¿No existe otra manera de pensar el conflicto docente?

Este artículo fue publicado por la Agencia TELAM el 13.03.17

La política argentina nunca es calma. Nunca lo es, pero esta última semana las cosas se salieron de madre. Una parte de nuestra vida política, esa que se regodea en su propio conservadurismo, la que reinventa una y otra vez los mismos ritos, los mismos gritos y las mismas consignas, emergió y se pavoneó frente a nosotros con impunidad y falta de responsabilidad.

Como en uno de esos bellos cuadros de Escher, pero sin su belleza, la política argentina se pierde en esas escaleras incesantes que parecen no llevar a ningún lado. Nuestra vida pública puede adivinarse perdida, gris, en medio de los también grises senderos escherianos, sin saber bien hacia dónde continuar, dudando del camino y de su llegada a buen puerto.

Dentro de una semana pródiga en desatinos, el conflicto docente destaca por su importancia concreta. Los docentes de las escuelas públicas de todo el país, llevados por la lógica gremial y política del sindicato de la provincia de Buenos Aires, no comenzaron las clases el lunes 6 y llevaron el comienzo al miércoles o, incluso, al jueves en algunos distritos.

Este conflicto no es cualquier conflicto. El valor histórico y simbólico de la educación en nuestro país desafía al realismo que surge de la historia reciente. Hay una tensión explícita entre el registro cultural que se tiene sobre la educación y el valor concreto que se le asigna -por parte de los actores principales- en los hechos y percepciones del presente. Es cierto que el maestro está revestido de un aura impecable y casi religiosa, pero no es menos cierto que su papel en la sociedad ha cambiado para peor y que sus argumentos de autoridad están en plena crisis.

Desde el punto de vista social, si bien la costumbre ha colocado a la educación como uno de nuestros principales puntos de interés, no es menos cierto que el deterioro educativo es sostenido desde hace años sin que aparezcan revulsivos institucionales que lo atiendan. En esa misma dirección, basta recordar que hace pocos años las escuelas bonaerenses perdieron el primer mes de clases sin que pasara demasiado y que las pruebas internacionales dejan cada vez más lejos a la Argentina dentro del sistema educativo global, sin que eso genere más que algunas aisladas y ponderables reacciones de los especialistas.

El problema de la educación en Argentina es muy complejo, y existen quienes lo tratan con una solvencia de la que carezco, pero creo que puede resultar interesante utilizarlo para pensar nuestra experiencia política.

Resulta ciertamente lógico que, después de una década de omnipresencia de la política y de una desesperante exageración alrededor de la supremacía de lo político sobre otras dimensiones de la vida, la reacción sea la de creer que el conflicto es perjudicial, autoritario e incluso ficcional por definición. Casi inevitablemente, al proceso de exasperación populista lo sucede un momento de candidez conceptual en donde el conflicto es percibido unívocamente como un reflejo negativo.

Esto tiene su trampa. Insistir en que el conflicto es sólo reacción es un rasgo de conservadurismo y de nostalgia política que constituye una respuesta política posible, pero que no es la única. Esta reacción entendible frente a la centralidad que el conflicto tuvo durante los años populistas no permite ver su presencia dentro de la vida política y, peor aún, no reconoce la posibilidad de ser reinterpretado en clave democrática.

Hay una -varias- maneras de establecer una relación democrática con el conflicto. Para poder hacerlo hay que estar dispuestos a reformularlo y volverlo otra cosa. La idea de conflicto político que anida en nuestra cultura política es oposicional, esencialista y reaccionaria.

Es oposicional dado que requiere de un antagonismo total para su desenvolvimiento y para su episódica resolución. Necesita y reclama la simplificación que resulta de un conflicto binario en donde hay poderosos y débiles obvios y reconocibles, que llevan argumentos contrarios sin encontrar nunca un lugar en donde ampliar la conversación.

Es esencialista porque supone una lógica argumentativa irreductible, donde no hay lugar para acuerdos discursivos. Se puede llegar a un lugar de acuerdo temporal circunstancial, pero el desacuerdo final nunca se rompe precisamente porque no admite interrupciones narrativas.

Es reaccionaria porque nunca resuelve nada. Acuerda pero no resuelve. Compra tiempo mientras los actores insisten en los discursos y se refuerzan en las prácticas atávicas y conocidas.

