton permanece oculta detrás de una capacidad narrativa deslumbrante. No es raro que Thornton sea canadiense, cuna de grandes escritores etnógrafos, pero ella supera la media gracias a su enorme capacidad para contar. Thornton es, antes que socióloga o antropóloga, una gran escritora, y eso es lo que le permite ofrecernos a los lectores estos ensayos de interpretación de un rigor y de una belleza muy poco frecuentes.

Thornton toma la figura de 33 artistas y los relaciona con tres dimensiones distintas, en tres actos diferentes. La política– más bien el poder- , las afinidades y el oficio. En el primer tramo, por lejos el más interesante, trabaja con la dificil relación del artista contemporáneo con el poder y la política y, por añadidura, con ese hijo bastardo que es el compromiso. En el segundo, el centro está ocupado por el amor. El amor a lo que se hace, a las personas con las que se lo hace y a los lugares donde se lo hace. También esta dedicado al odio, o al menos al rencor. Un odio que se despliega contra los otros, artistas y pares, y contra galeristas, coleccionistas y museos. El último capitulo esta consagrado a las cosas del oficio. A las maneras de trabajar, a los materiales y a la experimentación con el mercado y a la relación con el dinero, ese dios-diablo omnipresente.

Hace un tiempo, en Los misterios del rectángulo, Siri Hustdvedt dio la definición más exacta que tenemos hasta ahora sobre qué cosa es el arte contemporáneo. Según ella, el business está contenido en un triángulo cuyos lados están dibujados por los artistas y su obra, por el lugar donde esa obra se exhibe y por la suma de los escritos sobre la obra, el artista y el lugar de exhibición.

Esta trilogía aparece nítida en la obra de Thornton. Aquellos que hayan leído su trabajo anterior –también comentado en La Agenda- y los que lean este, verán como estas tres cosas se entrelazan continuamente para armar la trama del arte contemporáneo.

El riesgo mas interesante que asume Thornton en este libro, es el de mostrar, en sintonía con la elección del titulo, una suerte de dramaturgia de oposición entre los protagonistas. Pone a discutir, a veces explicita y a veces implícitamente, a artistas muy diferentes, con ideas muy enfrentadas y con trayectorias y biografías a primera vista irreconciliables. Es tanta la fuerza narrativa de la autora y el interés que despiertan los personajes que esta trama termina por ser fascinante.

Una de estas parejas en desavenencia es la que forman Jeff Koons y Ai Wei Wei. Koons es probablemente el artista vivo más caro del escenario contemporáneo y ha perfeccionado la idea Warholiana de factoría y de espectáculo a niveles impensables. Fue el primero en usar técnicas de marketing para instalar su figura personal y es el artista que entendió más rápido y mejor la relación directa entre mercado y obra. Su vida pública, además, es un verdadero muestrario de las técnicas de difusión masiva. Algunos escándalos, casamientos apropiados –se caso con La Cicciolina y trabajaron una serie casi pornográfica que causo bastante revuelo- y otros tantos divorcios bulliciosos, sirven para lograr lo único que le importa verdaderamente a Koons, la aceptación.

La crítica y los especialistas no le interesan demasiado, pero sí el publico. La búsqueda artística de esta aprobación parece simple, pero no lo es. Koons ha tratado de simplificar su arte lo suficiente como para hacerlo accesible y ha terminado por postular una posición epistemológica y política. La apuesta de Koons es la ir en busca de la percepción pura. La falta de una preparación previa de los ojos del público es, en Koons, todo un manifiesto en contra de la vanguardia y una denuncia sobre su elitismo.

“La aceptación elimina la angustia”, dice Koons, mientras diseña puppies enormes en los que trabajan cientos de personas y muñecos de Popeye el marino que terminan vendiéndose en 60 millones de dólares. Explica mucho sobre su propia autoimagen como artista el hecho que la exhibición que lanzo a la fama a Koons tuviera como título Banalidad. (Una nota al pie, antes de fin de año, los porteños vamos a poder ver un Koons. En la explanada del Mamba se va a mostrar una ballerina de las dos que Constantini compro para un emprendimiento en Miami.)

