La paradoja de la destrucción

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  Una versión de este artículo salió publicado en Jaque al Arte el 11 de septiembre de 2015

Desde hace algún tiempo, a partir de que tomo su dirección Victoria Noorthoorn, el Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, El Moderno, como les gusta que lo llamen, ha intentado reubicarse en el universo museístico y de exhibiciones de la ciudad y del país luego de pasar por distintas circunstancias poco gratas.

Entrar al museo produce una sensación extraña y placentera de extranjería. El ojo de buey gigantesco que deja ver parte del shop, más el blanco profundo de los muros y la escalera serpenteante de hierro negro forman una escenografía que no desentonaría en New York o en Berlín. La geografía humana, por su parte, acompaña la sensación, un personal muy joven recorre los pasillos, y los curadores pasean por las muestras dando alguna que otra explicación adicional a los visitantes.

Si algo se nota en esta nueva etapa del museo es que no hay nada librado al azar. Cada muestra, cada texto, cada recorrida y elección curatorial responde a una idea y aparece cristalinamente racional. La mano de Noorthoorn ayuda a reconciliarse con la posibilidad de una experimentación que no pierde rigurosidad. Algo muy poco frecuente en la Argentina, y no solo en el mundo del arte.

 La paradoja en el centro domina el segundo piso del museo y reúne 130 piezas – de las más de 10.000 que son propiedad del museo –  del periodo informalista argentino con obras de las décadas del 50 y 60, centrándose, de modo particular, en la conocida experiencia 68 del Instituto Di Tella. Como se sabe, Experiencia 68 fue la culminación de un proceso de creación artística muy importante y, muy probablemente, el momento en el cual arte y política mantuvieron una relación más íntima y también conflictiva.

Las búsquedas estéticas de aquellos años, marcadas fundamentalmente por el abandono de las formas y por la preponderancia de la accion-destruccion y de la materia, tuvieron en los artistas argentinos que están presentes en esta exhibición, intérpretes originales y creativos.

Esta vocación registra argumentos de época imposibles de desestimar, como la caída de certezas modernas a consecuencia de los descubrimientos del final de la Guerra y sus consecuencias en el lenguaje artístico. Las influencias del arte americano y, sobre todo, del action painting de Jackson Pollock. Este reconocimiento, sin embargo, no debiera excluir las influencias de los itinerarios vanguardistas de los años 40 en nuestro país. Así parece entenderlo también Javier Villa, el joven curador de la muestra, que coloca en diálogo franco las obras informalistas con trabajos del concretismo, como las de Carmelo Arden Quin y Raúl Lozza.

La exhibición tiene puntos muy altos en trabajos de Emilio Renart, Alberto Greco, Raquel Forner y Antonio Berni, que presentan de modo muy logrado un panorama de la época y de las tensiones buscadas por la curaduría.

Sucede casi siempre que dentro de una exposición, el visitante arma su propio sendero visual y termina por situarse en una muestra más pequeña contenida por la muestra general. En mi caso, hay un triángulo perfecto dentro de La paradoja en el centro que tiene en sus lados las obras de Lucio Fontana, Marta Minujin Y Antonio Trotta.

En el primero de los casos, Fontana actúa como un inspirador. Su acción directa y literal sobre la materia y la obra es el primer paso de una conversación paradojal entre acción y destrucción que justifica toda la puesta. Los Tagli de Fontana, violentos y expresivos son la condensación de un momento del arte argentino donde el espacio y la manipulación de la materia son los ejes fundamentales.

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Otro lado del triángulo. La destrucción, de Marta Minujín. El interés de esta obra es artístico pero también es histórico. La artista presenta a La destrucción como su primer happening y  el resultado lo confirma con creces. El registro de la experiencia es un video en el que se ven las obras de Minujin – trabajadas con colchones y otros elementos recogido en las calles parisinas- y las de otros artistas ardiendo en una pira entre sagrada y profana. Al mismo tiempo, Minujin soltó en el baldío donde todo estaba pasando, 500 pájaros y 100 conejos. Uno de los fotogramas más interesantes es el que muestra la intervención de Christo en la obra general. Como era habitual es esos tiempo, el artista búlgaro-americano envolvía en plástico casi todo lo que tuviera a mano. En este caso, a la propia Minujin, a la que ató a los colchones un poco antes de que todo ardiera.

La Destrucción, 1963. Foto Shunk-Kender ©Roy Lichtenstein Foundation.jpg [fuego]

Fotograma de La destrucción, Marta Minujín, Paris, 1963

El triangulo imaginario se completa con Verificación Esquemática de Antonio Trotta. La obra, que trabaja sobre una estructura de maderas y espejos que incluyen casi inevitablemente al espectador, fue muy maltratada por la crítica de la época, imagino que por razones más políticas que estéticas. Experiencia 68 terminó con todos los artistas sacando su obra a la calle en protesta contra la censura. Trotta fue el único artista que no estuvo de acuerdo con esa actitud. Aún cuando no creo que la decisión tuviera dimensión política, lo cierto es que las críticas no perdonaron esa independencia. Más allá de esto, se trata de una obra descomunal en la que toda la sensibilidad de la época está reflejada con una mezcla de simplicidad y complejidad muy difícil de lograr.

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Verificación Esquemática, Antonio Trotta, 1968

De seguro, el espectador hará su propio itinerario en la muestra y unirá los puntos a su antojo. El Moderno pone la excusa para que las personas hagan el resto.

 

La paradoja en el centro, Museo de Arte Moderno de Buenos Aires, Av. San Juan 350 Martes a viernes: 11 a 19 hs. Sábados, domingos y feriados: 11 a 20 hs. Lunes cerrado (excepto feriados).

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