Esta manera de entender el conflicto, además, fija retóricas inútiles, consagra ideas acerca del poder que no coinciden con el devenir de las sociedades contemporáneas y son sumamente útiles -habría que ver cuánto de esta dimensión colabora en el estado actual de las cosas- para fosilizar dirigencias y liderazgos.

La retórica de lucha, de apelación al sacrificio colectivo, de épica movimientista termina siendo una torre romántica donde se refugian líderes que no son controlados, dirigencias eternas y problemas irresueltos.

Volvamos por un instante al conflicto docente. En estos días circuló una fotografía en la que un hipotético maestro tiene un cartel que rezaba “estamos enseñando” y a su lado había un niñito con otro cartel que decía ‘estamos aprendiendo”. ¿Qué podríamos suponer que está enseñando ese docente? ¿a luchar? ¿es eso lo que está aprendiendo el pequeñito? ¿acaso la lucha es de por sí una forma pedagógica? ¿qué porción del problema educativo argentino se está solucionando en esta escena?

La pregunta que la democracia argentina podría hacerse, para éste y para otros conflictos genuinos y representativos de la hondura del problema social que tenemos a nuestra vista es: ¿no existe acaso otra manera de pensar los conflictos?

Hay una manera distinta de hacer frente a los conflictos. Un modo más democrático y liberal que consiste en desanudar esta trama conservadora y exponerlos desde una perspectiva colaborativa.

Para poder hacerlo es necesario que dibujemos un mapa cultural en el que sea posible la conversación pública sin que el resultado obligatorio sea la consagración de la dinámica entre una parte que pierde y una que gana. Dada la urgencia y profundidad de nuestros problemas y dada la notable ineficacia de los modos anteriores, tenemos que ser capaces de imaginar una manera de ver la sociedad del futuro sin esas rémoras que suponen que el sacrificio colectivo es lo único que garantiza la dignidad.

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La difícil tarea del alivianamiento populista

Este artículo fue publicado por la Agencia TELAM el 25.02.17

Propongo a los lectores un ejercicio de memoria reciente. Allá por septiembre y octubre del año pasado, comenzaron a surgir una serie de pronósticos sobre los desmanes y desastres que ocurrirían en diciembre y sobre las dificultades por las que pasaría el gobierno de Cambiemos.

Se decía que se estaban preparando saqueos, que la situación en la provincia de Buenos Aires era insostenible y que la paz social pendía de un delgado hilo. Algunos fueron más temerarios y basaron el capítulo urbano de estas miserias en los cortes de luz y el hartazgo de la clase media. Los más especuladores en términos de la política tradicional hacían sus apuestas alrededor del camino que tomaría la administración del presidente Macri para moderar los efectos políticos de semejante escenario. Esto va a estallar, esperá a diciembre, se escuchaba con frecuencia.

Diciembre llegó y la realidad marcó que, además del calor, no ocurrió ninguna calamidad. Incluso mediando el dato no menor de un fuerte cambio de gabinete. A mediados de mes, el Gobierno le pidió la renuncia al ministro de Economía, desdobló el Ministerio y nombró a dos nuevos funcionarios. Todo esto sin que nada sucediese, ni en el ámbito de las finanzas ni en el mundo social.

La política argentina se encuentra actualmente en la difícil tarea de alivianamiento populista. Nuestro populismo, lejos de poder ser considerado un accidente, está gráficamente añadido a nuestra cultura política y aparece cada vez que la democracia tramita sus naturales conflictos. Así, lo que en otro lugar del mundo puede verse y administrarse como un problema normal del desarrollo político -lo que pone en juego un menú variado de opciones para su resolución- en la Argentina adquiere un estatuto unidireccionalmente crítico, sostenido conceptual y prácticamente por una tendencia genética de tolerancia a las formas autoritarias, basadas en liderazgos fuertes.

Esto admite una descripción histórica. En los años 40 del siglo pasado, y luego de una década de discusión sobre la política electoral representativa, la ruptura con el mundo liberal permitió la emergencia de una figura y un liderazgo como el del general Perón. Más cerca en el tiempo, la crisis más densa de la política argentina desde su reencuentro con la democracia permitió la arquitectura de una salida política que cumplía con los mismos parámetros de nacionalismo, centralismo y colectivismo.

