La difícil tarea del alivianamiento populista

Este artículo fue publicado por la Agencia TELAM el 25.02.17

Propongo a los lectores un ejercicio de memoria reciente. Allá por septiembre y octubre del año pasado, comenzaron a surgir una serie de pronósticos sobre los desmanes y desastres que ocurrirían en diciembre y sobre las dificultades por las que pasaría el gobierno de Cambiemos.

Se decía que se estaban preparando saqueos, que la situación en la provincia de Buenos Aires era insostenible y que la paz social pendía de un delgado hilo. Algunos fueron más temerarios y basaron el capítulo urbano de estas miserias en los cortes de luz y el hartazgo de la clase media. Los más especuladores en términos de la política tradicional hacían sus apuestas alrededor del camino que tomaría la administración del presidente Macri para moderar los efectos políticos de semejante escenario. Esto va a estallar, esperá a diciembre, se escuchaba con frecuencia.

Diciembre llegó y la realidad marcó que, además del calor, no ocurrió ninguna calamidad. Incluso mediando el dato no menor de un fuerte cambio de gabinete. A mediados de mes, el Gobierno le pidió la renuncia al ministro de Economía, desdobló el Ministerio y nombró a dos nuevos funcionarios. Todo esto sin que nada sucediese, ni en el ámbito de las finanzas ni en el mundo social.

La política argentina se encuentra actualmente en la difícil tarea de alivianamiento populista. Nuestro populismo, lejos de poder ser considerado un accidente, está gráficamente añadido a nuestra cultura política y aparece cada vez que la democracia tramita sus naturales conflictos. Así, lo que en otro lugar del mundo puede verse y administrarse como un problema normal del desarrollo político -lo que pone en juego un menú variado de opciones para su resolución- en la Argentina adquiere un estatuto unidireccionalmente crítico, sostenido conceptual y prácticamente por una tendencia genética de tolerancia a las formas autoritarias, basadas en liderazgos fuertes.

Esto admite una descripción histórica. En los años 40 del siglo pasado, y luego de una década de discusión sobre la política electoral representativa, la ruptura con el mundo liberal permitió la emergencia de una figura y un liderazgo como el del general Perón. Más cerca en el tiempo, la crisis más densa de la política argentina desde su reencuentro con la democracia permitió la arquitectura de una salida política que cumplía con los mismos parámetros de nacionalismo, centralismo y colectivismo.

El desafío de la política democrática argentina pos-populista, entonces, es el de la normalidad. Un piso que posibilite pensar en modificaciones en la cultura política que, a su vez, permitan nuevas formas de relacionamiento entre el Estado y la ciudadanía y entre las personas y la vida pública.

El camino a la normalidad no es sencillo. Los problemas estructurales que ha dejado el populismo son complejos de abordar y, como en toda administración, surgen problemas. Cuando aparecen, en lugar de tramitarse como en cualquier democracia, la tendencia es a una puesta en escena que termina siempre en una misma dirección: todo problema, cualquier situación conflictiva, cualquier circunstancia política reclama ser arrojado a los fuegos de la inexorabilidad del peronismo.

En las últimas semanas, una serie de decisiones del Ejecutivo volvieron a generar un clima similar al de fines del año pasado, poniendo el eje en que el Gobierno no tiene margen para seguir equivocándose. Más allá de lo que se piense sobre las decisiones y los costes políticos de las mismas en el futuro, lo que sobrevolaba en los análisis era que la administración Cambiemos, de perseverar en los errores, tendría dificultades para llegar al final de su mandato.

Llama la atención, todas las veces, que la consecuencia de algunos errores sea presumir la pérdida de gobernabilidad. Más aún si se lo compara con otras administraciones, en las que cuestiones de una naturaleza objetivamente mayor produjeron críticas, denuncias, editoriales y actitudes políticas, pero sin que en ningún momento sobrevolaran discusiones sobre la capacidad presidencial de seguir gobernando.

La pregunta se construye con el peso de la argumentación: ¿por qué cuando un gobierno peronista se ve enredado en situaciones objetivamente más ruinosas la situación es leída como un mal momento, y en cambio cuando un gobierno no peronista pasa por alguna complejidad nos empezamos a preguntar si conseguirá llegar al final del mandato? ¿por qué razón se le asigna a las próximas elecciones legislativas una suerte de tester definitivo sobre la gobernabilidad de Cambiemos si no se dudó de la gobernabilidad cuando el FPV perdió las legislativas del 2013, en las que casi un 70% del electorado votó a otra opción?

