El fin de la dictadura

Este artículo fue publicado por TELAM en su edición del 24.03.2017

 

Hace 41 años que empezó la última dictadura militar en Argentina. Hace casi 34 años que terminó. Cada año: una marcha; cada 24 marzo se renueva el grito de Nunca Más. Desde el 2006 es feriado nacional. No se trabaja, no hay clases, todo se paraliza. Estas rutinas conmemorativas, ¿contribuyen a la salud de la democracia?

Nuestros vecinos de Chile y de Uruguay, con biografías nacionales similares y temporalmente coincidentes con la nuestra en las secuencias entre democracias e interrupciones militares, carecen de este tipo de prácticas evocadoras. Hace unos días, presencié cuando a un experimentado periodista uruguayo se le preguntó por el lugar que ocupaba la dictadura en el actual escenario político y en el debate público de su país; la respuesta fue que no ocupaba ningún lugar, que eso ya era historia y que no había necesidad de problematizarlo.

Mi primera reacción fue preguntar por qué allí no y acá sí, si es que se trata de casos asimilables. No lo hice porque me ganó la envidia. Es decir, la tristeza por el bien ajeno y el deseo de algo que no se posee.

¿Por qué razón en Argentina no tenemos esa posibilidad? ¿Por qué vivimos un permanente regocijo en la tragedia?¿Por qué se convierte en un tema de discusión política el cambiar de día el feriado del 24 de marzo? ¿Por qué razón no hay voces firmes para que ese día sea reemplazado por el 10 de diciembre y lo que recordemos sea el nacimiento de la democracia y no su muerte?

Si para contestar a estas preguntas nos tomáramos de la existencia en nuestro país de una vigorosa tradición de izquierdas que perdura en el tiempo, veremos rápidamente el mentís de la historia. A diferencia de Uruguay, que tiene la experiencia de izquierda más peculiar y exitosa de la región y que hizo presidente a un guerrillero que estuvo 18 meses en un hoyo, o de Chile, cuyo socialismo gobierna ahora mismo, Argentina tuvo que montar una ficción insostenible para justificar la retórica de izquierda de un populismo que transformó a dos abogados beneficiarios de los horrores económicos de la dictadura en dos soldados de la liberación nacional.

No son los hechos los que hacen que en Argentina sea tan difícil construir colectivamente un abandono virtuoso de la épica del sacrificio. Casi podría decirse que sucede lo contrario. La cómoda instalación de un discurso a repetición se ha convertido en un refugio que resulta muy tranquilizador para algunos y muy poco seductor para los demás.

El hábitat natural de este discurso fundamentalmente conservador en Argentina ha sido el de los derechos humanos. Marcado a fuego por la rancia retórica setentista, no está preparado para ser útil en el diseño de una sociedad mejor y una comunidad más amable. Muy por el contrario, se ha instalado en un lugar de partición y de separación que impide cualquier diálogo. Esto tiene consecuencias muy claras. No es difícil relacionar por un extremo a la tozuda instalación en el pasado de los derechos humanos y por el otro a la oclusión casi perfecta de los problemas del presente y el futuro.

Este discurso, que reclama su legitimidad en los perfiles de la dictadura, tiene, además, dos grandes problemas que entrelazan bases teóricas con consecuencias prácticas. Por un lado, impide un trabajo de reconstrucción histórica basado en la seriedad y el rigor investigativo. Es indiscutible que existen trabajos historiográficos potentes que trabajan el tema, pero también lo es que no han logrado pasar por esa malla de prejuicios y construcciones ficcionales que forman el sentido común histórico sobre el período. Esto genera que la dinámica argumentativa en el debate público esté basada no en el conocimiento y la interpretación rigurosa, sino en un sedimentado cuerpo de ideas fosilizado e impenetrable. Sucede entonces que aspectos susceptibles de estudio y aprendizaje, y que podrían explicarnos tanto los orígenes de la violencia política como las estrategias vitales que la sociedad edificó para convivir con ella son arrasados por el dialecto autorreferencial y sacralizado del militante.