El desafío de la política democrática argentina pos-populista, entonces, es el de la normalidad. Un piso que posibilite pensar en modificaciones en la cultura política que, a su vez, permitan nuevas formas de relacionamiento entre el Estado y la ciudadanía y entre las personas y la vida pública.

El camino a la normalidad no es sencillo. Los problemas estructurales que ha dejado el populismo son complejos de abordar y, como en toda administración, surgen problemas. Cuando aparecen, en lugar de tramitarse como en cualquier democracia, la tendencia es a una puesta en escena que termina siempre en una misma dirección: todo problema, cualquier situación conflictiva, cualquier circunstancia política reclama ser arrojado a los fuegos de la inexorabilidad del peronismo.

En las últimas semanas, una serie de decisiones del Ejecutivo volvieron a generar un clima similar al de fines del año pasado, poniendo el eje en que el Gobierno no tiene margen para seguir equivocándose. Más allá de lo que se piense sobre las decisiones y los costes políticos de las mismas en el futuro, lo que sobrevolaba en los análisis era que la administración Cambiemos, de perseverar en los errores, tendría dificultades para llegar al final de su mandato.

Llama la atención, todas las veces, que la consecuencia de algunos errores sea presumir la pérdida de gobernabilidad. Más aún si se lo compara con otras administraciones, en las que cuestiones de una naturaleza objetivamente mayor produjeron críticas, denuncias, editoriales y actitudes políticas, pero sin que en ningún momento sobrevolaran discusiones sobre la capacidad presidencial de seguir gobernando.

La pregunta se construye con el peso de la argumentación: ¿por qué cuando un gobierno peronista se ve enredado en situaciones objetivamente más ruinosas la situación es leída como un mal momento, y en cambio cuando un gobierno no peronista pasa por alguna complejidad nos empezamos a preguntar si conseguirá llegar al final del mandato? ¿por qué razón se le asigna a las próximas elecciones legislativas una suerte de tester definitivo sobre la gobernabilidad de Cambiemos si no se dudó de la gobernabilidad cuando el FPV perdió las legislativas del 2013, en las que casi un 70% del electorado votó a otra opción?

La hipótesis más fuerte es que existe en la cultura política argentina -enraizada en los formadores del debate público- una suerte de primera reacción, de gesto casi instintivo, por extrañar las formas peronistas. Es decir, existe un enamoramiento proyectado hacia la figura del líder en demérito de las instituciones y hay un reconocimiento más o menos explícito de que los argentinos necesitamos liderazgos monstruosos. Es este mismo temperamento el que explica que se tenga como virtudes políticas a la viveza y a la picardía, llegando incluso a volverlas sinónimo de inteligencia.

En definitiva, lo que estos análisis proyectan es que creen que la democracia argentina es débil y necesita de una persona que actúe como esas simbólicas muletas características en la obra de Salvador Dalí.

Lo más impactante de esta aproximación es que desnuda un problema reconocido y reeditado de nuestra cultura política, como es la falta de afecto y de confianza que despierta la democracia en algunos sectores de la sociedad. Esta falta de confianza implica, para los que la experimentan, un proceso de conservadurización de las ideas que termina impactando en el debate público, haciéndolo más débil y sombrío.

Es una pena, porque éste es el momento en el que se necesitaría asumir más riesgos creativos en materia política para poder sumar miradas y voces que allanen el camino de salida al populismo. Claro que, para poder colaborar en esa tarea, primero hay que desearla.

Los símbolos del populismo se despiden; llegan los del porvenir

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Esta nota fue publicada parcialmente en la edición del diario Clarín del 28.11.2015

Para algunos, la política no es una cuestión de ideas. Se reduce a un trabajo práctico en el que le va mejor a los que entienden que su naturaleza es vil, agonal e insatisfactoria. Son los mismos que suelen pensar en que el pensamiento imaginativo sobre un escenario cualquiera no puede tener otro destino que convertirse en una banalidad sin consecuencias.

Reducir la política a esas dimensiones es, en el caso argentino, una concesión importante al populismo, casi una declaración de victoria. Al mismo tiempo, es faltar al reconocimiento acerca de la vigorosidad del sentimiento de cambio y del peso que este tuvo al momento de configurar electorados, tanto en primera como en segunda vuelta.

