Superar el peronismo

peron pop

 

Esta nota fue publicada en la edición del mes de abril del portal Escenarios Alternativos

Entre 1940 y 1950, algunos países de nuestra parte del mundo vivieron un proceso político lo suficientemente homogéneo como para poder ser situado en la historia y en la teoría social como un caso típico de incorporación de las masas a la vida pública. Argentina, Brasil, Perú y Chile, con sus diferencias, tuvieron años de inclusión populista encabezados por movimientos nacional-populares con un fuerte apoyo de los sectores más pobres. En casi todos los casos, la historia y la política guardan un lugar para esas tradiciones pero han sido superadas por el paso del tiempo, la actualización generacional de las élites y la adecuación de las democracias a modelos globales.

En Argentina, sin embargo, la omnipresencia política y cultural del peronismo continúa siendo el dato relevante de la vida nacional. En alguna medida, parece que nunca hubiéramos podido resolver la salida de la Segunda Guerra Mundial diciendo en voz alta que el fascismo está mal, y nos hubiéramos enredado para siempre en una urdimbre pegajosa que nos fija en una suerte de pre-modernidad democrática.

No parece probable escuchar de un dirigente político importante del Perú de hoy la frase: “Debemos acordar con el hayadelatorrismo, de lo contrario, todo será más difícil”. No imagino a Renan Calheiros abrir las sesiones implorando la comprensión del varguismo para solucionar los problemas de Brasil.

En Argentina, sin embargo, y contra toda evidencia, muchos creen en la inexorabilidad del peronismo. Las distintas versiones de esta capitulación intelectual no reconocen ni partidos ni dirigentes. Bajo un espectral símbolo de gobernabilidad, casi la totalidad de los actores políticos argentinos invocan al peronismo como una hipotética fuente de soluciones y autorizaciones públicas

La correspondencia entre peronismo y gobernabilidad expresada de forma recurrente en estos tiempos particularmente difíciles de la vida argentina, resuena todavía más con una suerte de exabrupto. Se llega, incluso, a utilizar alguna de esas dificultades como legitimadoras. La muerte del Fiscal Nisman, por ejemplo, es utilizada para sostener esta afirmación en lugar de usarla para discutir a los que, de una u otra manera, son responsables.

En la inexorabilidad de la gobernabilidad peronista vive la derrota de la democracia argentina. Al menos la de un tipo de democracia, más vinculado con las formas liberales, que respete los espacios privados y que no pretenda politizarlo todo y bajo formas institucionales no invasivas. En definitiva, una sociedad abierta y pluralista en la que Estado, gobierno y ciudadanía sean categorías distintas con experiencias diferentes.

Si bien la política argentina está lejos de ser un vergel, las responsabilidades del peronismo en el actual estado de cosas de nuestra democracia no pueden ser menospreciadas. Dentro de un atado de dificultades que llevan su sello, hay uno que se destaca por su peligrosidad. El peronismo tiene una tendencia constante a re-escenificar el vínculo entre la violencia ejercida contra los cuerpos y la política. Esta violencia tiene grados y temperamentos diferentes, pero es una constante histórica tan presente en el peronismo que desatenderla resulta torpe, irresponsable y peligroso.

Las formas de la violencia política son muchas. Puede pensarse en la búsqueda de cercar voces cerrando diarios, en la cárcel para los opositores o en las estrategias antidemocráticas de construcción de una sociedad unánime y sin matices. Puede tomar la forma del setentismo, de la exclusión social o del personalismo que niega la palabra y la acción de otros. Puede expresarse en la retórica de un gobierno que guerrea contra un medio de comunicación o que se burla desde las redes sociales de un quinto del mundo. La misma violencia que aparece en las reacciones del gobierno frente al asesinato de Nisman y en la simbólica desaparición de sus hijas en el discurso del gobierno.

Es la misma violencia argumentativa y práctica que se utiliza para descalificar la marcha del 18 de febrero y la que se usó para mostrar a una lastimosa presidente en silla de ruedas cuando era perfectamente evitable.

Es la violencia de arrebatarle el sentido a las palabras y de sustituir actores y tergiversar biografías para que encajen en las hipótesis épicas (siempre violentas) del peronismo kirchnerista.

Miremos los héroes del peronismo y veremos violencia; repasemos la historia y encontraremos las mil formas de justificar la violencia política como forma de resolver los problemas de la vida pública.

La inevitabilidad del peronismo no es propiedad de la esfera política. Esa fantasía anida con la misma fuerza en la élite empresarial, en el periodismo y en grupos de jóvenes doctorandos que se unen en la búsqueda del peronismo bueno que aparecerá mágicamente al explorar los límites de nuestra periférica democracia.

Los que queremos otra sociedad pareciera que no tenemos chance con el peronismo. O nos vamos o trabajamos desde lo que hacemos para superar al peronismo en medio de un país que se obstina en sostenerlo. El aporte que podemos hacer es el de colaborar en la tan improbable como necesaria tarea de abrir la posibilidad de superar al peronismo en la vida política argentina. Esta idea de superación no se agota en el mero hecho de ganarle una elección y desplazarlo del gobierno. Se trata de otra cosa, más amplia y mucho más compleja. Desandar el esquema cultural que el peronismo le transfirió a la democracia argentina es mucho más difícil que cambiar los nombres al frente de los ministerios y las secretarías de Estado. Es cambiar la lógica de relacionamiento entre las personas y la política construyendo una forma estatal que no se interponga en el diseño de nuestra biografía.

Superar al peronismo es reconocer la voz pública de los demás sin ejercer ningún tipo de violencia. Es encontrar la forma de restaurar la herida social de la despersonalización clientelar y sustituirla por el reconocimiento de la individualidad y su capacidad creativa. La posibilidad de superar al peronismo incluye un trabajo fuerte para evitar el personalismo y por hacer jugar categorías no visitadas y convertirlas en ordinales en el terreno de la práctica. Superar al peronismo es hacer de esto un lugar normal, un sitio en donde no pueda pasar cualquier cosa en nuestra cara y le tengamos que dar crédito porque vivimos en una perpetua sensación de incredulidad.

Al peronismo se le puede ganar, pero superar al peronismo en la política argentina es mucho más que eso. Cuando se le ganó fue porque se le propuso a la ciudadanía algo mejor, alejado de la violencia y lo suficientemente plural como para convocar a la mayoría. Este año es el más importante de nuestras vidas públicas, no es negocio plegarse a la costumbre de perder oportunidades.

Hay que escribir, dibujar y mezclar todo lo sea necesario para formar parte de una experiencia de gobierno decente, abierto, prudente y liberal que nos dé la posibilidad de ir dejando atrás al peronismo. Dejarlo anclado definitivamente en la historia mientras los mejores se dedican a restaurar, a pasar el ungüento suave y hospitalario de la libertad sobre las heridas que todos estos años habrá dejado la violencia sobre nuestros cuerpos.

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