El show de los buitres

buitres

Este artículo fue publicado originalmente en la edición del 31 de julio de 2014 de Bastión Digital

Cuando los tiempos vienen flacos en términos de ideas, una de las maneras de enmascarar la situación y de intentar que pase desapercibida es apelando a la lógica de la comparación. Comparar hechos históricos, personajes y procesos sociales sin rigurosidad y sin crítica ayuda al político, pero también al periodista, al analista político y al asesor a sostener su espacio vital sin el remordimiento de la falta de creatividad.

El último ejemplo de este esquema está entre nosotros bajo la forma de algo denominado “malvinización del default”. El giro remite, obviamente, al interés por parte del gobierno nacional por convertir una enorme torpeza administrativa en una gesta nacional. Dos elementos parecen demostrar una buena lectura por parte del gobierno cuando orienta las cosas hacia esa orilla. Por un lado, ha mejorado en la percepción pública desde que eligió esta estrategia y, por el otro, ha logrado sumir a la oposición política en un estruendoso silencio.

El gobierno ha interpretado, una vez más con eficacia, el espíritu profundo y preeminentemente conservador de la sociedad argentina. Con alguna honrosa excepción, la oposición política y cultural argentina no ha sabido qué hacer frente a la estrategia de nacionalizar el tema del default y la discusión con los fondos abuitruizados. Parece una especie de sacrilegio atacar al gobierno frente al embate de semejantes monstruos. Además, no hay demasiadas ideas, al menos no se han hecho públicas, acerca del modo en que podría resolverse el problema.

La sociedad parece acompañar la indulgencia opositora. Los estudios de opinión pública marcan un sostenido repunte de la percepción positiva hacia el gobierno nacional desde que se inició la puesta en escena alrededor del default y de la judicialización en Estados Unidos del tema de los bonos argentinos. Como si se tratase de una pelea entre judocas, la fuerza de un argumento alimenta al otro. La desesperante capacidad para el uso de la corrección política de nuestra dirigencia ve confirmada su precaución sobre el tema y no se anima, mitad por convicción y mitad por temor, a perder el afecto de la ciudadanía. No se escuchan críticas al gobierno nacional de un modo abierto y franco. Lo que he descripto hasta aquí, cambiando algún personaje y algún hecho puntual, puede haber sido escrito en cualquier instante de la historia del kirchnerismo.

Pero, ¿qué hace de éste un momento particular?

Más allá de las dimensiones jurídicas y económicas, lo que me interesa de este tiempo es pensar acerca de las consecuencias y derivaciones políticas que la forma de tratar el problema tiene dentro del universo de la política argentina. Una vez más, y de un modo que no resulta tranquilizador, aparece la constante del nacionalismo como arcilla indispensable para unificar los actos y discursos de la sociedad política y de la sociedad civil. La apelación malvinera nunca es lo que es.

Las reivindicaciones sobre las islas nunca tratan específicamente sobre el territorio sino que exploran esa fibra patriótica que, hipotéticamente, nos hace únicos y mejores. Esta tensión nacionalista no pasaría de ser una anécdota si no fuera por su repetición y por su efectividad. El resultado de la extensión del nacionalismo está a la vista para aquel que no se distraiga.

La utilización por parte del gobierno nacional del espejo patrio frente al imperialismo, los poderosos y en definitiva “los otros” parece darle algunos resultados objetivos. Por un lado, mejora en la consideración pública y, por el otro, logra el silencio de la oposición. La lógica nacionalista, además, refuerza el dialecto populista del planteo amigo-enemigo y, como si no bastara, recrea un juego agonal ciertamente macabro. La reivindicación malvinera, nunca habría que olvidarlo, es la reivindicación de una guerra.

La política democrática es un asunto difícil. La gestión del Estado, en lugares como el nuestro, tiene desafíos enormes en términos de políticas públicas, administración de la justicia y organización institucional. Si se los encara desde una perspectiva conceptual nacionalista, los riesgos son muy altos. El nacionalismo, además de proponer todo el tiempo una percepción conspirativa y autoflagelante, viene acompañado de un hijo menor, el provincianismo, que impide pensar al país y a la sociedad como miembros iguales de una comunidad de países y de ciudadanos.

El nacionalismo refuerza el atávico y peligroso mito de la pureza y de la exclusividad. Nos separa del mundo y nos separa de las formas en las que se está creando la subjetividad contemporánea. No caben aquí responsabilidades particulares sobre un partido o sobre otro. Nuestra vieja estrategia de culpar al peronismo fracasa en este caso, dado que la pasión nacionalista no se detiene a las puertas de ningún partido y forma un reguero preocupante en la sociedad argentina.

Los dos obstáculos más fuertes que tiene una democracia liberal son el nacionalismo y el personalismo. Curiosamente, son nuestros dos males mayores y dos características de la política argentina que una inmensa cantidad de ciudadanos no parece dispuesto a impugnar, sino a celebrar.

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