Por otro lado, el argumento ideológico construye una fantasía memorística que le tiene demasiada confianza a la memoria colectiva. Prefiere no prestar atención a las tesis más radicalizadas que sostienen la imposibilidad de una memoria colectiva, ni a las más moderadas que sugieren que su construcción no siempre termina en un acierto. El recorrido se completa en las estaciones de la memoria y la identidad. Una vez más, opera bajo una simplificación pasmosa que reduce la memoria a un ejercicio cosificado y unidireccional. Aquel cuyos recuerdos lo lleven a otras conclusiones u otras interpretaciones está equivocado o, peor aún, es un traidor. Al no admitir el carácter vivo e inacabado de la memoria individual, pretende también tener la patria potestad sobre la identidad de las personas. Así, los portadores de la legitimidad del pasado son los que están en condiciones de restituir la identidad, como si esta pudiera suspenderse en algún momento. Los casos de Ignacio Montoya Carlotto y de Hilario Bacca muestran el carácter autoritario de la administración de la memoria toda vez que se ejerce en contra de la decisión individual.

Las sociedades tramitan sus conflictos como pueden. Se toman de la cantidad de talento y de sensibilidad que hay disponible para salir adelante. Cada una usa la arcilla con la que cuenta para ir dando forma a la experiencia democrática. En cualquier caso, nunca es sencillo y siempre se advertirán marchas y contramarchas.

En estos tiempos de corrección política y de probada eficacia simbólica de los cultores de la resistencia trágica permanente, tal vez se pueda empezar a susurrar que las cosas pasan y terminan, que el olvido no es una mala opción y que la resistencia y el rencor no han servido de mucho. Posiblemente pasar la página no es señal de flaqueza sino de sabiduría colectiva.

La dictadura militar, que empezó un día como hoy hace más de 40 años, tenía entre sus objetivos cortarnos la libertad y repartirse el país entre unos pocos. La diferencia democrática, la verdadera victoria sobre la dictadura, no es la rememoración eterna sino el trabajo para la construcción de una sociedad abierta en la que cada generación viva mejor y más feliz que la anterior.

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Ignacio

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Esta nota fue publicada originalmente el 12 de agosto de 2014 en Bastión Digital

Ignacio, me llamo”. Lo tuvo que pedir varias veces, con insistencia.

La intensidad con que los periodistas y los militantes quieren llamar Guido a Ignacio no es sólo un acto de ignorancia o de torpeza. Es una muestra enorme de lo que la falta de diferenciación entre lo público y lo privado puede hacer en la vida de las sociedades.

Una sociedad que cree, sin reflexionar demasiado, que está en condiciones de restituirle la identidad a una persona, está marcada por un componente animista, conservador y retardatario que muy improbablemente advierta.

La última semana argentina tiene todas las condiciones como para ser vista como un síntoma, como una demostración de su enorme desubicación.

El debate excede en mucho el tema que ocupa los diarios, ya que propone un diálogo improbable: el de identidad y restitución. La idea de identidad es sumamente compleja y no admite suspensiones. La identidad individual, la única posible, es una construcción que no se suspende por ningún motivo ni en ningún momento. La única forma en la que podría argumentarse esa suspensión debería, en el mismo momento, admitir que se está dispuesto también a suspender la propia subjetividad que es objeto de análisis.

El bostoniano Daniel Dennet ha sostenido que la mejor manera de entender al yo es percibirlo como el centro de gravedad narrativo de la personalidad. Esta idea rompe con una cuestión fundamental que es mantenida por los argumentos restauracionistas. La identidad no es algo que se pueda esencializar. Toda construcción identitaria es compleja, múltiple y sumamente dinámica. No es posible vaciar este proceso de construcción subjetiva por ninguna situación particular, por extrema que fuere. La identidad se conforma con la acumulación de experiencias y no admite ser contrastadas con los conceptos de verdad o mentira en un sentido mundano. La identidad se hace de los fracasos, los equívocos y los aciertos de la experiencia humana. Esta experiencia, intransferible, acumulativa y creativa no se suspende por una dictadura.

La filosofía pragmatista puede ayudar a comprender un poco más el problema. Richard Rorty definió a una persona como una red de estados físicos, mentales y sociales. Desde su punto de vista, la construcción de la identidad está referida a la conexión entre las diferentes posibilidades y probabilidades de la experiencia. Ser persona, construir una identidad, tener un nombre y finalmente reconocerse y ser reconocido, depende fundamental y sencillamente de la posibilidad de hablar un lenguaje particular, un lenguaje que nos habilite a discutir incluso nuestras propias creencias y deseos.

Así entendida, la identidad se aleja de la ontología y cada historia personal es particular, propia y enteramente contingente. Por lo tanto, nadie está en condiciones de restituir la identidad de nadie salvo que esté dispuesto, previamente, a negarle la totalidad de su propia subjetividad anterior.