 

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El contendiente de Koons en el libro de Thornton es Ai Wei Wei. El artista chino es el más representativo de la relación íntima entre el arte contemporáneo y la política. En muchas cosas, es la contracara perfecta del artista americano. Le importa un bledo la aceptación. No trabaja para el público o para que lo mimen y quieran. Su trabajo, fundamentalmente, está basado en la generación de conflictos. Según él, ese conflicto es lo único positivo que un artista puede hacer para que su arte merezca la pena. Ai Wei Wei se lleva mal con el oficialismo chino, ha sido encarcelado y torturado y, ahora mismo, el Estado lo ha demandado por una cifra ridícula bajo cargos de evasión impositiva. La narración de la vida de Ai en China es espeluznante y muestra la verdadera dimensión de una dictadura. En una oportunidad, las autoridades lo secuestraron y torturaron durante tres meses y nunca avisaron a sus familiares. En ese contexto de trabajo, Ai Wei Wei logra ser un artista contemporáneo excepcional. Su obra es su propia existencia –instaló cámaras en todos los ambientes de su casa para transmitir su vida en directo por Internet- y sus dificultades no hacen mas que agrandar el horizonte objetivo y simbólico de su obra.

La más famosa de ellas, Semillas de Girasol, consiste en 100 millones de esculturas mínimas  de semillas de girasol hechas en porcelana. Una semilla cada 13 chinos y un material de asociación inmediata con la tradición del país. Para hacer esta monumental obra se requirieron 1600 obreros y tardaron dos años y medio. De paso, Ai Wei Wei, ayudo a mitigar la desocupación de todo un pueblo ocupando a sus jóvenes para hacer las semillas.

Los postulados políticos de Ai son explícitos. Por estos lados diríamos que claramente es un artista comprometido.

 

AI+WEIWEI+PORTRAIT

 

La sofisticación de Thornton consiste en mostrar estos contrastes con el objetivo, un tanto secreto, de encontrar los puntos en común. Bajo la superficialidad de las diferencias entre la frivolidad de Koons y la militancia de Ai Wei Wei hay muchas coincidencias. Ambos son artistas que han comprendido la naturaleza de la contemporaneidad y han entendido que la construcción personal es tan importante como la propia obra.

Estas características particulares del arte contemporáneo lo convierten en un experimento político que muchas veces pasa inadvertido escondido tras las apariencias de cierta simplicidad conceptual y búsqueda neo-pop. Tanto Koons como Ai Wei Wei manejan estas relaciones a la perfección, pero con estilos distintos. Para el americano, hacer una referencia política explicita en su obra apagaría el deseo y eso lo alejaría de la aprobación. El deseo es la forma política de Koons.

Ai Wei Wei, en cambio, va directo al centro del poder en su manifestación violenta. Su propia biografía es una obra que cumple la función de los viejos manifiestos. La muestra de eso es que en Baidu, el google chino, si uno pone el nombre del artista no aparece nada. Lo mismo pasa con las palabras libertad, democracia y fornicar.

El libro de Thornton trabaja sobre las ambigüedades. Presenta diálogos conceptuales, vivenciales y de oficio entre protagonistas tan ricos como Damien Hirst, Cindy Sherman y Maurizio Cattelan. Las preguntas de la autora por lo general incomodan a los intérpretes obligándolos a decir cosas que están más allá de sus propias obras y, a menudo, de sus intenciones.

Los tres actos de este libro se arman con estas conversaciones. Para los que reconocen a los actores, es una confirmación de su genialidad y de su talento. Para los que lo descubren en la lectura, se abre un mundo nuevo lleno de palabras y de imágenes que desmienten la simplicidad con la que habitualmente se habla del arte contemporáneo.

Las cosas mas interesantes que suceden en el mundo son ambiguas, impuras y contradictorias. El arte contemporáneo tiene una dosis de cada uno de estos ingredientes y la literatura de Sarah Thornton lo refleja de un modo inteligente y amigable.

Como muestra de la combinación ambigua entre un aire frívolo y la comprensión de la hondura de la construcción personal como hecho estético, sirve un pasaje en el que Thornton le pregunta a Maurizio Cattelan acerca del arte marginal. El italiano, vestido con un impecable traje de rayas finas y una camisa tan blanca como la nieve, después de pensar unos segundos, le respondió. “EL arte marginal? A mi me gusta servido en copas de cristal.”

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Elogio de la acción política

Hefesto

Esta nota fue publicada el 9 de diciembre de 2014 en Bastión Digital

El terreno de la política es a menudo tan pantanoso que aquello que en otros ámbitos pueden parecer virtudes se convierten en sospechas y fallidos. A nadie se le ocurriría discutir el valor de la estrategia y la planificación en el mundo de los negocios o de la producción, pero eso mismo, en la esfera de la política, la mayoría de las veces toma la forma de la especulación.