Ese cambio, proveniente de la ciudadanía y luego reinterpretado con eficacia por los políticos profesionales, proviene de una esfera  cultural que necesariamente pone en dudas esquemas analíticos y acercamientos conceptuales.El populismo pretendió anclar las visiones sobre lo político en el pasado, generando una simbología sacrificial, trágica y épica. La contestación que los electores corporizaron en el nuevo gobierno de Cambiemos va a necesitar la construcción de una serie de símbolos relacionados nítidamente con el porvenir.

La eficacia del próximo gobierno reside mucho más en esa capacidad que en la de la política como ejercicio conservador de negociación más o menos espuria.

Macri es el presidente que llega a ese lugar con la menor cantidad de promesas concretas y cuya generación de expectativas puntuales es particularmente baja. Nadie cree que Macri sea un estadista providencial que vaya a curar ningún mal de palabra, ni que venga a salvar a nadie. Afortunadamente, el próximo presidente y quienes integran Cambiemos se han mostrado como personas normales que hacen de la política su profesión y cuya mayor virtud es reconocer esta situación y generar equipos y lógicas decisionales para tratar de superar problemas.

La primera conferencia de prensa de Macri, coral y con participación de la prensa, marcó un primer síntoma de distinción. Ya no es la palabra única, sacralizada e inefable del viejo representante de la política. Ese solo cambio genera más interés que, por ejemplo, la capacidad para arreglar con los sindicatos.

La actitud de Carrió y de Sanz también refieren a otro marco analítico. Incluso con los problemas que pueden traer estas decisiones, son actos de personas normales, discutibles, pero nunca desde los criterios de una real politik que todo lo tiñe de oscuridad y pesadumbre.

Está claro que el gobierno de Cambiemos deberá afrontar decisiones difíciles y que deberá weberianamente ofrecer su alma al diablo, pero no asumir que aún estas cosas pueden hacerse desde un margen cultural y simbólico distinto es una debilidad intelectual que debería evitarse. A menos que se quiera pagar el precio de la rendición incondicional a favor de un destino de fatalidad histórica o de persistir en que la Argentina solo puede ser gobernada por monstruos.

Superar el peronismo

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Esta nota fue publicada en la edición del mes de abril del portal Escenarios Alternativos

Entre 1940 y 1950, algunos países de nuestra parte del mundo vivieron un proceso político lo suficientemente homogéneo como para poder ser situado en la historia y en la teoría social como un caso típico de incorporación de las masas a la vida pública. Argentina, Brasil, Perú y Chile, con sus diferencias, tuvieron años de inclusión populista encabezados por movimientos nacional-populares con un fuerte apoyo de los sectores más pobres. En casi todos los casos, la historia y la política guardan un lugar para esas tradiciones pero han sido superadas por el paso del tiempo, la actualización generacional de las élites y la adecuación de las democracias a modelos globales.

En Argentina, sin embargo, la omnipresencia política y cultural del peronismo continúa siendo el dato relevante de la vida nacional. En alguna medida, parece que nunca hubiéramos podido resolver la salida de la Segunda Guerra Mundial diciendo en voz alta que el fascismo está mal, y nos hubiéramos enredado para siempre en una urdimbre pegajosa que nos fija en una suerte de pre-modernidad democrática.

No parece probable escuchar de un dirigente político importante del Perú de hoy la frase: “Debemos acordar con el hayadelatorrismo, de lo contrario, todo será más difícil”. No imagino a Renan Calheiros abrir las sesiones implorando la comprensión del varguismo para solucionar los problemas de Brasil.

En Argentina, sin embargo, y contra toda evidencia, muchos creen en la inexorabilidad del peronismo. Las distintas versiones de esta capitulación intelectual no reconocen ni partidos ni dirigentes. Bajo un espectral símbolo de gobernabilidad, casi la totalidad de los actores políticos argentinos invocan al peronismo como una hipotética fuente de soluciones y autorizaciones públicas

La correspondencia entre peronismo y gobernabilidad expresada de forma recurrente en estos tiempos particularmente difíciles de la vida argentina, resuena todavía más con una suerte de exabrupto. Se llega, incluso, a utilizar alguna de esas dificultades como legitimadoras. La muerte del Fiscal Nisman, por ejemplo, es utilizada para sostener esta afirmación en lugar de usarla para discutir a los que, de una u otra manera, son responsables.