La hipótesis más fuerte es que existe en la cultura política argentina -enraizada en los formadores del debate público- una suerte de primera reacción, de gesto casi instintivo, por extrañar las formas peronistas. Es decir, existe un enamoramiento proyectado hacia la figura del líder en demérito de las instituciones y hay un reconocimiento más o menos explícito de que los argentinos necesitamos liderazgos monstruosos. Es este mismo temperamento el que explica que se tenga como virtudes políticas a la viveza y a la picardía, llegando incluso a volverlas sinónimo de inteligencia.

En definitiva, lo que estos análisis proyectan es que creen que la democracia argentina es débil y necesita de una persona que actúe como esas simbólicas muletas características en la obra de Salvador Dalí.

Lo más impactante de esta aproximación es que desnuda un problema reconocido y reeditado de nuestra cultura política, como es la falta de afecto y de confianza que despierta la democracia en algunos sectores de la sociedad. Esta falta de confianza implica, para los que la experimentan, un proceso de conservadurización de las ideas que termina impactando en el debate público, haciéndolo más débil y sombrío.

Es una pena, porque éste es el momento en el que se necesitaría asumir más riesgos creativos en materia política para poder sumar miradas y voces que allanen el camino de salida al populismo. Claro que, para poder colaborar en esa tarea, primero hay que desearla.

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Los símbolos del populismo se despiden; llegan los del porvenir

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Esta nota fue publicada parcialmente en la edición del diario Clarín del 28.11.2015

Para algunos, la política no es una cuestión de ideas. Se reduce a un trabajo práctico en el que le va mejor a los que entienden que su naturaleza es vil, agonal e insatisfactoria. Son los mismos que suelen pensar en que el pensamiento imaginativo sobre un escenario cualquiera no puede tener otro destino que convertirse en una banalidad sin consecuencias.

Reducir la política a esas dimensiones es, en el caso argentino, una concesión importante al populismo, casi una declaración de victoria. Al mismo tiempo, es faltar al reconocimiento acerca de la vigorosidad del sentimiento de cambio y del peso que este tuvo al momento de configurar electorados, tanto en primera como en segunda vuelta.

Ese cambio, proveniente de la ciudadanía y luego reinterpretado con eficacia por los políticos profesionales, proviene de una esfera  cultural que necesariamente pone en dudas esquemas analíticos y acercamientos conceptuales.El populismo pretendió anclar las visiones sobre lo político en el pasado, generando una simbología sacrificial, trágica y épica. La contestación que los electores corporizaron en el nuevo gobierno de Cambiemos va a necesitar la construcción de una serie de símbolos relacionados nítidamente con el porvenir.

La eficacia del próximo gobierno reside mucho más en esa capacidad que en la de la política como ejercicio conservador de negociación más o menos espuria.

Macri es el presidente que llega a ese lugar con la menor cantidad de promesas concretas y cuya generación de expectativas puntuales es particularmente baja. Nadie cree que Macri sea un estadista providencial que vaya a curar ningún mal de palabra, ni que venga a salvar a nadie. Afortunadamente, el próximo presidente y quienes integran Cambiemos se han mostrado como personas normales que hacen de la política su profesión y cuya mayor virtud es reconocer esta situación y generar equipos y lógicas decisionales para tratar de superar problemas.

La primera conferencia de prensa de Macri, coral y con participación de la prensa, marcó un primer síntoma de distinción. Ya no es la palabra única, sacralizada e inefable del viejo representante de la política. Ese solo cambio genera más interés que, por ejemplo, la capacidad para arreglar con los sindicatos.

La actitud de Carrió y de Sanz también refieren a otro marco analítico. Incluso con los problemas que pueden traer estas decisiones, son actos de personas normales, discutibles, pero nunca desde los criterios de una real politik que todo lo tiñe de oscuridad y pesadumbre.

Está claro que el gobierno de Cambiemos deberá afrontar decisiones difíciles y que deberá weberianamente ofrecer su alma al diablo, pero no asumir que aún estas cosas pueden hacerse desde un margen cultural y simbólico distinto es una debilidad intelectual que debería evitarse. A menos que se quiera pagar el precio de la rendición incondicional a favor de un destino de fatalidad histórica o de persistir en que la Argentina solo puede ser gobernada por monstruos.