Los políticos profesionales, afectos a medir sus acciones en relación con lo que creen saber del humor ciudadano, toman esta percepción demasiado al pie de la letra y esto genera como consecuencia un apego excesivo a la inacción política. Organizan actividades, recorren los barrios y van a programas de radio y televisión. Sin embargo todo esto no logra superar el umbral de la exposición y no suele generar una estricta acción política, es decir, ese tipo de acción que modifica el escenario y que, por un momento, hace que la ciudadanía mire a la política con mayor atención. La acción política es un particular modo de acción que admite definiciones desde diferentes familias teóricas. Desde una perspectiva pluralista, la acción política combina dos elementos fundamentales. Por un lado, una noción extendida de la comunicación, y por el otro una promoción y apropiación del momento y del acontecimiento (de la historia, del tiempo y de la política) en clave radicalmente intersubjetiva. Abandonarse a la inacción, consagrar lo que llamo política de la espera, impide valorar la dimensión más rica de la política. En cierto sentido quita a la política del mundo, de la historia y del tiempo, separándola así del terreno de lo humano y de lo proteico.

Esta política de la espera genera su propia profecía autocumplida. Los ciudadanos no esperan nada de la política y la política le responde ofreciéndole poco y malo. Este juego se torna, en su naturalización, sumamente perverso ya que alimenta recursivamente un enredado manojo de desresponsabilizaciones que impactan más de lo que se advierte en la forma de vivir la democracia. Los ciudadanos desconfían de la palabra política y los políticos no dicen lo que piensan por temor a ahuyentar votos. En suma, no se asumen riesgos y se abandona, conscientemente, el papel docente que puede asumir la práctica política.

Este diálogo entre acción y espera tiene, ocasionalmente, sus contrastes. Cuando se genera una acción política, la experiencia se modifica y los escenarios se movilizan.

Desde mi punto de vista, la relación entre acción e inacción política es de los tópicos más importantes e interesantes de estos tiempos. Expresa, de un modo ostensible, dos temperamentos contrapuestos entre la posibilidad de arriesgar y el conservadurismo.

La política de la espera es, fundamentalmente, conservadora. No asume riesgos por temor a perder y no asume responsabilidades por temor a gobernar. Le conviene mucho más partidos empobrecidos pero controlables, que partidos en expansión, crecimiento y vitalidad. El conservadurismo promueve el paso del tiempo como política porque sabe que al final de ese camino va a poder garantizar su propia supervivencia.

La política que desconfía de la acción está más preocupada por el pasado que por el futuro. Le importa más ser el sostén de un núcleo de tradiciones y rutinas que comprometerse en cambiar. Así, la nostalgia se consolida como categoría política y todo se reduce a un ejercicio poco riguroso de discursos y narrativas generales y vacías que simulan moverse pero en realidad están quietas.

Para conceder un palmo a los rigores de la realidad política se hace necesario establecer aquí una digresión. La política de la espera y la inacción ha demostrado ser altamente redituable para muchos de sus promotores. El escenario político está repleto de personajes que cumplen a rajatabla el sintagma conservador y que les va muy bien. La discusión que esto plantea es clara y compleja a la vez y nos coloca frente al deseo y la preferencia. No es extraño que en una democracia empobrecida la ciudadanía no exija nada a políticos que no proponen nada. El riesgo democrático que esto implica parece pasar inadvertido y no figura en ninguna agenda, pero está allí como una hipoteca a medio firmar.

Si lo que se quiere es otra cosa, si a lo que se aspira es a una democracia más viva, con una experiencia más rica y estimulante, entonces el camino deberá ser otro. Sobre todo con el tamaño del desafío argentino de los próximos años. Es doloroso ver cómo conviven en aparente armonía una caracterización trágica de la vida nacional, marcada por la desigualdad, la desesperanza, el narcotráfico y la corrupción con una política opositora que espera, calcula, hace estrategias, pone límites y mira encuestas como si estuviéramos es una situación de normalidad.

La falta de acción política tiene muchos riesgos, uno de ellos, para nada menor, es quedar atrapados en la exclusividad de un relato. Sólo que esta vez esto no podrá adjudicarse al populismo en particular o al peronismo en general sino al universo de la oposición. No parece un gran destino pasarse diez años hablando contra un relato para conformarse solamente con construir otro, hipotéticamente virtuoso pero a la vez inútil.