En la inexorabilidad de la gobernabilidad peronista vive la derrota de la democracia argentina. Al menos la de un tipo de democracia, más vinculado con las formas liberales, que respete los espacios privados y que no pretenda politizarlo todo y bajo formas institucionales no invasivas. En definitiva, una sociedad abierta y pluralista en la que Estado, gobierno y ciudadanía sean categorías distintas con experiencias diferentes.

Si bien la política argentina está lejos de ser un vergel, las responsabilidades del peronismo en el actual estado de cosas de nuestra democracia no pueden ser menospreciadas. Dentro de un atado de dificultades que llevan su sello, hay uno que se destaca por su peligrosidad. El peronismo tiene una tendencia constante a re-escenificar el vínculo entre la violencia ejercida contra los cuerpos y la política. Esta violencia tiene grados y temperamentos diferentes, pero es una constante histórica tan presente en el peronismo que desatenderla resulta torpe, irresponsable y peligroso.

Las formas de la violencia política son muchas. Puede pensarse en la búsqueda de cercar voces cerrando diarios, en la cárcel para los opositores o en las estrategias antidemocráticas de construcción de una sociedad unánime y sin matices. Puede tomar la forma del setentismo, de la exclusión social o del personalismo que niega la palabra y la acción de otros. Puede expresarse en la retórica de un gobierno que guerrea contra un medio de comunicación o que se burla desde las redes sociales de un quinto del mundo. La misma violencia que aparece en las reacciones del gobierno frente al asesinato de Nisman y en la simbólica desaparición de sus hijas en el discurso del gobierno.

Es la misma violencia argumentativa y práctica que se utiliza para descalificar la marcha del 18 de febrero y la que se usó para mostrar a una lastimosa presidente en silla de ruedas cuando era perfectamente evitable.

Es la violencia de arrebatarle el sentido a las palabras y de sustituir actores y tergiversar biografías para que encajen en las hipótesis épicas (siempre violentas) del peronismo kirchnerista.

Miremos los héroes del peronismo y veremos violencia; repasemos la historia y encontraremos las mil formas de justificar la violencia política como forma de resolver los problemas de la vida pública.

La inevitabilidad del peronismo no es propiedad de la esfera política. Esa fantasía anida con la misma fuerza en la élite empresarial, en el periodismo y en grupos de jóvenes doctorandos que se unen en la búsqueda del peronismo bueno que aparecerá mágicamente al explorar los límites de nuestra periférica democracia.

Los que queremos otra sociedad pareciera que no tenemos chance con el peronismo. O nos vamos o trabajamos desde lo que hacemos para superar al peronismo en medio de un país que se obstina en sostenerlo. El aporte que podemos hacer es el de colaborar en la tan improbable como necesaria tarea de abrir la posibilidad de superar al peronismo en la vida política argentina. Esta idea de superación no se agota en el mero hecho de ganarle una elección y desplazarlo del gobierno. Se trata de otra cosa, más amplia y mucho más compleja. Desandar el esquema cultural que el peronismo le transfirió a la democracia argentina es mucho más difícil que cambiar los nombres al frente de los ministerios y las secretarías de Estado. Es cambiar la lógica de relacionamiento entre las personas y la política construyendo una forma estatal que no se interponga en el diseño de nuestra biografía.

Superar al peronismo es reconocer la voz pública de los demás sin ejercer ningún tipo de violencia. Es encontrar la forma de restaurar la herida social de la despersonalización clientelar y sustituirla por el reconocimiento de la individualidad y su capacidad creativa. La posibilidad de superar al peronismo incluye un trabajo fuerte para evitar el personalismo y por hacer jugar categorías no visitadas y convertirlas en ordinales en el terreno de la práctica. Superar al peronismo es hacer de esto un lugar normal, un sitio en donde no pueda pasar cualquier cosa en nuestra cara y le tengamos que dar crédito porque vivimos en una perpetua sensación de incredulidad.