Acuerdo UCR-PRO, una oportunidad

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 Esta nota salió originalmente publicada en la sección Debates del diario Clarín del 30 de marzo de 2015

Los escenarios políticos en Argentina son cualquier cosa menos previsibles. Lamentablemente, no hemos alcanzado aún ese desarrollado aburrimiento de las democracias consolidadas. Una foto, un gesto, una intervención imaginativa en las redes sociales, pueden causar un cimbronazo y modificar el contexto. El resultado de la convención radical ha modificado la escena, con una decisión que también está fundada en ideas. La voluntad de este acuerdo político es terminar con el ciclo populista y anteponer la democracia a cualquier narrativa específica, planteándose desde una perspectiva pluralista.

El desafío abierto es el de construir los anticuerpos para moderar las tentaciones populistas –verdadera marca cultural de la política argentina- y actuar de modo liberal y republicano. Más allá del resultado electoral, el acuerdo no populista deberá tener la sensibilidad y el talento como para construir el barco al mismo tiempo en que se navega.

El reconocimiento de esta complejidad es, también, el de la hermosa oportunidad de experimentación que un acuerdo de este tipo propone.

Un nuevo ciclo puede abrir una oportunidad para modernizar el sistema político argentino. La reciente coalición se formula desde la crítica institucional, y por lo tanto, ese debería ser el eje de su construcción identitaria Un proyecto que se cimenta desde lo institucional se coloca a sí mismo en un lugar de originalidad, aún hoy, cuando ya han pasado treinta años de ejercicio democrático. La ciudadanía estará mirando con atención lo que se haga para dibujar una institucionalidad mejorada. Si lo que se plantea es la novedad sería deseable que la fuerza política que encarne ese cambio sea la primera en someterse a los desafíos que platea una institucionalidad distinta.

Lo que aparece como estrictamente necesario en la construcción de esta nueva institucionalidad es el respeto y el afecto. La empatía política entre los miembros de la coalición será un espejo de la confianza que la ciudadanía puede tener en ella. El Estado populista se relaciona con la ciudadanía bajo el signo del hartazgo. La nueva institucionalidad debe cambiar eso por aprecio, atención e interés. La construcción  de esta nueva forma institucional tiene ventajas. Permitirá la continuidad de los partidos al mismo tiempo que construye un esquema que los supera y habilita nuevas incorporaciones. Podrá organizar de forma colaborativa la administración de los conflictos que surjan y además interpretar las modificaciones contemporáneas de la representación política, previendo mecanismos de agregación y empoderamiento no tradicionales. Las elecciones de este año son especiales. Es la primera vez desde la reconquista de la democracia que el eje de la discusión tiene una preeminencia política. Este es un escenario ideal para plantear los pasos que le faltan a la Argentina para completar su sueño democrático.

Los usos populistas del marxismo

Este artículo fue publicado originalmente en el Suplemento Enfoques del diario La Nación el 5 de enero de 2014

En muy pocos lugares del mundo el marxismo tiene una presencia cotidiana, más allá de las arqueologías académicas. Incluso en esos ámbitos, independientemente de ser revisitado con alguna frecuencia, el pensamiento de Marx tiene una relevancia menor frente a otras formas de mirar lo social y lo político. Curiosamente, entre nosotros no es así. En los últimos tiempos, dos casos resonantes han puesto al pensamiento del filósofo de Tréveris en la consideración pública, en la prensa y en la pluma de los intelectuales.

Tanto el ministro de economía Axel Kicillof como el mismísimo Papa Francisco han desarrollado curiosas interpretaciones con eje en el marxismo. Uno y otro negaron de un modo sinuoso ser marxistas pero al mismo tiempo reconocieron cierto gusto en ser vistos por el ojo ajeno como miembros de ese club. El ministro de economía insiste en que su postura frente a su profesión tiene que ver más con las ideas Keynesianas, pero de todas formas, la calificación de marxista a la obstinadamente se ve enfrentado, no lo incomoda. El Papa fue crítico con las ideas marxistas, incluso llegó a decir que estaban equivocadas, sin embargo, dijo conocer a marxistas que resultaron ser muy buena gente y que por esa razón no se vería ofendido si alguien viera en él un marxista.

Cuando se alude al marxismo en estos casos, ¿Se está pensando en el corpus de ideas del materialismo histórico y en las experiencias políticas del socialismo real? ¿O se está hablando de algo diferente?