La idea de restitución de la identidad es una idea estrictamente política y su uso también lo es.

La pretensión del gobierno por convertir un hecho íntimo en un suceso espectacular responde, en realidad,  a una lógica muy distinta de la que se utiliza para justificarlo. La tragedia se convierte en farsa bajo la utilización autoritaria del pasado. Lo que se convierte en el centro de atención no es algo relacionado con la justicia o con la posibilidad de considerar la historia en su complejidad. La única voluntad que mueve al gobierno es de la capitalización simbólica por vía de la tergiversación y el engaño.

Así como la corrupción de algo bello genera una fealdad inimaginable, la corrupción de la nobleza implica un gigantesco acto de desprecio. Lo que hace el gobierno con la idea de restitución de la identidad es no permitir inscribir el conocimiento de una parte de la biografía en un mapa más amplio y múltiple de experiencias personales.

Cuando el gobierno nacional insiste en la farsesca idea de restitución de la identidad en realidad está negando el reconocimiento de aquel a quién pretende mostrar como héroe. Llaman Guido a Ignacio porque desprecian todo lo que Ignacio es y ha sabido construir. En su concepción autoritaria y exclusivista, el gobierno no considera que aquello que no lo incluye tenga el derecho a ser tenido en cuenta.

La cultura de los derechos humanos tiene en Argentina un componente particular que se acentúa con el populismo. Argentina no pudo nunca utilizar el universo de los derechos humanos para colaborar en la construcción de una comunidad. La idea de los derechos humanos ha servido, desde la recuperación democrática hasta ahora, como un ejercicio de partición y de separación social. En lugar de buscar recrear los lazos comunitarios, se ha reforzado la idea de la existencia de planos morales sin matices. En vez de buscar la continuidad de una sociedad colaborativa, se utiliza la historia, el pasado y la memoria para separar y estigmatizar.

La posibilidad de reconciliación y búsqueda pública de una vida en común se perdió definitivamente en relación con los responsables directos de la dictadura. En lugar de buscar la restauración colectiva se buscó separar a los buenos de los malos. Es probable que en los principios de la recuperación de la democracia este camino haya sido inevitable, pero de ningún modo puede sostenerse lo mismo 30 años después.

Todo parece indicar que es un camino que le queda cómodo a la sociedad argentina. Le permite tomarse la temperatura espiritual todos los días, emocionarse cuando corresponde y colocarse en lugar seguro frente a las incertidumbres de la vida con diferentes.

Los excesos concesivos que las mayorías argentinas tienen frente a las tentaciones autoritarias aparecen bastante claros. Hace falta empezar a considerarlos como factor indispensable de nuestro empequeñecimiento democrático.

Dos relatos, una sola mirada a la memoria

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Hombrecito con hacha y otras situaciones breves – Liliana Porter – (Detalle)

Este artículo fue originariamente publicado en el Suplemento Enfoques del Diario La Nación el 20 de abril de 2014

 

La idea de la memoria, asociada con la verdad, la justicia y los derechos humanos, se ha convertido en un aspecto relevante desde el punto de vista político, sin distinguir entre partidos, organizaciones y formadores de opinión.

La memoria, convertida en un hecho moral, se ha instalado en el discurso político argentino y ha reclamado visibilidad argumentativa y actitudes hipotéticamente coherentes. El memorismo, casi  una moda intelectual, lo ha simplificado todo y terminó reduciendo un tema complejo a un conjunto de consignas más o menos vacías. El resultado de esa simplificación es que la memoria de la que habla la política argentina es la memoria colectiva.

Para devolverle densidad al tema, la primera operación intelectual que es necesario hacer es la de separar la memoria personal de la memoria colectiva. La primera de ellas es inevitable y la segunda es imposible.

La memoria individual es ineludible y creativa. Nadie puede optar por no recordar y, por lo general, de un mismo momento se tienen en cada visión particular, versiones distintas. Existe una brumosa sensación acerca de un episodio y luego la imaginación completa el cuadro entremezclando certezas y fantasías de modo azaroso y sin buscar más que una verosimilitud precaria y, fundamentalmente, útil para el momento de la conversación. La memoria individual está hecha de experiencias y, por lo tanto, es intransferible. Se puede ejercer la empatía, pero no se puede vivir lo mismo que otra persona.

