¿No existe otra manera de pensar el conflicto docente?

Este artículo fue publicado por la Agencia TELAM el 13.03.17

La política argentina nunca es calma. Nunca lo es, pero esta última semana las cosas se salieron de madre. Una parte de nuestra vida política, esa que se regodea en su propio conservadurismo, la que reinventa una y otra vez los mismos ritos, los mismos gritos y las mismas consignas, emergió y se pavoneó frente a nosotros con impunidad y falta de responsabilidad.

Como en uno de esos bellos cuadros de Escher, pero sin su belleza, la política argentina se pierde en esas escaleras incesantes que parecen no llevar a ningún lado. Nuestra vida pública puede adivinarse perdida, gris, en medio de los también grises senderos escherianos, sin saber bien hacia dónde continuar, dudando del camino y de su llegada a buen puerto.

Dentro de una semana pródiga en desatinos, el conflicto docente destaca por su importancia concreta. Los docentes de las escuelas públicas de todo el país, llevados por la lógica gremial y política del sindicato de la provincia de Buenos Aires, no comenzaron las clases el lunes 6 y llevaron el comienzo al miércoles o, incluso, al jueves en algunos distritos.

Este conflicto no es cualquier conflicto. El valor histórico y simbólico de la educación en nuestro país desafía al realismo que surge de la historia reciente. Hay una tensión explícita entre el registro cultural que se tiene sobre la educación y el valor concreto que se le asigna -por parte de los actores principales- en los hechos y percepciones del presente. Es cierto que el maestro está revestido de un aura impecable y casi religiosa, pero no es menos cierto que su papel en la sociedad ha cambiado para peor y que sus argumentos de autoridad están en plena crisis.

Desde el punto de vista social, si bien la costumbre ha colocado a la educación como uno de nuestros principales puntos de interés, no es menos cierto que el deterioro educativo es sostenido desde hace años sin que aparezcan revulsivos institucionales que lo atiendan. En esa misma dirección, basta recordar que hace pocos años las escuelas bonaerenses perdieron el primer mes de clases sin que pasara demasiado y que las pruebas internacionales dejan cada vez más lejos a la Argentina dentro del sistema educativo global, sin que eso genere más que algunas aisladas y ponderables reacciones de los especialistas.

El problema de la educación en Argentina es muy complejo, y existen quienes lo tratan con una solvencia de la que carezco, pero creo que puede resultar interesante utilizarlo para pensar nuestra experiencia política.

Resulta ciertamente lógico que, después de una década de omnipresencia de la política y de una desesperante exageración alrededor de la supremacía de lo político sobre otras dimensiones de la vida, la reacción sea la de creer que el conflicto es perjudicial, autoritario e incluso ficcional por definición. Casi inevitablemente, al proceso de exasperación populista lo sucede un momento de candidez conceptual en donde el conflicto es percibido unívocamente como un reflejo negativo.

Esto tiene su trampa. Insistir en que el conflicto es sólo reacción es un rasgo de conservadurismo y de nostalgia política que constituye una respuesta política posible, pero que no es la única. Esta reacción entendible frente a la centralidad que el conflicto tuvo durante los años populistas no permite ver su presencia dentro de la vida política y, peor aún, no reconoce la posibilidad de ser reinterpretado en clave democrática.

Hay una -varias- maneras de establecer una relación democrática con el conflicto. Para poder hacerlo hay que estar dispuestos a reformularlo y volverlo otra cosa. La idea de conflicto político que anida en nuestra cultura política es oposicional, esencialista y reaccionaria.

Es oposicional dado que requiere de un antagonismo total para su desenvolvimiento y para su episódica resolución. Necesita y reclama la simplificación que resulta de un conflicto binario en donde hay poderosos y débiles obvios y reconocibles, que llevan argumentos contrarios sin encontrar nunca un lugar en donde ampliar la conversación.

Es esencialista porque supone una lógica argumentativa irreductible, donde no hay lugar para acuerdos discursivos. Se puede llegar a un lugar de acuerdo temporal circunstancial, pero el desacuerdo final nunca se rompe precisamente porque no admite interrupciones narrativas.

Es reaccionaria porque nunca resuelve nada. Acuerda pero no resuelve. Compra tiempo mientras los actores insisten en los discursos y se refuerzan en las prácticas atávicas y conocidas.

Esta manera de entender el conflicto, además, fija retóricas inútiles, consagra ideas acerca del poder que no coinciden con el devenir de las sociedades contemporáneas y son sumamente útiles -habría que ver cuánto de esta dimensión colabora en el estado actual de las cosas- para fosilizar dirigencias y liderazgos.

La retórica de lucha, de apelación al sacrificio colectivo, de épica movimientista termina siendo una torre romántica donde se refugian líderes que no son controlados, dirigencias eternas y problemas irresueltos.