Al peronismo se le puede ganar, pero superar al peronismo en la política argentina es mucho más que eso. Cuando se le ganó fue porque se le propuso a la ciudadanía algo mejor, alejado de la violencia y lo suficientemente plural como para convocar a la mayoría. Este año es el más importante de nuestras vidas públicas, no es negocio plegarse a la costumbre de perder oportunidades.

Hay que escribir, dibujar y mezclar todo lo sea necesario para formar parte de una experiencia de gobierno decente, abierto, prudente y liberal que nos dé la posibilidad de ir dejando atrás al peronismo. Dejarlo anclado definitivamente en la historia mientras los mejores se dedican a restaurar, a pasar el ungüento suave y hospitalario de la libertad sobre las heridas que todos estos años habrá dejado la violencia sobre nuestros cuerpos.

Acuerdo UCR-PRO, una oportunidad

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 Esta nota salió originalmente publicada en la sección Debates del diario Clarín del 30 de marzo de 2015

Los escenarios políticos en Argentina son cualquier cosa menos previsibles. Lamentablemente, no hemos alcanzado aún ese desarrollado aburrimiento de las democracias consolidadas. Una foto, un gesto, una intervención imaginativa en las redes sociales, pueden causar un cimbronazo y modificar el contexto. El resultado de la convención radical ha modificado la escena, con una decisión que también está fundada en ideas. La voluntad de este acuerdo político es terminar con el ciclo populista y anteponer la democracia a cualquier narrativa específica, planteándose desde una perspectiva pluralista.

El desafío abierto es el de construir los anticuerpos para moderar las tentaciones populistas –verdadera marca cultural de la política argentina- y actuar de modo liberal y republicano. Más allá del resultado electoral, el acuerdo no populista deberá tener la sensibilidad y el talento como para construir el barco al mismo tiempo en que se navega.

El reconocimiento de esta complejidad es, también, el de la hermosa oportunidad de experimentación que un acuerdo de este tipo propone.

Un nuevo ciclo puede abrir una oportunidad para modernizar el sistema político argentino. La reciente coalición se formula desde la crítica institucional, y por lo tanto, ese debería ser el eje de su construcción identitaria Un proyecto que se cimenta desde lo institucional se coloca a sí mismo en un lugar de originalidad, aún hoy, cuando ya han pasado treinta años de ejercicio democrático. La ciudadanía estará mirando con atención lo que se haga para dibujar una institucionalidad mejorada. Si lo que se plantea es la novedad sería deseable que la fuerza política que encarne ese cambio sea la primera en someterse a los desafíos que platea una institucionalidad distinta.

Lo que aparece como estrictamente necesario en la construcción de esta nueva institucionalidad es el respeto y el afecto. La empatía política entre los miembros de la coalición será un espejo de la confianza que la ciudadanía puede tener en ella. El Estado populista se relaciona con la ciudadanía bajo el signo del hartazgo. La nueva institucionalidad debe cambiar eso por aprecio, atención e interés. La construcción  de esta nueva forma institucional tiene ventajas. Permitirá la continuidad de los partidos al mismo tiempo que construye un esquema que los supera y habilita nuevas incorporaciones. Podrá organizar de forma colaborativa la administración de los conflictos que surjan y además interpretar las modificaciones contemporáneas de la representación política, previendo mecanismos de agregación y empoderamiento no tradicionales. Las elecciones de este año son especiales. Es la primera vez desde la reconquista de la democracia que el eje de la discusión tiene una preeminencia política. Este es un escenario ideal para plantear los pasos que le faltan a la Argentina para completar su sueño democrático.

El mejor presidente de la historia

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 Esta nota fue publicada originalmente el 8 de setiembre de 2014 en Bastión Digital

El próximo presidente puede ser el mejor presidente de la historia. También puede ser un anodino administrador de la decadencia. Otra posibilidad es que sea un cretino sin remedio.

Nada hace pensar que los porcentajes para que ocurra una u otra cosa se encuentren repartidos en forma equitativa, pero lo verdaderamente extraño es que estamos en un momento donde es posible pensar al próximo presidente como una rareza positiva. El tamaño del daño que le han causado al país estos diez años de populismo es tan enorme que la tarea de restauración, en caso de haberla, tendrá que tener un sentido de grandeza similar.

