Ignacio

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Esta nota fue publicada originalmente el 12 de agosto de 2014 en Bastión Digital

Ignacio, me llamo”. Lo tuvo que pedir varias veces, con insistencia.

La intensidad con que los periodistas y los militantes quieren llamar Guido a Ignacio no es sólo un acto de ignorancia o de torpeza. Es una muestra enorme de lo que la falta de diferenciación entre lo público y lo privado puede hacer en la vida de las sociedades.

Una sociedad que cree, sin reflexionar demasiado, que está en condiciones de restituirle la identidad a una persona, está marcada por un componente animista, conservador y retardatario que muy improbablemente advierta.

La última semana argentina tiene todas las condiciones como para ser vista como un síntoma, como una demostración de su enorme desubicación.

El debate excede en mucho el tema que ocupa los diarios, ya que propone un diálogo improbable: el de identidad y restitución. La idea de identidad es sumamente compleja y no admite suspensiones. La identidad individual, la única posible, es una construcción que no se suspende por ningún motivo ni en ningún momento. La única forma en la que podría argumentarse esa suspensión debería, en el mismo momento, admitir que se está dispuesto también a suspender la propia subjetividad que es objeto de análisis.

El bostoniano Daniel Dennet ha sostenido que la mejor manera de entender al yo es percibirlo como el centro de gravedad narrativo de la personalidad. Esta idea rompe con una cuestión fundamental que es mantenida por los argumentos restauracionistas. La identidad no es algo que se pueda esencializar. Toda construcción identitaria es compleja, múltiple y sumamente dinámica. No es posible vaciar este proceso de construcción subjetiva por ninguna situación particular, por extrema que fuere. La identidad se conforma con la acumulación de experiencias y no admite ser contrastadas con los conceptos de verdad o mentira en un sentido mundano. La identidad se hace de los fracasos, los equívocos y los aciertos de la experiencia humana. Esta experiencia, intransferible, acumulativa y creativa no se suspende por una dictadura.

La filosofía pragmatista puede ayudar a comprender un poco más el problema. Richard Rorty definió a una persona como una red de estados físicos, mentales y sociales. Desde su punto de vista, la construcción de la identidad está referida a la conexión entre las diferentes posibilidades y probabilidades de la experiencia. Ser persona, construir una identidad, tener un nombre y finalmente reconocerse y ser reconocido, depende fundamental y sencillamente de la posibilidad de hablar un lenguaje particular, un lenguaje que nos habilite a discutir incluso nuestras propias creencias y deseos.

Así entendida, la identidad se aleja de la ontología y cada historia personal es particular, propia y enteramente contingente. Por lo tanto, nadie está en condiciones de restituir la identidad de nadie salvo que esté dispuesto, previamente, a negarle la totalidad de su propia subjetividad anterior.

La idea de restitución de la identidad es una idea estrictamente política y su uso también lo es.

La pretensión del gobierno por convertir un hecho íntimo en un suceso espectacular responde, en realidad,  a una lógica muy distinta de la que se utiliza para justificarlo. La tragedia se convierte en farsa bajo la utilización autoritaria del pasado. Lo que se convierte en el centro de atención no es algo relacionado con la justicia o con la posibilidad de considerar la historia en su complejidad. La única voluntad que mueve al gobierno es de la capitalización simbólica por vía de la tergiversación y el engaño.

Así como la corrupción de algo bello genera una fealdad inimaginable, la corrupción de la nobleza implica un gigantesco acto de desprecio. Lo que hace el gobierno con la idea de restitución de la identidad es no permitir inscribir el conocimiento de una parte de la biografía en un mapa más amplio y múltiple de experiencias personales.

Cuando el gobierno nacional insiste en la farsesca idea de restitución de la identidad en realidad está negando el reconocimiento de aquel a quién pretende mostrar como héroe. Llaman Guido a Ignacio porque desprecian todo lo que Ignacio es y ha sabido construir. En su concepción autoritaria y exclusivista, el gobierno no considera que aquello que no lo incluye tenga el derecho a ser tenido en cuenta.

La cultura de los derechos humanos tiene en Argentina un componente particular que se acentúa con el populismo. Argentina no pudo nunca utilizar el universo de los derechos humanos para colaborar en la construcción de una comunidad. La idea de los derechos humanos ha servido, desde la recuperación democrática hasta ahora, como un ejercicio de partición y de separación social. En lugar de buscar recrear los lazos comunitarios, se ha reforzado la idea de la existencia de planos morales sin matices. En vez de buscar la continuidad de una sociedad colaborativa, se utiliza la historia, el pasado y la memoria para separar y estigmatizar.

La posibilidad de reconciliación y búsqueda pública de una vida en común se perdió definitivamente en relación con los responsables directos de la dictadura. En lugar de buscar la restauración colectiva se buscó separar a los buenos de los malos. Es probable que en los principios de la recuperación de la democracia este camino haya sido inevitable, pero de ningún modo puede sostenerse lo mismo 30 años después.

Todo parece indicar que es un camino que le queda cómodo a la sociedad argentina. Le permite tomarse la temperatura espiritual todos los días, emocionarse cuando corresponde y colocarse en lugar seguro frente a las incertidumbres de la vida con diferentes.

Los excesos concesivos que las mayorías argentinas tienen frente a las tentaciones autoritarias aparecen bastante claros. Hace falta empezar a considerarlos como factor indispensable de nuestro empequeñecimiento democrático.

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