Identidad virtuosa

A primera vista, pareciera que toda aproximación política que se imagina de izquierda o que se piensa a sí misma como portadora de valores populares, se cree, de algún modo, marxista. Esta hipótesis de identidad virtuosa se construye sobre cuatro pilares: un rechazo entusiasta a las ideas liberales, una fuerte vocación estatalista y antimercado, un riguroso espíritu crítico frente a todo lo que provenga de los Estados Unidos y un discurso cargado de menciones hacia el pueblo. Estos rasgos, presentes también en opciones como el nazismo y el fascismo, dibujan el perfil de un izquierdismo bastante torpe -con el que incluso el propio Marx marcaría diferencias- pero sencillo de instrumentar con economía de gestos y un lenguaje acotado.

La versión del marxismo de aeropuerto a la que se alude en estos casos, opera como una suerte de sustitución teórica de ideales. Curiosamente, los ideales cientifistas, racionalistas y positivistas de la literatura marxiana quedan reducidos a unos pocos tópicos identificables con los del populismo.  Las referencias a este  marxismo invertebrado que hacen Kicillof y el Papa Francisco son, en realidad, la continuación del populismo por otros medios. Es hacer realidad el sueño de  cualquier argentino que cree hacer política por izquierda. Mezclar a Perón con Marx, y si se puede sazonar con alguna pizca freudiana, después de todo, ha sido una de las constantes de la política y la academia argentina desde hace más de 50 años. Los resultados, medidos en términos democráticos, son desalentadores.

Corrección política

Las posiciones de izquierda tienen, entre nuestros profesionales de la política, un revestimiento de corrección desproporcionado frente a lo que sucede en la realidad. La pregunta que se impone en este caso es muy clara: ¿Cómo es posible que, en un país donde casi todas las opciones políticas se definen como de izquierda, haya cada vez mayor desigualdad? Esto admite una respuesta doble: O bien los políticos no son todo lo de izquierda que dicen ser o bien la izquierda no es portadora de las virtudes que románticamente anuncia. Para cerrar el círculo ideológico del sistema político argentino, la derecha prácticamente no existe, al menos enunciativamente, y ningún político se reivindica desde este lugar ideológico, en algún punto cargado de vergüenza. Todo esto en un país conservador, provinciano, cerrado sobre sí mismo y con fuertes prácticas feudales y clientelares.

El resultado de la alquimias política de mezclar marxismo y populismo se mide en términos de atraso. Al atraso que supone el populismo se le adiciona el retroceso de una mirada ostensiblemente marcada por el fracaso como es la del marxismo. Las sociedades a las que les ha ido mejor en las últimas décadas no tomaron ninguno de estos caminos. Ni minimizaron el papel de la democracia como experiencia ni resumieron los criterios de igualdad y libertad al dogmatismo de un credo izquierdista. Por el contrario, se reconciliaron con la dimensión liberal de la democracia y desde allí asumieron compromisos reales de mejoras sociales, avances culturales e inclusión política. Ninguna de las sociedades que miramos con atención se funda en el desprecio al mercado y en un estatismo ciego. Tampoco generan sociedades en donde la beligerancia sustituye al diálogo y empequeñece el debate.

Cuando Kicillof, Bergoglio y la izquierda cultural argentina se visten de este marxismo liviano asumen, inadvertidamente, las condiciones estructurales del fracaso de la democracia argentina y obstaculizan una mirada esperanzada y creativa. Los ideales invocados no se alcanzan por los caminos elegidos. Ni la igualdad ni la libertad llegaron,  históricamente, de la mano del marxismo o del populismo, mal podrían llegar del maridaje planteado antojadizamente en nuestro país.

El equívoco más fuerte en términos teóricos es suponer que la búsqueda de la igualdad y la libertad están resumidas y recluídas en las ideas y las prácticas del marxismo o en las del populismo. Las distintas realidades políticas se obstinan en señalar ese error mostrando que las formas teóricas que intentan mejorar la vida de las personas no se encuentran acotadas por las fronteras axiomáticas y actitudinales de estas tradiciones.

No es mala idea preguntarle a cualquier ciudadano de Europa del Este, a las damas de blanco en Cuba o al gran artista Ai Wei Wei en China, si el marxismo es sinónimo de justicia, igualdad y libertad.