Volvamos por un instante al conflicto docente. En estos días circuló una fotografía en la que un hipotético maestro tiene un cartel que rezaba “estamos enseñando” y a su lado había un niñito con otro cartel que decía ‘estamos aprendiendo”. ¿Qué podríamos suponer que está enseñando ese docente? ¿a luchar? ¿es eso lo que está aprendiendo el pequeñito? ¿acaso la lucha es de por sí una forma pedagógica? ¿qué porción del problema educativo argentino se está solucionando en esta escena?

La pregunta que la democracia argentina podría hacerse, para éste y para otros conflictos genuinos y representativos de la hondura del problema social que tenemos a nuestra vista es: ¿no existe acaso otra manera de pensar los conflictos?

Hay una manera distinta de hacer frente a los conflictos. Un modo más democrático y liberal que consiste en desanudar esta trama conservadora y exponerlos desde una perspectiva colaborativa.

Para poder hacerlo es necesario que dibujemos un mapa cultural en el que sea posible la conversación pública sin que el resultado obligatorio sea la consagración de la dinámica entre una parte que pierde y una que gana. Dada la urgencia y profundidad de nuestros problemas y dada la notable ineficacia de los modos anteriores, tenemos que ser capaces de imaginar una manera de ver la sociedad del futuro sin esas rémoras que suponen que el sacrificio colectivo es lo único que garantiza la dignidad.

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Superar el peronismo

peron pop

 

Esta nota fue publicada en la edición del mes de abril del portal Escenarios Alternativos

Entre 1940 y 1950, algunos países de nuestra parte del mundo vivieron un proceso político lo suficientemente homogéneo como para poder ser situado en la historia y en la teoría social como un caso típico de incorporación de las masas a la vida pública. Argentina, Brasil, Perú y Chile, con sus diferencias, tuvieron años de inclusión populista encabezados por movimientos nacional-populares con un fuerte apoyo de los sectores más pobres. En casi todos los casos, la historia y la política guardan un lugar para esas tradiciones pero han sido superadas por el paso del tiempo, la actualización generacional de las élites y la adecuación de las democracias a modelos globales.

En Argentina, sin embargo, la omnipresencia política y cultural del peronismo continúa siendo el dato relevante de la vida nacional. En alguna medida, parece que nunca hubiéramos podido resolver la salida de la Segunda Guerra Mundial diciendo en voz alta que el fascismo está mal, y nos hubiéramos enredado para siempre en una urdimbre pegajosa que nos fija en una suerte de pre-modernidad democrática.

No parece probable escuchar de un dirigente político importante del Perú de hoy la frase: “Debemos acordar con el hayadelatorrismo, de lo contrario, todo será más difícil”. No imagino a Renan Calheiros abrir las sesiones implorando la comprensión del varguismo para solucionar los problemas de Brasil.

En Argentina, sin embargo, y contra toda evidencia, muchos creen en la inexorabilidad del peronismo. Las distintas versiones de esta capitulación intelectual no reconocen ni partidos ni dirigentes. Bajo un espectral símbolo de gobernabilidad, casi la totalidad de los actores políticos argentinos invocan al peronismo como una hipotética fuente de soluciones y autorizaciones públicas

La correspondencia entre peronismo y gobernabilidad expresada de forma recurrente en estos tiempos particularmente difíciles de la vida argentina, resuena todavía más con una suerte de exabrupto. Se llega, incluso, a utilizar alguna de esas dificultades como legitimadoras. La muerte del Fiscal Nisman, por ejemplo, es utilizada para sostener esta afirmación en lugar de usarla para discutir a los que, de una u otra manera, son responsables.

En la inexorabilidad de la gobernabilidad peronista vive la derrota de la democracia argentina. Al menos la de un tipo de democracia, más vinculado con las formas liberales, que respete los espacios privados y que no pretenda politizarlo todo y bajo formas institucionales no invasivas. En definitiva, una sociedad abierta y pluralista en la que Estado, gobierno y ciudadanía sean categorías distintas con experiencias diferentes.

Si bien la política argentina está lejos de ser un vergel, las responsabilidades del peronismo en el actual estado de cosas de nuestra democracia no pueden ser menospreciadas. Dentro de un atado de dificultades que llevan su sello, hay uno que se destaca por su peligrosidad. El peronismo tiene una tendencia constante a re-escenificar el vínculo entre la violencia ejercida contra los cuerpos y la política. Esta violencia tiene grados y temperamentos diferentes, pero es una constante histórica tan presente en el peronismo que desatenderla resulta torpe, irresponsable y peligroso.