Da igual que se trate de una escena feliz o de un momento dramático, no podemos transferir la experiencia y es por eso que la memoria personal es un proceso de individuación potente en la construcción de la subjetividad.

Por los mismos motivos, pero entendidos de modo inverso, la memoria colectiva es imposible, ontológicamente, por carecer de sujeto portador. No es posible armar con la suma de memorias individuales un esquema colectivo. Siempre, irremediablemente, se estará bajo la construcción de un grupo  que politiza la memoria para convertirla en un ejercicio de poder. Sin importar quién lo lleve adelante, este proceso se trata de un intento por controlar políticamente lo que es deseable pensar sobre la historia y sobre el pasado, pero también sobre el presente y el futuro.

El historiador alemán Reinhard Koselleck llamó a esto la administración del recuerdo. Un grupo, obstinándose en llevar adelante lo que es imposible, determina el modo de mirar los hechos del pasado e impone al resto de la sociedad sus cánones éticos, sus principios políticos y sus estándares enunciativos. De asumir esa opción, el agente administrador se compromete con un esquema paternalista, autoritario y escasamente democrático. En los pocos casos en los que este actor comprometido con una versión totalizante de la interpretación histórica no existe, las metáforas de creación se imponen a las de venganza y justicia.

Se ha escrito mucho sobre el uso político de la memoria por parte del kirchnerismo y sobre el abuso narrativo que supone esa fugitiva entelequia llamada vulgarmente el relato. Menos se ha escrito sobre las tentaciones que aparecen ahora que el gobierno parece tocar la retirada, para hacer lo mismo pero en una dirección aparentemente distinta. Bajo la forma de arrepentimientos, declaraciones y manifiestos está comenzando a gestarse, de modo incipiente pero con potencia simbólica, una suerte de necesidad de contar la otra historia, la que se opone al relato oficial populista, la que cuenta la verdadera naturaleza de lo que sucedió. Ambos grupos, los defensores del relato y sus contestadores, omiten una dificultad filosófica e histórica. Vincular la verdad con el desarrollo de hechos concretos de la historia no es deseable por sus consecuencias políticas, pero además, no es posible.

Tanto la verdad como la memoria son cosas vivas y las interpretaciones de los sujetos y de los grupos cambian con el tiempo y se relacionan con los intereses, lo que convierte a las narrativas de la historia en un escrito cambiante y plural.

Jugar con las mismas reglas

No aceptar esta condición de la memoria y querer presentar públicamente una versión verdadera frente a una falsa termina en una paradoja en la que todos se parecen más de lo que están dispuestos a admitir. La pretensión de verdad es análoga en un caso y otro y la falta de consideración sobre el resto de la sociedad es igual en los continuadores del relato y en sus contestadores. En lugar de poner la atención en la innecesaria sobrevida de una memoria colectiva, los opositores al populismo juegan el juego con las mismas reglas e idénticos objetivos. Es difícil encontrarle algún rédito a suplantar a una versión por otra para terminar atrapado en la misma telaraña de legitimaciones políticas.

En sociedades donde se han vivido situaciones de violencia política, la búsqueda moralista de una verdad ordenadora aparece bajo la forma de un exorcismo que es capaz de alejar las consecuencias de la maldad. Pero esta reducción ofrece más sombras que luces. En el sentido de la moralidad, sólo se puede tener razón. Nadie discutiría que matar, torturar y robar son cosas malas y reprobables, pero eso no nos hace avanzar ni un solo centímetro. Retomando a Koselleck, el juicio moral siempre tiene razón, pero es políticamente inútil.

Muy posiblemente las escasas diferencias y la falta de matices que se advierten en la Argentina en el tratamiento de este tema encuentren su explicación en dos marcas indelebles en la matriz política argentina: su inclinación al colectivismo y su antiliberalismo. Por desolador que resulte, hay que decir que el tema de la memoria y sus sucedáneos es tratado de un modo muy poco diferenciado entre los políticos profesionales y el mundo de las ideas. Hay excepciones personales, pero no alcanzan para torcer la tendencia  simplificadora.

La memoria colectiva funda a la nostalgia como categoría política y nos ancla en el pasado. Una manera de abrir paso a metáforas creativas es tomar el camino liberal y dejar a cada uno de nosotros trabajar individualmente sobre nuestra experiencia con el pasado. Ampliar la conversación democrática y desplegar mundos de vida imaginativos puede comenzar por la deliberada renuncia a repolitizar la memoria para no restarle posibilidades al futuro.