Si el próximo presidente es capaz de redefinir los términos de la ecuación entre libertad y ciudadanía y extiende ese talento a la mayor cantidad de dimensiones posibles, estaremos frente a un ejercicio inédito. La recuperación del sentido de la responsabilidad política puede tener un efecto pedagógico cuya importancia no se alcanza a percibir.

La normalidad será revolucionaria. El aburrimiento nos ayudará a buscar e inventar mundos nuevos con palabras y acciones nuevas, desentendiéndonos del discurso diario del Estado. Cuando el próximo presidente no nos obligue a pensar todo el tiempo en él, podremos dibujar paisajes diferentes, abrir empresas, imaginarnos revistas y fracasar tranquilos.

Si el próximo presidente termina de saldar nuestra vieja disputa nacional a favor de la civilización, empezaremos a conversar de nuevo con occidente, seremos amigos de los amigos y enemigos de los enemigos de la libertad.

Si el próximo presidente utiliza otras palabras, se mueve distinto, entiende la naturaleza esquiva del poder democrático y es responsable frente a nosotros, lo vamos a querer tanto que va a poder discutir con los sindicatos qué tipo de país queremos y con los activistas cómo protestar sin feudalizar el espacio público.

El presidente que viene puede torcer el camino de inutilidad que recorre hoy la palabra. La puede volver una cosa necesaria, una herramienta para construir una conversación amplia, dinámica, inexacta y poderosa.

Podrá combinar la poesía con la ciencia para ver qué pasa. Y podrá mirar el futuro con los ojos nuevos de una agenda profunda que vincula la tecnología con la experiencia democrática. Un presidente del siglo XXI, con la cabeza abierta y la sensibilidad atenta al futuro y no al pasado.

El próximo presidente podría reconocer a las generaciones que otros no vieron y arrinconaron en la indignidad para evitar continuar con la violencia permanente de la clientela política y la captura de la voluntad personal. El presidente que viene puede ser un humanista, un animal humano preocupado por el sufrimiento ajeno, empático, laborioso e imaginativo. Un presidente así sabe que su obligación es lograr que todos tengamos una sola certeza, que nuestros hijos van a vivir mejor que nosotros y así, siempre de siempre.

El próximo presidente podrá hacernos pensar que no somos monstruos necesitados de monstruos. Podría reconciliarnos con nuestra vida y nuestros proyectos privados sin que la política se meta, buscona y cruel, en cada cosa que hacemos. Podría gestionar lo público y además ir a ver con su familia una muestra de arte contemporáneo, o un festival de jazz o una película linda. Puede hacer una gestión desde la amistad y sin comprometerse con la fealdad.

El próximo presidente podrá rearmar el amor por la patria sin necesidad del nacionalismo, podrá caminar con Borges, con Le Parc y Kosice, con Deodoro Roca y Sarmiento. Podrá hacer que el mundo hable bien de nosotros, que les parezcamos seres normales y amables, dignos de respeto.

Del mismo modo en que la historia le tiene reservado un lugar a Raúl Alfonsín como el artesano genial de la democracia argentina, el próximo presidente puede ser el mejor de la historia si logra redemocratizar la vida pública argentina y revertir el camino inevitablemente tembloroso y descendente que hemos tomado desde hace demasiado tiempo.

El próximo presidente puede ser el mejor de la historia, hay una ligerísima posibilidad de que así sea, apoyada en ningún dato, en ninguna encuesta y en ninguna evidencia. Sólo se afirma en la esperanza y en la necesidad. Otra posibilidad es que el próximo presidente sea un cretino sin remedio. O puede ser la nada misma.

 

El show de los buitres

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Este artículo fue publicado originalmente en la edición del 31 de julio de 2014 de Bastión Digital

Cuando los tiempos vienen flacos en términos de ideas, una de las maneras de enmascarar la situación y de intentar que pase desapercibida es apelando a la lógica de la comparación. Comparar hechos históricos, personajes y procesos sociales sin rigurosidad y sin crítica ayuda al político, pero también al periodista, al analista político y al asesor a sostener su espacio vital sin el remordimiento de la falta de creatividad.