Las formas de la violencia política son muchas. Puede pensarse en la búsqueda de cercar voces cerrando diarios, en la cárcel para los opositores o en las estrategias antidemocráticas de construcción de una sociedad unánime y sin matices. Puede tomar la forma del setentismo, de la exclusión social o del personalismo que niega la palabra y la acción de otros. Puede expresarse en la retórica de un gobierno que guerrea contra un medio de comunicación o que se burla desde las redes sociales de un quinto del mundo. La misma violencia que aparece en las reacciones del gobierno frente al asesinato de Nisman y en la simbólica desaparición de sus hijas en el discurso del gobierno.

Es la misma violencia argumentativa y práctica que se utiliza para descalificar la marcha del 18 de febrero y la que se usó para mostrar a una lastimosa presidente en silla de ruedas cuando era perfectamente evitable.

Es la violencia de arrebatarle el sentido a las palabras y de sustituir actores y tergiversar biografías para que encajen en las hipótesis épicas (siempre violentas) del peronismo kirchnerista.

Miremos los héroes del peronismo y veremos violencia; repasemos la historia y encontraremos las mil formas de justificar la violencia política como forma de resolver los problemas de la vida pública.

La inevitabilidad del peronismo no es propiedad de la esfera política. Esa fantasía anida con la misma fuerza en la élite empresarial, en el periodismo y en grupos de jóvenes doctorandos que se unen en la búsqueda del peronismo bueno que aparecerá mágicamente al explorar los límites de nuestra periférica democracia.

Los que queremos otra sociedad pareciera que no tenemos chance con el peronismo. O nos vamos o trabajamos desde lo que hacemos para superar al peronismo en medio de un país que se obstina en sostenerlo. El aporte que podemos hacer es el de colaborar en la tan improbable como necesaria tarea de abrir la posibilidad de superar al peronismo en la vida política argentina. Esta idea de superación no se agota en el mero hecho de ganarle una elección y desplazarlo del gobierno. Se trata de otra cosa, más amplia y mucho más compleja. Desandar el esquema cultural que el peronismo le transfirió a la democracia argentina es mucho más difícil que cambiar los nombres al frente de los ministerios y las secretarías de Estado. Es cambiar la lógica de relacionamiento entre las personas y la política construyendo una forma estatal que no se interponga en el diseño de nuestra biografía.

Superar al peronismo es reconocer la voz pública de los demás sin ejercer ningún tipo de violencia. Es encontrar la forma de restaurar la herida social de la despersonalización clientelar y sustituirla por el reconocimiento de la individualidad y su capacidad creativa. La posibilidad de superar al peronismo incluye un trabajo fuerte para evitar el personalismo y por hacer jugar categorías no visitadas y convertirlas en ordinales en el terreno de la práctica. Superar al peronismo es hacer de esto un lugar normal, un sitio en donde no pueda pasar cualquier cosa en nuestra cara y le tengamos que dar crédito porque vivimos en una perpetua sensación de incredulidad.

Al peronismo se le puede ganar, pero superar al peronismo en la política argentina es mucho más que eso. Cuando se le ganó fue porque se le propuso a la ciudadanía algo mejor, alejado de la violencia y lo suficientemente plural como para convocar a la mayoría. Este año es el más importante de nuestras vidas públicas, no es negocio plegarse a la costumbre de perder oportunidades.

Hay que escribir, dibujar y mezclar todo lo sea necesario para formar parte de una experiencia de gobierno decente, abierto, prudente y liberal que nos dé la posibilidad de ir dejando atrás al peronismo. Dejarlo anclado definitivamente en la historia mientras los mejores se dedican a restaurar, a pasar el ungüento suave y hospitalario de la libertad sobre las heridas que todos estos años habrá dejado la violencia sobre nuestros cuerpos.

Ideas y consecuencias

incendios

La modernidad nos ha acostumbrado a separar ideas de acciones. Esto impide, muchas veces, reconocer el vínculo íntimo que existe entre las ideas y las formas sociales concretas.

De algunos hechos sucedidos en las últimas semanas se pueden extraer algunos ejemplos que sirven para ilustrar de qué manera ideas diferentes generan sociedades distintas, con comportamientos y actitudes incomparables.

Entre mediados de febrero y principios de marzo, dos provincias argentinas, Córdoba y Chubut, se vieron en medio de desastres naturales de una magnitud muy importante. Las inundaciones en Córdoba dejaron a varias ciudades bajo el agua y a más de 2.000 personas sin vivienda. En Chubut, un incendio forestal transformo 35.000 hectáreas de bosque en un gran desierto de ceniza y una gran cantidad de animales calcinados.

Mientras tanto, en la noche del 2 de marzo se desencadenó un incendio en una residencia universitaria de mujeres del Barnard College de la Universidad de Columbia en Nueva York. El fuego empezó en el sótano, pero rápidamente el fuego tomó las habitaciones, obligando a evacuar a cientos de estudiantes.

Está claro que las situaciones revisten una gravedad distinta y no son homologables, pero ver actitudes, reflejos colectivos y reacciones puede servir para pensar sobre nuestro problema inicial.

¿Qué pasó en Argentina?

Luego del inicial y constante momento de desconcierto, las autoridades de las áreas específicas se pusieron a hacer su trabajo e intentaron coordinar a las diferentes instancias estatales para tratar de mitigar las consecuencias del incidente. Inmediatamente, los medios y la ciudadanía posaron su mirada sobre la gestión estatal y criticaron su ineficacia. Comenzaron a llegar ataques desde todos los sectores hacia la acción del Estado y se hicieron denuncias periodísticas que alcanzaron, incluso, al gobierno nacional y una supuesta compra falsa de aviones hidrantes. No faltaron, obviamente, los discursos ampulosos de políticos y candidatos que dejaron muy en claro, como la última y la anteúltima vez, que la razón de ser de su vida pública era el bienestar de la gente. Las declaraciones y las demandas tomaron al Estado como único referente de acción y lo constituyeron en el más importante medio de acción colectiva imaginable, incluso en el único. La mirada se posicionó sobre el Estado al buscar soluciones, al igual que lo hicieron las críticas cuando no llegaron los resultados esperados..

¿Qué pasó en Estados Unidos?

Defensa civil y el Departamento de Bomberos iniciaron sus trabajos inmediatamente, ayudando a apagar el incendio. ¿Cuál fue la respuesta de la colectividad? A poco más de dos horas de iniciarse el siniestro, se organizó por internet un microsite en donde se ofreció alojamiento a los estudiantes damnificados. Inmediatamente se armó un google doc en que se colocó toda la información de contacto y las disponibilidades para que quienes lo necesitaran pudieran conectarse directamente con las personas que ofrecían sus viviendas de modo temporario. En una hora, más de 200 personas se unieron a este documento colectivo para dejar sus datos y ponerse a disposición en aquella situación de emergencia. Sin el concurso del Estado, por puro reflejo asociacionista, la comunidad de Nueva York desplegó un esquema de acción colectiva, vigorosamente democrático, que ayudó en la solución de un problema puntual.
Como señalábamos al inicio, las ideas tienen consecuencias. El reflejo inicial de las sociedades corporativas es el del reclamo hacia el Estado. En países como la Argentina, en donde el Estado es omnipresente y en donde la ciudadanía se construye y se ejerce alrededor de la figura de la estatalidad, todos esperan la llegada de la solución por la vía de esa externalidad. La imposibilidad por romper esa matriz cultural arroja a las sociedades a una suerte de contradicción fundamental. Tanto el objeto de toda crítica como el salvador es el mismo sujeto-objeto Estado. Esto se agiganta en procesos populistas, donde la narrativa de la estatalidad toma incluso temperamentos literarios y en donde el Estado aparece convertido en un personaje. El espejo de esta ultra presencia estatal es la falta de cultura de la asociación y su consecuencia es la pérdida de oportunidades para solucionar problemas por la vía del empoderamiento de la sociedad civil.

En sociedades liberales, en cambio, el peso de la responsabilidad es distinto. Está claro que no deja de existir el Estado, pero las formas sociales más individualistas tienden a asociarse para hacer frente a los problemas sin esperar la acción estatal. Este asociacionismo, ocasional y efectivo, permite relacionarse con las dificultades de un modo más veloz, más ágil y menos burocrático. No intenta construir identidades con narrativas totalizantes ni excluyentes, se conforma con una breve institucionalidad práctica que ayuda a resolver los temas.

El sentido común de la sociedad argentina es, fundamentalmente, iliberal y por eso antinorteamericano. Por lo general se acusa a lo americano de egoísta, interesado y utilitario. La crítica es, fundamentalmente, hacia el individualismo. Una muestra interesante de esto fue, en su momento, la declaración del integrante de La Cámpora José Ottavis quién, es su primera visita a la ciudad de New York se animó a decir, con el aplomo de un crítico de la cultura, que en Manhatann  no existe la gauchada.

La política es terreno fértil para las paradojas. La sociedad americana es claramente individualista y utilitarista, pero eso, lejos de hacerla insensible al dolor ajeno, la hace más consciente de su papel y de su responsabilidad. Argentina, por su parte, se precia casi culturalmente de ser un lugar de personas amigables y su definición política exclusiva involucra siempre a la solidaridad como un valor desde el punto de vista discursivo, aún cuando es poco frecuente observarlo en la dimensión práctica.

La liberal sociedad americana construye ciudadanía mientras resuelve asociativamente los desafíos mientras la gauchita y solidaria Argentina se contenta con narrarlos hasta el infinito sin resolverlos nunca.