El último ejemplo de este esquema está entre nosotros bajo la forma de algo denominado “malvinización del default”. El giro remite, obviamente, al interés por parte del gobierno nacional por convertir una enorme torpeza administrativa en una gesta nacional. Dos elementos parecen demostrar una buena lectura por parte del gobierno cuando orienta las cosas hacia esa orilla. Por un lado, ha mejorado en la percepción pública desde que eligió esta estrategia y, por el otro, ha logrado sumir a la oposición política en un estruendoso silencio.

El gobierno ha interpretado, una vez más con eficacia, el espíritu profundo y preeminentemente conservador de la sociedad argentina. Con alguna honrosa excepción, la oposición política y cultural argentina no ha sabido qué hacer frente a la estrategia de nacionalizar el tema del default y la discusión con los fondos abuitruizados. Parece una especie de sacrilegio atacar al gobierno frente al embate de semejantes monstruos. Además, no hay demasiadas ideas, al menos no se han hecho públicas, acerca del modo en que podría resolverse el problema.

La sociedad parece acompañar la indulgencia opositora. Los estudios de opinión pública marcan un sostenido repunte de la percepción positiva hacia el gobierno nacional desde que se inició la puesta en escena alrededor del default y de la judicialización en Estados Unidos del tema de los bonos argentinos. Como si se tratase de una pelea entre judocas, la fuerza de un argumento alimenta al otro. La desesperante capacidad para el uso de la corrección política de nuestra dirigencia ve confirmada su precaución sobre el tema y no se anima, mitad por convicción y mitad por temor, a perder el afecto de la ciudadanía. No se escuchan críticas al gobierno nacional de un modo abierto y franco. Lo que he descripto hasta aquí, cambiando algún personaje y algún hecho puntual, puede haber sido escrito en cualquier instante de la historia del kirchnerismo.

Pero, ¿qué hace de éste un momento particular?

Más allá de las dimensiones jurídicas y económicas, lo que me interesa de este tiempo es pensar acerca de las consecuencias y derivaciones políticas que la forma de tratar el problema tiene dentro del universo de la política argentina. Una vez más, y de un modo que no resulta tranquilizador, aparece la constante del nacionalismo como arcilla indispensable para unificar los actos y discursos de la sociedad política y de la sociedad civil. La apelación malvinera nunca es lo que es.

Las reivindicaciones sobre las islas nunca tratan específicamente sobre el territorio sino que exploran esa fibra patriótica que, hipotéticamente, nos hace únicos y mejores. Esta tensión nacionalista no pasaría de ser una anécdota si no fuera por su repetición y por su efectividad. El resultado de la extensión del nacionalismo está a la vista para aquel que no se distraiga.

La utilización por parte del gobierno nacional del espejo patrio frente al imperialismo, los poderosos y en definitiva “los otros” parece darle algunos resultados objetivos. Por un lado, mejora en la consideración pública y, por el otro, logra el silencio de la oposición. La lógica nacionalista, además, refuerza el dialecto populista del planteo amigo-enemigo y, como si no bastara, recrea un juego agonal ciertamente macabro. La reivindicación malvinera, nunca habría que olvidarlo, es la reivindicación de una guerra.

La política democrática es un asunto difícil. La gestión del Estado, en lugares como el nuestro, tiene desafíos enormes en términos de políticas públicas, administración de la justicia y organización institucional. Si se los encara desde una perspectiva conceptual nacionalista, los riesgos son muy altos. El nacionalismo, además de proponer todo el tiempo una percepción conspirativa y autoflagelante, viene acompañado de un hijo menor, el provincianismo, que impide pensar al país y a la sociedad como miembros iguales de una comunidad de países y de ciudadanos.

El nacionalismo refuerza el atávico y peligroso mito de la pureza y de la exclusividad. Nos separa del mundo y nos separa de las formas en las que se está creando la subjetividad contemporánea. No caben aquí responsabilidades particulares sobre un partido o sobre otro. Nuestra vieja estrategia de culpar al peronismo fracasa en este caso, dado que la pasión nacionalista no se detiene a las puertas de ningún partido y forma un reguero preocupante en la sociedad argentina.

Los dos obstáculos más fuertes que tiene una democracia liberal son el nacionalismo y el personalismo. Curiosamente, son nuestros dos males mayores y dos características de la política argentina que una inmensa cantidad de ciudadanos no parece dispuesto a impugnar, sino a celebrar.